El primer ministro húngaro, Viktor Orbán.
04/04/2026
Periodista
3 min

Si el 12 de abril Viktor Orbán pierde las elecciones, como predicen las encuestas, Hungría se sumará a los países europeos donde la ultraderecha ha tocado techo, como Marine Le Pen en las municipales de Francia, o como en Italia, donde Giorgia Meloni ha fracasado en una convocatoria clave en el referéndum sobre la justicia. La posible derrota de Orbán y el triunfo de la derecha liberal de Péter Magyar se añadiría al asedio de indicios y sospechas que planea sobre el primer ministro húngaro, acusado de haber filtrado a Vladímir Putin información confidencial de la Unión Europea, además de poner todo tipo de obstáculos al apoyo europeo a Ucrania.

La afición al espionaje y a las intrigas a favor de Moscú, Orbán la comparte con el también ultra –aunque se dice socialdemócrata– Robert Fico, jefe del gobierno de Eslovaquia. Un tándem, el de Orbán-Fico, que ha funcionado como núcleo duro del caballo de Troya ultra dentro de la UE, y donde ahora empiezan a detectarse grandes grietas. Un conjunto de secuencias que no le hacen ninguna gracia a Donald Trump porque no se ajustan a sus predicciones lanzadas sobre Europa en dos momentos cruciales del 2025.

Primero, en febrero, en la Conferencia de Seguridad de Múnich, donde el vicepresidente J.D. Vance proclamó la decadencia de Europa y de su democracia, así como la necesidad de la toma del poder por parte de los ultras. Por eso Vance no se privó de reunirse con los neonazis de Alternativa para Alemania. Más tarde, en noviembre, el episodio antieuropeo se repetiría al hacerse pública la nueva Estrategia de Seguridad Nacional de los EE. UU. que insistía en situar la UE en el camino de la perdición y de dañar la libertad reprimiendo la oposición. Es decir, los ultras admiradores de Trump, algunos también devotos de Putin.

No parece, pues, que las maldiciones lanzadas por el trumpismo se estén cumpliendo. La UE dijo el primer no a los EE. UU. en Davos, a principios de año, cuando algunos máximos dirigentes comunitarios –a pesar de haber aceptado los aranceles hacía unas semanas– dejaron bien claro que Groenlandia no se toca. Primera negativa contundente que el presidente estadounidense tuvo que encajar. ¿Y se extraña Donald Trump de que, después de más de un año de falsedades, insultos, humillaciones y amenazas, Europa se mantenga en otro no, más fuerte aún, a su exigencia de involucrarse en la guerra, enviando unidades militares al estrecho de Ormuz?

El declive de los EE. UU.

Es intensa, la soledad que empieza a rodear a Donald Trump, y que hace que sus malabarismos retóricos devengan algo parecido a parodias esperpénticas. Queda claro que la llegada de Trump al poder no es un renacimiento, sino un declive de los EE. UU. Declive en el que el núcleo dirigente se sentirá cada vez más aislado. Y mientras tanto parece que Europa empieza a prescindir desacomplejadamente de las reflexiones, entre atemorizadas y edulcoradas, del jefe de la OTAN, Mark Rutte, que se afana en hacer ver que los EE. UU. todavía son un aliado de Europa, cuando la realidad nos dice que no llega ni a socio en quien no se puede confiar.

Quien parece que lo tiene de lo más claro es Paul de Grauwe, académico de la London School of Economics, cuando dice con contundencia: “Es evidente que los Estados Unidos son ahora mismo el enemigo número uno de Europa. Quieren destruirnos y esparcen un odio irracional entre nosotros”. Los ciudadanos de la Unión Europea que se han dado cuenta son, posiblemente, muchos de los que con su voto han empezado a parar los pies a los ultras franceses e italianos. Y también los que el 12 de abril votarán contra Viktor Orbán.

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