Europa decidirá el éxito del 'all in' de Sánchez con Trump

Por contexto y por necesidad, la política internacional ha pasado a ser prioritaria para el gobierno de Pedro Sánchez. La Moncloa, que dispone de un equipo amplísimo de asesores en política exterior, no puede disimular que, desde hace meses, se está persiguiendo un objetivo nítido: erigir a Sánchez en el líder progresista de referencia en Europa. La vocación no es solo europea, también busca tener incidencia más allá de las fronteras comunitarias, sobre todo en América Latina, región vecina y de futuro que próximamente puede mejorar la cotización estratégica de Sánchez en Bruselas.

La política es a menudo paradójica, y Donald Trump se ha convertido en el mejor aliado de Sánchez para impulsar su estrategia global: el presidente español sabe que la confrontación con el trumpismo le beneficia, y por eso la busca habitualmente. Es simple aritmética electoral: un enemigo exterior cohesiona y ayuda a diluir problemáticas y polémicas internas. También entran en el cálculo las simpatías con el trumpismo de PP-Vox. Probablemente, desde el gabinete de presidencia de Sánchez, se miran en el espejo del milagro Mark Carney. El actual primer ministro de Canadá ganó las elecciones de 2025 después de una remontada mayúscula gracias a una campaña centrada en plantar cara a las amenazas imperialistas de Trump. Madrid no es Ottawa, pero las encuestas insisten en que Trump es persona non grata para la inmensa mayoría de europeos.

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El ejecutivo español insiste en marcar perfil propio, y en los últimos meses –con más o menos éxito– se ha desmarcado a menudo del consenso europeo y ha sobresalido en el escaparate global. En el caso de Gaza, ha sido el gobierno de la Unión Europea más combativo contra Israel. Madrid también se ha alejado de la lógica comunitaria a la hora de relacionarse con Pekín; de posicionarse sobre la agenda migratoria; de condenar el ataque-captura a Venezuela; o de pronunciarse sobre los tech bros amigos de la Casa Blanca. “Deja que los tecnooligarcas ladren, Sancho, que es señal de que cabalgamos”, tuiteó Sánchez, evocando el Quijote, después de ser insultado por Elon Musk. A los ojos de Washington, de toda la lista de agravios, el que probablemente había molestado más hasta ahora había sido la negativa de Sánchez a comprometerse a destinar el 5% del PIB en defensa, tal como Trump exige a los socios de la OTAN. La postura del socialista, que también responde a una lógica interna, lo ha alejado del club reducido de líderes de la UE que intentan negociar la voz europea sobre la guerra de Ucrania.

Pero la jugada más arriesgada la hemos visto esta semana. Sánchez reaccionó de nuevo con mucha más contundencia que el resto de socios ante las bombas yanquis e israelíes sobre Teherán. Mientras Alemania, Francia y también el Reino Unido se alineaban completamente con Washington y enseñaban los dientes a Irán, el gobierno socialista denunciaba que la acción de Estados Unidos e Israel –a pesar de tener como objetivo “un régimen terrible”, en palabras de Sánchez– incumplía el derecho internacional y abocaba Oriente Próximo y, de rebote, el mundo a un paisaje todavía más peligroso. Hasta aquí, el guion era previsible. Lo que no esperaban en la Casa Blanca era que Madrid negaría a las fuerzas norteamericanas el uso de las bases militares de Rota y Morón de la Frontera. All in desde la Moncloa contra el país más poderoso del mundo.

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Fuentes del gabinete de presidencia de Sánchez subrayan que su política exterior intenta basarse en la coherencia. La acción de las bases militares es, ciertamente, coherente con el discurso del presidente español, pero el impacto y el precio político en que puede derivar es ahora una incógnita. Desde la sala donde fue humillado Volodímir Zelenski, Trump declaraba el martes la guerra diplomática a Madrid: en directo, decía que cortaría todo el comercio con España y que Sánchez era un “socio terrible”. Fuego y furia trumpista. Trump explota cuando los que lo rodean abandonan la estrategia de la genuflexión, tan popular en Europa y dominada a la perfección por Mark Rutte. Los expertos vaticinan que la amenaza de Estados Unidos de cortar con España es prácticamente imposible de cumplir, un farol, y que la relación comercial –más beneficiosa para Washington, por cierto– depende de acuerdos firmados con la Unión Europea. En Bruselas, restaban importancia a la explosión de Trump y se limitaban a recordar que velarán por proteger plenamente los intereses de la Unión Europea. En la Moncloa, plantan cara, son bastante optimistas y se amparan en la protección europea ante lo que pueda venir.

Y la clave política de la jugada de Sánchez se encuentra aquí y trasciende las fronteras españolas: Europa decidirá si el all in del gobierno socialista con Trump funciona. El incidente diplomático grave, sin precedentes, entre Washington y Madrid es una nueva oportunidad para invocar la unidad europea ante un líder –ya no se le puede llamar socio, ni aliado– que desprecia constantemente la UE y sus significados. El canciller alemán Merz, el martes junto a Trump mientras el republicano atacaba España, perdió una oportunidad de oro y su silencio pasará a la historia de las vergüenzas comunitarias. Después reculaba, pero demasiado tarde. La esperanza de Sánchez pasa por el movimiento de otros socios europeos, que en las últimas horas han dado pasos hacia la dirección que ha marcado Madrid: Francia, el Reino Unido, Bélgica o Noruega han mostrado dudas sobre las acciones de EE. UU. en Oriente Próximo. Si estos apoyos se consolidan, la apuesta de Sánchez habrá sido una victoria política de prestigio. ¿Y si sale mal? Fuentes del ministerio de Defensa prefieren no pensarlo: “Te aseguro que es un muy mal negocio tener a Estados Unidos de espaldas”.

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Las bombas estadounidenses –a petición expresa de Netanyahu, conviene recordarlo– son un enésimo mensaje para los gobiernos europeos: Estados Unidos de Trump, más imprevisibles y acostumbrados al uso de la fuerza, han hecho de la geopolítica y las relaciones internacionales la ley de la selva. En Bruselas, demasiado dependientes de la protección de Washington y condicionados por el futuro de Ucrania –una guerra existencial–, parece que se ha concluido que, después de un año de humillaciones, la estrategia de genuflexión ante la Casa Blanca no funciona. El problema es que la alternativa no está lo suficientemente madurada y pone los pelos de punta a muchas cancillerías europeas. El alcance de la respuesta de Trump contra Sánchez, que aún debe materializarse, dará pistas sobre la viabilidad de la alternativa.