Resistir en el epicentro del cambio climático
Se espera que las temperaturas aumenten hasta 2 grados en Mauritania, donde los jóvenes viven entre la esperanza de seguir a su pueblo y un futuro en el mar
Trarza (Mauritania)A diferencia de la idea que se pueda tener de países como Mauritania, de donde salen las principales rutas migratorias hacia las islas Canarias, gran parte de los jóvenes de este país no quieren abandonar su hogar y buscan soluciones para continuar viviendo donde nacieron. “Siempre hay que tener esperanza”, dice Yacine desde una sala polivalente donde ha podido ver el documental Ebre Trarza, en el que ha participado. El proyecto, que se podrá ver pronto en festivales de Cataluña, resume más de un año de intercambio de cartas entre jóvenes de la región de Trarza, en Mauritania, y del delta del Ebro, dos territorios que viven los efectos del cambio climático pero de los cuales sus habitantes más jóvenes se resisten a marcharse. “Si el Delta muere, nosotros moriremos con él”, dice Jordi Parés, de la Asociación Sediments en el mismo documental.
A Trarza y el Delta del Ebro los separan unos 5.000 kilómetros, pero están conectados porque ambos forman parte de un delta: el primero, en la desembocadura del río Ebro, y el segundo, del río Senegal. “Lo que más me ha impactado [del documental] es ver que nosotros podemos decidir si quedarnos aquí o marcharnos, pero ellos también están amenazados”, dice Yacine Fall, una joven de 19 años de Garak, un pueblo del sur de Mauritania, miembro de la Asociación Iniciativa para la Educación Medioambiental (AIEM). Se sorprende de que, a pesar de las inclemencias del cambio climático, los ebrenses no se planteen marcharse de su tierra.
A ambos lados de Garak, la amenaza es evidente. Por un lado, el Sáhara ha crecido entre un 11% y un 18% durante los últimos cien años y avanza, también, hacia el Mediterráneo. Por otro lado, el río ha cambiado: ahora su caudal es inestable, debido a las lluvias torrenciales y a las presas que se han construido. Selma Fall, de 23 años, también de Garak, opina que “hay que mantener la esperanza e intentar salir del territorio para aprender y aportar nuevas ideas al pueblo”.
Jóvenes como Yacine o Selma han pasado a la acción. Forman parte de una organización que se reúne cada domingo para limpiar el pueblo, construir papeleras y hacer campañas comunitarias para plantar árboles en la zona. “Me apunté a la asociación para ayudar a desarrollar mi pueblo; últimamente hace muchísimo calor y las estaciones han cambiado –explica Yacine–. Pero yo no cuento con irme de aquí”.
Frenar el avance del desierto
En Mauritania no se han quedado de brazos plegados. Abderrahmane Ndongo, director de la delegación mauritana del think tank africano Iniciativa Prospectiva Agrícola y Rural (IPAR), destaca el esfuerzo del estado para fijar dunas, plantar árboles o gramíneas, que incluyen diversos tipos de cereales y de pastos. Mauritania también participa en la Gran Muralla Verde, un proyecto que incluye todo el Sahel y que consiste en plantar millones de árboles para restaurar 8.000 kilómetros de tierra, y frenar, así, el avance del desierto. Este proyecto se inició en 2007, incluye 11 países y debería estar terminado en 2030. “Lo que ahora promocionamos son las acciones de conservación y restauración de suelos como las medias lunas, que sirven para ralentizar la escorrentía del agua y fijar el agua de la lluvia”, añade Ndongo.
El cambio climático ha impactado directamente sobre la principal actividad económica del país, la agricultura, y como consecuencia, en el futuro de muchos jóvenes. Según datos del Intergovernmental Panel on Climate Change (IPCC), el cambio climático ha reducido un 34% el rendimiento agrícola en el continente africano. Masamba Dambou es un agricultor de Garak de 75 años. “Lo que hacíamos antes ya no lo podemos hacer. El calendario agrícola ha cambiado; tenemos que cambiar de método –explica–. Antes no había estos problemas de calor ni de falta de lluvias”, añade desde su campo en Boda, una localidad muy pequeña por la que pasa el río. Se protege con un sombrero de paja del calor y prepara su campo cultivado con calabazas.
Es uno de los agricultores que ha tenido que marcharse de Garak por falta de agua y acercarse un poco más al río, cosa que no solo puede significar moverse unos kilómetros; en este caso también se añade una nueva dificultad: el acceso a la tierra. Según datos del Banco Mundial, solo un 0,4% del territorio mauritano es cultivable, y además crece la venta de tierras a grandes empresarios agrícolas extranjeros. El resultado: cada vez menos tierra para cultivar.
Es final de junio y el termómetro marca temperaturas del mes de abril: más de 40 grados. Tanto los agricultores como la población se quejan de las altas temperaturas y de cómo esto les impide hacer vida normal. “Antes vivíamos en un buen clima; había un calendario que podíamos respetar. La temporada de calor, el invierno, la sequía… pero ahora no entendemos nada; el clima no es estable y no nos podemos organizar”. Las malas cosechas y las dificultades para acceder a la tierra han impactado directamente sobre la perspectiva de futuro de muchos jóvenes, que han marchado del pueblo para ir a la capital, Nuakchot, o Nuadibú, al norte. “Hay jóvenes del pueblo que han marchado hacia Europa porque aquí no hay trabajo…”, explica Dambou. África es el continente que menos contribuye al agravamiento del cambio climático, pero es el que más sufre las consecuencias.
Mauritania es la puerta de entrada del desierto del Sáhara desde el Atlántico. También es el extremo más occidental del Sahel, una lengua semiárida de 5.000 kilómetros y más de 450 millones de personas, considerada una de las zonas más afectadas por el cambio climático y con menos recursos para adaptarse a él. Según las Naciones Unidas, es aquí donde la temperatura puede aumentar hasta 2 grados, a diferencia de otras regiones del mundo, en las que se considera que será de 1,5 grados. No queda claro hasta cuándo durará la esperanza de jóvenes como Yacine y Selma.
Este reportaje forma parte del proyecto "Epistolar audiovisual Ebro-Trarza: juventud por la justicia social y climática" de la Asociación Nadir Audiovisual y Educación, y ha recibido el apoyo de la Beca DevReporter 2019, impulsada con la financiación del proyecto "Frame, voice, report!", de la Unión Europea, el Ayuntamiento de Barcelona y la Agencia Catalana de Cooperación al Desarrollo.