Crecen las voces laboristas que piden el relevo "ordenado" de Keir Starmer
El nombramiento del embajador en Washington y el enfrentamiento del 'premier' con el más alto funcionario de Exteriores acentúa la crisis en Downing Street
LondresLa crisis política que rodea a Keir Starmer por el nombramiento de Peter Mandelson como embajador del Reino Unido en Washington en diciembre de 2024 se ha agravado esta semana, después de que la comparecencia de Olly Robbins en el Parlamento haya evidenciado numerosas contradicciones en el proceso seguido. Las discrepancias entre el relato de Downing Street y el testimonio de quien hasta la semana pasada fue el más alto funcionario del Foreign Office encargado de supervisar la designación vuelven a situar el criterio del primer ministro en el centro de la controversia, y lo dejan en una posición muy comprometida.
La presión es tanta y el desgaste para el gobierno es tan grande que las voces que piden un "relevo ordenado" en Downing Street ya son públicas y empiezan a hacer ruido. Si hace dos meses el líder de los laboristas escoceses, Anas Sarwar, exigía la dimisión de Starmer a consecuencia del escándalo, este miércoles ha sido el diputado laborista Jonathan Brash quien ha instado a poner fin al culebrón. En declaraciones a GB News, ha dicho: "Estoy harto de este auténtico desastre". A su parecer, y al de muchos otros diputados, la cuestión ya no es si Starmer debe dimitir, "sino cuándo". Y ha rematado: "Es razonable fijar un calendario para resolverlo de una manera ordenada".
Esta nueva gota que colma el vaso de la paciencia del laborismo ha llegado a raíz del lío entre Downing Street y Robbins. El gobierno ha sostenido que el servicio de habilitación de seguridad emitió una recomendación explícita de no aprobar a Mandelson, con un informe interno equivalente a un semáforo en rojo. Sin embargo, Robbins ha explicado a los diputados de la Comisión de Asuntos Exteriores que él nunca vio ese documento y que la información que recibió fue una síntesis verbal del resultado del proceso de veto. En esta versión, la evaluación se presentó como una decisión "al límite", susceptible de ser gestionada con medidas de mitigación del riesgo.
El segundo elemento que aumenta la presión sobre el primer ministro es la descripción hecha por Robbins de una "atmósfera de presión constante" desde Downing Street para acelerar la verificación de Mandelson. El nombramiento ya había sido anunciado políticamente y el calendario para su incorporación estaba condicionado a la voluntad de que el nuevo embajador llegara a Estados Unidos antes de la inauguración de Donald Trump, el 20 de enero del año pasado.
La contradicción entre estas versiones abre dos preguntas de fondo. La primera es si el Foreign Office trabajó con una información incompleta o diluida respecto al informe final de seguridad. La segunda, más sensible, es qué sabía exactamente Keir Starmer cuando la semana pasada forzó la dimisión de Robbins acusándole de haberle ocultado el resultado negativo final del proceso.
Todavía hay más munición, sin embargo. Un tercer elemento que complica la situación del primer ministro es la revelación de un episodio paralelo. La petición desde el entorno de Downing Street para que se buscara un cargo diplomático para Matthew Doyle, exdirector de comunicación de Starmer. Según Robbins, se le pidió explorar la opción con la instrucción explícita de no informar al ministro de Exteriores, entonces David Lammy. Este detalle alimenta la percepción de un sistema de gestión de nombramientos que opera, al menos en parte, a través de circuitos paralelos, poco transparentes y que sirve para pagar favores a los hombres más fieles al partido.
'Due diligence'
Pero el testimonio de Robbins ha añadido todavía un elemento mucho más incómodo para Keir Starmer, ya que va al fondo verdadero de la cuestión. Porque el primer ministro ignoró que la due diligence sobre la idoneidad del candidato previa al proceso de veto por parte de las agencias de seguridad ya había detectado riesgos reputacionales significativos en la figura de Mandelson. Entre otros, sus vínculos bien conocidos con Jeffrey Epstein y conexiones con actores políticos controvertidos en China y Rusia. Robbins ha sugerido que estos antecedentes deberían haber sido suficientes para que el premier se replanteara el nombramiento antes de llegar a la fase formal de habilitación de seguridad. De hecho, el secretario del gobierno también había advertido al premier.
Dilluns Starmer va
comparecer en el Parlamento para, una vez más, dar explicaciones sobre el asunto, y volvió a admitir un "error de juicio" en relación con el nombramiento. Pero la polémica ya trasciende el nombramiento concreto. La oposición volvió a cuestionar ayer, durante la sesión de control, sus capacidades.
Si la catástrofe que auguran las encuestas para las elecciones del 7 de mayo próximo se confirma, Starmer tendrá los días contados. En el fondo, la razón final de su caída será la imagen de desgobierno y cambios de rumbo que ha proyectado desde que llegó a Downing Street. Haber nombrado embajador en Washington un personaje siniestro de la política británica durante más de tres décadas, conocido como el
príncipe de las tinieblas –que incluso filtró documentación confidencial del gobierno de Gordon Brown a Jeffrey Epstein–, ha sido uno de sus errores más visibles, pero no el más grave.