Corcho desde Llop
El frío y la previsión de nevadas hicieron marchar a los forasteros este fin de semana. Las calles estaban vacías y el mar estaba tan lisa que un salto que salía del puerto pareció que la sobrevolaba. Iba un solo hombre. Quizá le ocurría como a mí, que, yendo haciendo mayor, se le habían ido muriendo los familiares y ahora en las comidas de Navidad y de Reyes son muy pocos.
Incluso la perra se me ha hecho mayor, a mí, y ya no me sigue en caminatas largas. Cuando se las ve a venir, se queda plantada en el pie del coche como diciendo "te espero aquí y ya volverás". Prefiere quedarse en casa. También me pasará a mí algún día y, por tanto, más vale que me suba a Ardenya solo. Camino unos cinco kilómetros hasta el Corcho desde Llop, que es un cruce de caminos que pasa por el Turó de l'Avi. Hacia el mar, de allí se baja a Vallpresona, se vuelve a subir hasta Sant Grau y se continúa hasta Tossa. Hacia arriba, se llega a Can Cabanyes. Me quedo en el Corcho desde Llop. Busco ese corcho, pero no veo ninguna especial. La historia es otra. Dice que aquí un hombre se encontró con un lobo. Se asustó y se subió a un corcho, pero el lobo no se marchaba y se quedaron solos, hombre, corcho y lobo, de ahí el nombre. Pero el hombre no está: en el nombre del cruce sólo ha quedado el corcho y el lobo.
Prefiero que no esté. La soledad es un gran lujo. Nunca habiendo vivido solo, a menudo he salido a buscarla. Lo he acabado encontrando en mi interior, que es donde más profunda llega a hacerse, una soledad portátil y bien protegida.
El mar que se ve desde aquí es un desierto, sólo tiene en el horizonte un mercante, un barco fantasma cargado de contenedores metálicos, todos vacíos. Sigo la caminata sin cruzarme con nadie, ni paseantes, ni ciclistas, ni motoristas. Sólo pasa por el cielo un avión también vacío. El frío es más fría porque es sólo mía, cuanto más solitaria es la soledad porque es mi soledad. La roca es más roca y el sendero es más sendero, la bellota es más bellota, el cerezo de madroño es más él mismo porque se está solo, sin nadie más. El petirrojo sale a encontrarme con más curiosidad porque estamos solos y nos lo hacemos entre nosotros. El bosque se ha oscurecido con la lluvia, es más tenso y compacto, más apersonado y más él mismo. Los corchos y pinos levantan el puño y gritan "¡fuerza!".
Que no haya un modelo de vida nos hace más solitarios. Buscamos un ideal y en ocasiones dejamos la vida, pero las maneras de pasar por este mundo, los deseos más profundos, más libres aparentemente y más irrenunciables, cambian de época en época y nos dejan solos con nuestras manías y gustos.