La memoria silenciada de la Guerra Civil sube a escena
Una obra de teatro relata seis historias impactantes vividas en la retaguardia en pueblos del Alt Empordà
Castellón de EmpúriesFigueres fue definida como la Gernika catalana por el gran número de muertes que causaron los bombardeos fascistas durante la Guerra Civil. En medio de una de las más mortíferas lluvias de bombas, en la plaza del Gra, una enfermera encontró a la pequeña Elena llorando con desesperación entre los cuerpos mutilados y los escombros. La niña se arrojó a los brazos de la enfermera, mientras las bombas no paraban de caer sobre la población civil. Elena fue localizada años después en la población francesa de Fumel, donde la enfermera ya se la había ahijado pensando que había quedado huérfana. La pequeña pudo regresar con sus padres, pero nunca más pudo olvidar el ruido de los aviones y bombas sobre la ciudad, ni tampoco, claro, la enfermera que le había salvado y cuidado como a una hija. Como una pesadilla, el zumbido de las aeronaves también quedó grabado de por vida en la memoria de los protagonistas de las seis historias que se cuentan en la obra de teatro Ruido de aviones, escrita por Manel Puig, dirigida por Àngels Barrientos y Maria Rosa Oliveres e interpretada por actores de dos compañías amateurs.
La pieza teatral, que consta de seis monólogos, uno para cada una de las seis historias que se relatan, ha tenido un gran éxito en Castelló d'Empúries y Llançà, donde han llenado todas las funciones que se han hecho, e inicia este enero una gira por varias poblaciones empordas.
Para Manel Puig, el éxito de la obra se debe a que "en lugar de hablar sobre la guerra en el frente, de los soldados contra los soldados, trata del sufrimiento de los ciudadanos en la retaguardia" a partir de las historias vividas por seis personajes reales. Puig sostiene, además, que el hecho de que estas experiencias de la Guerra Civil se expliquen a través del teatro permite que "la memoria histórica llegue más fácilmente al público, especialmente a los jóvenes".
Para escribir los seis monólogos, Puig, que es un estudioso de la historia de la Guerra Civil en su pueblo, Castelló d'Empúries, se basó en documentación encontrada en los archivos pero sobre todo en entrevistas a familiares de los protagonistas de la obra. Considera que esta gente debía salir del anonimato, puesto que sus experiencias durante la Guerra Civil son unos testigos muy significativos.
Puig escribió Ruido de aviones después del éxito de una anterior obra teatral suya, Lo que hemos dejado atrás, donde relataba vivencias de la Guerra Civil de vecinos de Castelló d'Empúries. En Ruido de aviones ha ampliado el alcance territorial de la acción a seis pueblos del Alt Empordà, donde ha investigado sobre seis vidas que para él merecen ser conocidas: el maestro Josep Simón de Sant Pere Pescador; el espía italiano de Roses, Luigi Morini; la bibliotecaria Justa Balló de Llançà; la niña perdida de Figueres; el piloto de avión Josep Falcó de Garriguella, y el barbero Antoni Pujol de Castelló d'Empúries.
El barbero fusilado y la última carta que envió a su mujer
El barbero Antoni Pujol fue uno de los cuatro castellonenses que fueron fusilados en las paredes del cementerio de Girona, y en la obra de teatro se relata cómo fue detenido y la indignación de su mujer al recibir la carta de indulto del barbero cuando ya le habían fusilado. En la obra también aparece la historia de otra carta, la última que recibió la mujer del barbero cuando él estaba detenido y pendiente de juicio sumarísimo, y donde él le decía que era inocente y que no sufriera. "Mi abuela nunca se separó más de esa carta. Cada noche de su vida, antes de dormir, la desplegaba, la leía y la ponía bajo la almohada. Al día siguiente se la ponía bajo el sujetador, al lado del corazón, y así cada día durante más de 40 años", dice Pujol. La familia conserva la carta, desgastada y parcheada con celo, como si fuera un tesoro. Que la vida de su abuelo pierda el anonimato gracias a la obra de Manel Puig es para Josep Pujol "un reconocimiento a una persona, el barbero del pueblo, que en su barbería atendía a todo el mundo, fuera del bando que fuera, que vivió siempre sin haber hecho daño a nadie y que fue injustamente fusilado". "Alguien ha dicho que recordar estas historias de la guerra es abrir viejas heridas, pero para mí es precisamente cerrar heridas que todavía quedan abiertas", sentencia el nieto del barbero Antoni Pujol.
