Andy Burnham, el rey del norte de Inglaterra, conquista Londres
La renuncia a la carrera por el liderazgo del exministro de Sanidad, Wes Streeting, abre la puerta a una coronación del exalcalde a mediados de julio
LondresA media mañana de este lunes, cuando el premier en funciones, Keir Starmer, acababa de anunciar la decisión de tirar la toalla y abandonar Downing Street, el exalcalde de Manchester, Andy Burnham, de 56 años, casado con una ciudadana neerlandesa y con tres hijos, llegaba a la estación de Manchester Picadilly para coger el tren en dirección a Londres. Cargaba una bolsa en la que llevaba un traje y, quizás, muchas esperanzas.
Burnham aparecía rodeado de periodistas y todo tipo de transeúntes le apuntaban con sus móviles. Era escoltado por una pareja de policías; sin embargo, le acompañaban algunas de sus asesoras. No rehuía la expectación ni tampoco ha podido evitar los nervios. Hasta tal punto que ha declarado a las cámaras de la BBC que bajaba a Londres a tomar posesión del cargo de alcalde. "He dicho como alcalde; quiero decir como diputado". Un lapsus.
El llamado King of the north, el rey del norte, seguidor del Everton –el equipo pequeño de Liverpool–, ha comenzado así su descenso para conquistar la capital. Su tren ha tenido unos minutos de retraso pero nada excepcional. Y poco después de las 14:30, hora local, ha jurado el cargo de parlamentario por el distrito de Makerfield (noroeste de Inglaterra), que ganó la semana pasada, y que, como se había anticipado ya hace semanas, lo ha de catapultar al número 10 de Downing Street.
Durante la breve ceremonia, el ambiente en los Comunes ha tenido momentos humorísticos, casi teatrales. El veterano diputado conservador Desmond Swayne ha provocado risas y aplausos al gritar "¡Roma está salvada!", una referencia irónica a la sustitución de Keir Starmer. Acto seguido, otro parlamentario ha exclamado en referencia a Burnham: "No es el Mesías", evocando una célebre escena de la película La vida de Brian. Después de una breve pausa, Burnham se ha añadido a la broma y ha respondido que quizás solo era "un chico muy travieso", reproduciendo la réplica que sigue a la frase original en el film.
Poco después de que se apagaran las risas, Burnham se ha reunido con el grupo parlamentario laborista, el primer test para su autoridad que, a estas alturas, parece incontestada a raíz de la recepción de que ha gozado en la Cámara.
Desde 2017 Burnham ha estado alejado de la política de Westminster. Pero vuelve a un lugar que conoce bien. El nuevo parlamentario ya fue diputado entre 2001 y 2017, período durante el cual ocupó diversas carteras ministeriales durante los gobiernos de Tony Blair y Gordon Brown, incluyéndose Salud, Cultura y Hacienda. Se presentó en dos ocasiones al liderazgo del partido, y en ambas perdió. No era su momento. Paradójicamente, han sido los nueve años en Manchester y lejos de Londres lo que ha fundamentado su prestigio y le han abierto la famosa puerta negra del callejón de Whitehall.
Patriotismo y 'manchesterismo'
Desde la gran ciudad del norte, con un programa semanal de radio en el que respondía en directo las preguntas de los oyentes, ha construido una imagen de dirigente cercano, pragmático, arraigado al territorio. Ha sido capaz de plantar cara tanto a los gobiernos conservadores –especialmente durante la pandemia– como a la dirección de su propio partido cuando ha considerado que los intereses del norte de Inglaterra se ponían en cuestión.
Su trayectoria está marcada por una combinación poco habitual de sensibilidad socialdemócrata, una especie de patriotismo cívico inglés y una defensa acérrima de la descentralización en un país que sufre el mal de la Londoncefalia. Hijo de una familia obrera y profundamente influido por la cultura política del noroeste inglés, Burnham se ha presentado a menudo como la voz de las comunidades que consideran que Londres concentra de manera excesiva el poder político, económico y mediático del Reino Unido.
Esta posición le ha permitido conectar con votantes laboristas tradicionales, pero también con sectores que apoyaron el Brexit y que reclaman más inversión y autonomía para las antiguas regiones industriales, ahora desertizadas. Él mismo declaró el año pasado, durante el congreso del partido, que querría ver el Reino Unido de vuelta en la Unión Europea. Una apuesta, sin embargo, que en la reciente campaña de Makerfield ha prácticamente ocultado para no socavar sus expectativas en un distrito que optó mayoritariamente por la salida de la Unión Europea, este martes hace diez años.
Los analistas han bautizado como manchesterismo su forma de gobierno. Pero más que una ideología cerrada, es una manera de hacer basada en la transferencia de competencias desde Whitehall hacia las grandes áreas metropolitanas, la coordinación de servicios públicos a escala local y una política económica orientada a reducir las desigualdades territoriales. Inspirado en la experiencia del Gran Manchester, el manchesterismo defiende que las ciudades-región deben disponer de más capacidad para gestionar el transporte, la vivienda, la salud o la formación profesional, incluso sin rehuir la renacionalización de algunos o de todos estos servicios esenciales. Lo que ha llevado a cabo con el sistema de transporte de Manchester, logrando rebajar las tarifas el 15%, es paradigmático de su praxis.
Sus partidarios lo presentan como una alternativa al centralismo londinense; sus críticos, como un caballo de Troya de un federalismo inglés encubierto. En cualquier caso, ha convertido Manchester en un laboratorio político observado con interés por el resto del país y también con nerviosismo por los mercados financieros de la City.
Keir Starmer ha establecido un calendario para la sucesión, pidiendo al Comité Ejecutivo Nacional del Partido que abra el período de nominaciones de aspirantes el 9 de julio y que lo cierre una semana después. Pero la retirada de uno de los diputados que se había autodenominado como candidato, el exministro de Sanidad, Wes Streeting, ha abierto la puerta a la coronación de Burnham. Tan pronto como el 17 de julio –o incluso antes– podría convertirse en el séptimo premier británico en una década. Y el primero que es seguidor del Everton, el segundo equipo de Liverpool. Un poder alternativo, como el que él, en el fondo, querría representar.