Cinco años del régimen de los talibanes

Así es como los talibanes adoctrinan a las niñas: "Desde que voy a la madrasa, me tapo la cara"

El régimen fanático promueve la apertura de miles de escuelas islámicas donde las chicas sí que pueden ir

15/08/2026 - 10:07 h.

Enviada especial a KabulDesde fuera parece un local pequeño pero, cuando se entra, unas escaleras conducen a un sótano enorme, de suelo enmoquetado y dividido en diferentes estancias con grandes cortinas. Allí, decenas de niñas, chicas y mujeres memorizan el Corán sentadas en el suelo con las piernas cruzadas y delante de pequeñas mesas de plástico sobre las que colocan el libro sagrado. Todas llevan los cabellos cubiertos con un velo. Algunas también se tapan la cara con una mascarilla, o con un nicab negro típico de los países del Golfo, que solo deja los ojos al descubierto y que las mujeres en Afganistán nunca habían llevado antes. Lo tradicional era el burka, azul o de cualquier otro color, aunque el resultado es el mismo: ir tapadas de pies a cabeza. Tampoco era habitual que se pusieran guantes negros para que no se les vieran las manos, pero algunas jóvenes que están allí sentadas estudiando el Corán también los llevan.

Este 15 de agosto se cumplen cinco años de que los talibanes tomaran el control de Afganistán. Eso significa que hace tanto tiempo que están en el poder como lo estuvieron durante su primer régimen. La diferencia es que ahora no parece que haya nada que los haga tambalear, sino todo lo contrario, y además están sembrando la semilla para perpetuarse. Así lo pone en evidencia el estudio Las madrasas de los talibanes. Consolidación ideológica, persecución de género y estabilidad futura de Afganistán, que la red de apoyo a la sociedad civil afgana en el exilio Hamrah publicó el pasado junio y cuya lectura resulta realmente inquietante.

Según este estudio, cuando los talibanes llegaron al poder en 2021, había 5.000 madrasas en Afganistán, es decir, 5.000 escuelas islámicas. La mayoría funcionaban de forma informal, sin un control del gobierno. En la actualidad hay más de 23.000 escuelas de este tipo, según datos de septiembre de 2025, y todas están reguladas por el régimen talibán. Nunca antes había habido una expansión igual.

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A las madrasas pueden ir tanto niños como niñas. Los talibanes no ponen restricciones en este sentido. Eso sí, hay centros diferenciados para cada sexo. Las madrasas de los niños suelen estar dentro de las mezquitas y son totalmente gratuitas, mientras que las de las niñas se localizan en locales privados, como la del sótano con suelo enmoquetado, y hay que pagar para asistir a clase.

Como los talibanes han prohibido a las niñas estudiar a partir de los 12 años, es decir no pueden ir al colegio más allá de la educación primaria, muchas van a las madrasas como alternativa. O sea, las familias que se lo pueden permitir intentan hacer un esfuerzo económico para que sus hijas al menos puedan estudiar en estas escuelas islámicas. Con todo lo que eso supone. En otros casos son chicas mayores de edad que, como no encuentran trabajo o los talibanes no les permiten ejercer su profesión, también van allí para al menos hacer algo y tener una excusa para salir de casa en un país donde en la actualidad las mujeres deben ir con un mahram, es decir con un hombre de su familia, a la mayoría de lugares y ni tan siquiera se les permite pasear por un parque.

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Casarse y tener hijos

“Nos enseñan que nos tenemos que casar, tener hijos, aceptar todo lo que dice el marido y encargarnos de difundir el islam”, explica Diba, de 26 años, que es comadrona pero no tiene trabajo, y es una de las que van a la madrasa porque se aburre en casa. Otra joven de 23 años, Mushagan, admite que ella no solía taparse la cara cuando salía a la calle, pero desde que hace un año estudia en la madrasa, va con un nicab que le cubre de pies a cabeza e incluso lleva guantes negros en las manos. Es una de las alumnas de la madrasa del sótano enmoquetado: cuando se quita el velo, su apariencia cambia radicalmente. Es una joven jovial y risueña.

“La profesora hace la clase con la cara tapada y nosotras también nos la tendríamos que cubrir, pero hace demasiada calor”, dice Usra, de 15 años, mientras se pone el velo que está obligada a vestir en la madrasa. Según dice, aquello no hay quien lo soporte: es demasiado grueso para el verano. Se trata de un nicab de color verde oscuro, que lleva una especie de velo incorporado para cubrirse la cara. Lo venden en la misma madrasa por 350 afganis (unos 4,5 euros) y es uniforme obligatorio para todas las alumnas.

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Usra, como muchas otras jóvenes, también empezó a ir a la escuela islámica ante la imposibilidad de continuar sus estudios en el colegio. A pesar de eso, está bastante satisfecha: tiene la suerte de que en su madrasa hacen tres horas al día de estudios religiosos, y una hora de otras materias como matemáticas, ciencias, informática… Confía que, de esta manera y aunque tarde mucho más tiempo, podrá cursar la mayoría de las asignaturas de la educación secundaria. El problema es que no obtendrá ningún diploma oficial que corrobore que ha realizado esos estudios.

De hecho, las madrasas, aunque suene contradictorio, se han convertido en una pequeña salida de escape para que las chicas en Afganistán puedan continuar sus estudios. Todos los centros deben estar registrados, pero los talibanes no siempre controlan qué se enseña exactamente dentro de sus aulas. Las únicas condiciones que ponen para la apertura de estas escuelas es que parte de su profesorado haya cursado estudios islámicos, y que los centros paguen una especie de impuesto al régimen: 20.000 afganis (unos 257 euros) en el momento de la inauguración, y 12.000 afganis más (154 euros) cada año, según explica el propietario de una madrasa que prefiere mantener el anonimato.