El maestro de Sant Pere Pescador
En 1932 Josep Simón ganó la plaza de maestro de Sant Pere Pescador. Era un maestro comprometido con la República y sus reformas educativas. "La educación iba a ser igual para los niños que para las niñas, gratuita y laica, más práctica y no tan memorística. El alumno era el centro, y no el profesor, y sobre todo: la enseñanza de nuestra lengua, el catalán", se relata en la obra de teatro. "Acabada la guerra todo se dio la vuelta. Se aplicaron correctivos y la igualdad en el saber de hombres y mujeres voló por los aires". El maestro Simón tuvo que exiliarse a Francia y años más tarde se entregó a las autoridades franquistas y fue encarcelado. Salió en libertad en 1945, pero no le dejaron ejercer de maestro hasta 1963, cuando empezó a trabajar en la escuela de Les Preses y se quedó hasta que se jubiló, según explica su nieto, Jordi Lara. Lara agradece que se den a conocer experiencias de personas anónimas durante la Guerra Civil como la de su abuelo a través del teatro, puesto que "llegan más a la gente". "Son historias duras que a menudo han quedado en el anonimato porque la siguiente generación, la de mis padres, no quisieron saber nada porque estaban demasiado cercanas y causaban demasiado dolor –dice Lara–. Entre nuestra generación, la de los nietos, y también la de los bisnietos, la memoria histórica está despertando cada vez más interés", añade.
Un espía disfrazado de mujer
Entre las vidas, hazañas y recuerdos que la historia oficial había olvidado está también la historia de Luigi Morini, un espía italiano que recuerda cómo durante un carnaval en Roses decidió disfrazarse de mujer para pasar desapercibido. Con la ayuda de su asistente, Tantas, transmitía información al bando franquista: ubicaciones de baterías antiaéreas, cañones y toda la defensa costera. El monólogo explica cómo Morini conseguía hacer llegar estos datos sin ser descubierto, primero en Barcelona y después en Roses, revelando la tensión y la inventiva de una guerra llena de traiciones y engaños.
El Bibliobús de la Justa
Justa, nacida en Llançà, se marchó joven a Barcelona para estudiar en un internado americano y más tarde se formó como maestra y bibliotecaria. Trabajó en la biblioteca de Figueres, primero como interina y después como directora, y gracias a becas de la Generalitat aprendió en Inglaterra el funcionamiento de las Country Libraries. Esta experiencia le permitió organizar el bibliobús del frente, que llevaba libros a soldados y enfermos de hospital, incluido el Hospital General de Catalunya, donde conoció a un herido de los bombardeos de Barcelona. El monólogo pone de relieve la humanidad y la cultura como arma de resistencia en tiempos de guerra.
Un campo de aviación en Garriguella
Josep Falcó, teniente y piloto de caza de la aviación republicana, protagonizó el último combate aéreo de la guerra. Con un avión de fabricación rusa, menos avanzado que los cazas alemanes, logró derribar a dos aviones enemigos en el campo de aviación de Garriguella. El monólogo describe este combate final y el recorrido del piloto durante el exilio, y culmina con la mención a la lápida escrita en alemán en memoria del piloto que Falcó abatió, todavía visible hoy en el cementerio de Garriguella.
A través de estos episodios, diferentes en contexto y protagonistas, se conforma un relato colectivo que muestra cómo el teatro puede ser una herramienta exitosa para preservar y divulgar la memoria histórica.