Tiempo de terrazas, de París a Barcelona
BarcelonaCuando Sergi ha llegado ha empezado a llover. Se ha situado estratégicamente en una de las pequeñas mesas redondas y ha pedido un café. Estamos en primavera. Llueve y hace sol y tan pronto hace calor como frío, pero aquí apoyado en la pared bajo el toldo, Sergi está de maravilla, ve el mundo pasar justo delante de él. Como una película. Ahora llueve a cántaros y un chico camina deprisa tapándose la cabeza con la mochila; una pareja de elegantes, con gabardina a juego, avanzan con parsimonia bajo un paraguas negro, un buldog mira a Sergi mientras le cuelga una baba enorme y una chica con chanclas teclea el móvil. Hoy cogerá una resaca.
En ciudades como París, la tradición dicta que las mesas se cobijan bajo el toldo, pegadas a la piedra, creando esta estampa icónica del café europeo donde el cliente, protegido, mira hacia la calle como quien observa un desfile desde un palco. Es un diseño lleno de lógica: el camarero da dos pasos desde la barra, sin obstáculos, y el cliente se siente acogido por la arquitectura.
Pero, ¿cómo lo hacen quienes no ven en estos lugares? Lejos de ser un rompecabezas, estas ciudades han aprendido a marcar el camino sin mover ninguna mesa. En París, por ejemplo, usan alfombras o pequeños zócalos en la base de las terrazas; esto crea una especie de muro invisible pero real que el bastón detecta al momento. En Londres, en cambio, es el mismo suelo el que "habla": las baldosas con relieve de puntitos o rayas guían a la persona por un pasillo seguro. Así, quien no ve mantiene su autonomía y la ciudad no tiene que renunciar al encanto de las terrazas de toda la vida.
Barcelona, sin embargo, quiso ir más allá y cambió de manera radical. Aquí, la terraza se ha separado de la fachada para instalarse junto a la calzada. Es un modelo donde quien camina recupera el placer de pasear junto a tiendas y portales sin encontrarse ningún obstáculo por medio. Es la manera más directa de asegurar que la pared sea una guía limpia y sin sorpresas. Eso sí, el precio es alto: el camarero se tiene que convertir en un equilibrista que atraviesa el paso de la gente con la bandeja en alto, y el cliente se sienta un poco más expuesto al ruido y al tránsito.
Al fin y al cabo, pasear por una ciudad es un ejercicio de convivencia. Mientras unas ciudades confían en la señalización táctil y el relieve del suelo para mantener las mesas bajo el toldo, otras prefieren mover el obstáculo para asegurar que nadie, por mucha oscuridad que le anule la vista, tenga que dudar nunca.
Seguro que es atrevido decir que la estabilidad de una ciudad depende de detalles como estos, que son estéticos y también de orden. La psicología del espacio –o como muchos lo entenderán mejor, el feng shui– estudia cómo el entorno afecta nuestras emociones y nuestro comportamiento. Quizás una ciudad más resguardada sería una ciudad emocionalmente más estable o quizás esta incomodidad es buena y hace que Barcelona sea más activa e inconformista. Quién sabe...
Justo cuando Sergi ha llegado, ha dejado de llover y ha salido el sol. La primavera es así. Las sillas y las mesas están un poco húmedas. El camarero con buen humor sortea, una vez más, bandeja en mano, a los viandantes que van a lo suyo. ¡Vaya si se está bien aquí en medio junto a los coches, piensa Sergi, se ve el mundo pasar por todas partes, sorpresa tras sorpresa.