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Educación clandestina

Eso ha hecho que centros que se presentan como madrasas enseñen de forma clandestina las materias que las jóvenes deberían aprender en la educación secundaria. De cara a la galería, no obstante, intentan mantener las formas. En uno de esos centros, hay ejemplares del Corán en las estanterías, y todas las alumnas visten de riguroso negro. Cuando se les pregunta si les gusta vestir de esa manera, todas contestan al unísono y sin dudarlo: “¡Nooo!”. “Preferimos los colores claros”, dice una. Otra se decanta por el púrpura. Y una más concluye: “Nos gusta cualquier color, menos el negro”.

En lo que también coinciden todas es que les gustaría trabajar, ser alguien en la vida: Faribar, de 14 años, quiere ser doctora; Soman, de 18, jueza; Fatema, de 13, psicóloga; Mahnush, de 17, piloto... Y suspira con esperanza de que los talibanes desaparezcan algún día: “Tal vez habrá cambios en el futuro”. Otra joven, Mariam, de 15 años, aún va más allá: asegura que quiere ser presidenta de Afganistán para que las mujeres puedan decidir sobre sus propias vidas. "No nos olvidéis", afirman todas, mientras se dejan fotografiar, una por una, para que desde el extranjero alguien las escuche, alguien haga algo por ellas.

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Justo delante de la madrasa del sótano enmoquetado, hay una escuela de niñas. Cuando acaban las clases, todas salen sonrientes, hablan animadamente, algunas juegan… Evidentemente todas tienen menos de 12 años. La escena parece del Afganistán de hace cinco años, cuando los talibanes todavía no habían recuperado el poder, como si el tiempo se hubiera congelado. Aun así, hay un pequeño matiz que lo hace diferente: ahora las escolares están obligadas a llevar un chapán, una especie de bata negra hasta los pies. Antes también vestían de negro y cubrían su cabello con un velo blanco, pero el vestido era mucho más corto, por encima de las rodillas. De la misma manera, el uniforme de los niños ha cambiado: ahora deben vestir un shalwar kameez de color blanco -el tradicional vestido musulmán de blusón y pantalones anchos-, y llevar un pequeño turbante en la cabeza.

Ni dibujos de personas ni de animales

Fauzia es profesora de biología en una escuela pública y asegura que hay muchas otras cosas que han cambiado. “En la paredes no podemos poner nada que respire”, suelta. Es decir, no pueden haber dibujos ni fotografías de ningún ser animado, ya sean personas o animales. Según explica, las alegres ilustraciones que antes decoraban las paredes de muchos centros educativos han sido substituidas por escritos que dicen, por ejemplo, “una mujer con hijab es como una perla dentro de una concha”.

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El currículo escolar también se ha modificado. Abre libro de biología y muestra el capítulo referente a la gestación. Según explica, cuando llegan a ese capítulo, se lo tienen que saltar por completo, no pueden enseñar nada de lo que dice. El capítulo habla de estrógenos, esperma, ovarios…, e incluye dibujos del aparato reproductor masculino y femenino. Nada del otro mundo. También se han eliminado las asignaturas de arte y educación cívica, y las referencias negativas a los talibanes de los libros de historia, y se han aumentado las horas de clase de religión islámica. Además, los propios profesores tienen que estudiar religión y examinarse de forma regular para demostrar sus conocimientos, si quieren continuar haciendo clase.

Nadia, que también es maestra en un colegio público, añade que las mujeres solo pueden enseñar a alumnos de hasta 10 años. A partir de esa edad, su maestro debe ser un hombre. Pero como no hay suficientes docentes varones porque tradicionalmente la enseñanza en Afganistán ha sido una profesión de mujeres, “los alumnos no tienen nadie que los enseñe en algunas asignaturas”, asegura.

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Formación online

Con todo este panorama, una alternativa es la educación online. Sobre todo para las chicas. Muzhda, de 22 años, empezó a estudiar arquitectura en la Universidad de Kabul pero, con la llegada de los talibanes al poder, no pudo continuar. Ahora cursa ingeniería civil en la Women Online University, porque no ha encontrado estudios de arquitectura por internet en ningún lugar. La universidad online es gratuita, pero debe pagar la conexión a internet, que no es nada económica. Además, a menudo es demasiado lenta y no puede seguir bien las clases, lamenta.

Hay otras opciones que sí que cubren el coste de internet, como la Afghan German Online High School, la Pax Populi Academy High School, o la Afghanistan Education Students Outreach Project (AESOP). Todas, iniciativas privadas o impulsadas de forma comunitaria. A pesar de la condena internacional de la prohibición de los talibanes de la educación para las jóvenes, ningún país se ha implicado en garantizar que las afganas puedan continuar estudiando de alguna manera.

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¿Los diplomas de esa educación online tendrán alguna validez? Y si es así, ¿las chicas podrán encontrar un trabajo en Afganistán mientras los talibanes estén en el poder?, se preguntan muchas. “Para estar en casa sin hacer nada, es mejor que se case”, concluye una afgana, mientras mira a su nieta de 17 años, que la escucha cabizbaja y ruborizada. Eso mismo es lo que piensan ahora muchas familias en Afganistán. Y lo que quieren los talibanes: que las mujeres se casen, tengan hijos y se queden encerradas en casa.