La aparición sorpresa del ministro de finanzas ruso en el G-20 alimenta las dudas sobre las intenciones de Trump
Los miembros europeos, enfurecidos, sospechan que Washington se está acercando cada vez más a Moscú
WashingtonLa semana pasada fue el viaje secreto a Moscú del director de la CIA, John Ratcliffe. Ahora, ha sido la aparición sorpresa del ministro de finanzas ruso, Anton Siluánov, en la reunión del G-20 que se celebra esta semana en Asheville, Carolina del Norte. La presencia de Siluánov en el encuentro de banqueros centrales y ministros del grupo de naciones ha enfurecido a los miembros europeos, que ya están con la mosca tras la oreja ante el hermetismo de la Casa Blanca sobre los últimos movimientos con Rusia que se vislumbran entre bastidores. Hacía cuatro años, desde que Vladímir Putin invadió Ucrania, que el ministro de finanzas ruso no asistía físicamente a la cita. Coincidencia o no, la última vez que un director de la CIA había viajado a Moscú antes de ahora fue en noviembre de 2021.
Los socios europeos ya hicieron presión al anfitrión de la cumbre, el secretario del Tesoro, Scott Bessent, para que Siluánov no saliera en la foto de la familia y el ministro de finanzas alemán, Lars Klingbeil, ha dejado claro a los periodistas que abroncó a su homólogo ruso por la invasión durante la sesión inicial. Otra expresión del deeply concerned que se estila en los últimos tiempos en Bruselas.
El viaje de Ratcliffe la semana pasada alzó unas cuantas cejas en Europa y dio alas a las especulaciones sobre si el presidente ruso está planeando alguna otra acción contra los aliados de la OTAN. Pero fuera del Viejo Continente, hay otra pieza que puede estar incentivando este nuevo acercamiento de la Casa Blanca al Kremlin: Irán y la guerra económica que la administración de Donald Trump quiere poner en marcha ante el estancamiento del frente militar. Rusia mantiene estrechos lazos económicos y políticos con Irán, reforzados en los últimos años por la presión de las sanciones estadounidenses y que han empujado a ambos países a desplazar su eje comercial hacia China.
Cuando Bessent anunció la semana pasada el entramado de nuevas sanciones que quiere aplicar contra Teherán prometió atacar a todas aquellas entidades y entramados extranjeros que faciliten al régimen evadir las sanciones y hacer contrabando de petróleo. La maniobra financiera, que Bessent ha bautizado como "operación Marginado Económico", busca provocar un "aislamiento global total" de la economía iraní. Todo, con la finalidad de conseguir reabrir el estrecho de Ormuz y retornar el flujo del comercio energético al estadio previo de la guerra iniciada por EE. UU. e Israel.Aunque en el momento del anuncio se puso el foco en China –el gran importador de petróleo iraní–, conseguir este aislamiento también implica que Rusia tenga que decantarse por uno de sus principales socios en los últimos cuatro años. Cómo piensa conseguirlo Washington sigue siendo un interrogante. La semana pasada Bessent evitó decir si el Tesoro se atrevería a cruzar determinadas líneas con Pekín para poder conducir con éxito su empresa.
El secretario del Tesoro optaba por la prudencia también porque está planeado que el próximo 24 de septiembre el presidente chino, Xi Jinping, se reúna con Trump en la Casa Blanca. Previsiblemente, la guerra de Irán será uno de los temas de conversación. Mientras tanto, la Casa Blanca está abriendo canales de conversación con representantes rusos, ya sea en el G-20 o en el Kremlin. Este martes, Bessent decía en el marco de la cumbre que muy probablemente anunciaría sanciones bancarias esta semana como parte de su campaña económica contra Irán.
Problemas de imagen de EE. UU.
Más allá del pulso con la República Islámica, el G-20 también afronta el riesgo de una desaceleración económica y de un aumento de la inflación, según las previsiones del FMI. Panorámica que incluye la actual situación en Oriente Medio y el bloqueo del estrecho de Ormuz, que ya se alarga medio año.
La imagen de EE. UU. como potencia estabilizadora ha quedado muy tocada, no solo como garante del orden geopolítico, sino también de la estabilidad económica. Más allá del bloqueo de Ormuz, hay otro elemento que sobrevuela la cumbre del G-20 y el tira y afloja con la tríada de China, Rusia e Irán: la deuda de EE. UU. ya se ha disparado hasta los 40 billones de dólares.
En esta especie de brecha que se está vislumbrando, en la otra punta del mundo, China ha estado haciendo de espejo al G-20 celebrado en Carolina del Norte. En Bishkek, la capital de Kirguistán, Xi Jinping enviaba un claro mensaje a la administración Trump: Pekín tiene amigos e influencia, y puede ser una fuente de estabilidad para "el orden multipolar" que se vislumbra. El mandatario chino ha comparecido rodeado por su homólogo ruso e iraní, justo los dos países en guerra con el bloque occidental. En Bishkek no se ha invitado a ningún representante estadounidense, en cambio, en Asheville, Washington ha decidido ponerle una silla al ministro de finanzas ruso, a pesar del rechazo que ha provocado el gesto con el resto de sus aliados.