Groenlandia puede ser la ruptura definitiva de Occidente
Este año, en el brindis de Navidad de la oficina del Parlamento Europeo en Barcelona, un gesto de celebración, había pesimismo. Entre los asistentes –políticos, periodistas, corresponsales en Bruselas y otros profesionales vinculados a la actualidad en la Unión Europea– se repetía una frase-mantra: viene un año complicado para Europa. Ni el espíritu fraternal en la sala, cortesía de un grupo de jazz que entonaba villancicos, lograba disimular que son días oscuros para la autoestima europea. Pese a acabar con un "¡Feliz Navidad y viva Europa!", también sonaba poco festivo el discurso que pronunciaba el socialista Javi López, vicepresidente del Parlamento Europeo: "Los retos a los que tendrá que hacer frente Europa en el 2026 son mayúsculos. [...] Las amenazas vienen del oeste, del este... y también de dentro".
El paisaje con el que la Unión Europea acababa el año es, innegablemente, preocupante. Decía una fuente de Bruselas hace unos días que diciembre ha sido el mes de la "pesadilla americana". Y creo que puede decirse que el 2025 ha sido el año del despertar de la fantasía europea: Bruselas y todos los gobiernos del club han tenido que entender que Washington ya no es un socio fiable y difícilmente lo volverá a ser nunca más.
Donald Trump, que ha vuelto a la Casa Blanca luciendo una versión más radicalizada, se ha encargado de hacer más que evidente su desprecio intrínseco hacia los socios europeos. El 5 de diciembre, la publicación de la nueva estrategia de seguridad nacional de EEUU resonaba como una bofetada entre la mayoría de cancillerías comunitarias. El contenido era devastador: EEUU ve a Europa como un continente en declive, expuesto a una crisis de civilización y considera que sólo la extrema derecha puede revertir esta situación.
Cuatro días después, el 9 de diciembre, Trump desvanecía cualquier duda en una entrevista en Politico: definía Europa como "uno grupo de naciones en decadencia lideradas por personas débiles que quieren ser demasiado políticamente correctas". La lista de ataques es mucho más larga: las alfombras rojas en Putin para hablar de cómo le beneficiará en Ucrania, las injerencias en las elecciones alemanas a favor de la AfD, el pacto comercial de la vergüenza en Escocia, la imagen humillante en el Despacho Oval con el profesor Trump envolvente de los alumnos europeos, los insultos a mandatarios, las intenciones de "convertir" Groenlandia en "parte de Estados Unidos". Podría continuar.
El año nuevo, como ya es costumbre desde hace unas temporadas, ha comenzado con un evento mayúsculo: Trump ha cumplido amenazas, ha bombardeado Venezuela, ha capturado a Nicolás Maduro y tomará el control del país. Días después, el triple titular sigue impresionante.
Y la Unión Europea se ha vuelto a quedar sorprendida y descolocada, incapaz de reaccionar con una respuesta rápida y conjunta y, finalmente, adoptando un tono de cautela para evitar molestar al sheriff de Washington que, en tiempos de guerra, todo –o casi– lo abastece. Las bombas gringas sobre tierra venezolano son señales de alarma insistentes en Europa: en el mundo de hoy, que avanza hacia el siglo XIX, vuelve a primar la ley del más fuerte, y el nuevo orden geopolítico se basa en la fuerza y la pugna entre grandes potencias donde, evidentemente, los europeos hemos perdido el sitio. Buena parte de los ingredientes de los que se forma la UE –la diplomacia, el multilateralismo, los valores, el entendimiento...– han pasado de moda.
La agresión a Venezuela dibuja a otro titular inquietante: capturar a Maduro ha servido a Trump para elevar las amenazas a países como Colombia, Cuba y Groenlandia. Sobre Colombia, ha dicho: "Sí, me parece bien [atacarla]". Sobre Cuba: "El régimen está a punto de caer" Acerca de Groenlandia: "Definitivamente, necesitamos Groenlandia". Cada titular debe impresionar.
Pero detengámonos en Groenlandia. Isla altamente estratégica –fuente de múltiples recursos naturales y clave para controlar el Atlántico Norte y el anhelado Ártico–, es un territorio autónomo perteneciente a Dinamarca, país miembro de la Unión Europea y de la OTAN. Las consecuencias que Estados Unidos agredieran territorialmente –emocionalmente ya lo están haciendo– un país aliado son directamente imprevisibles y catastróficas. En el mejor –o en el peor– de los casos, supondría la genuflexión definitiva de la Unión Europea ante Trump, la señal de que el daddy de la Casa Blanca ha tomado el control también de Bruselas. En el peor –o en el mejor– de los casos, sería la ruptura definitiva de la Alianza Transatlántica y, por tanto, de Occidente, un término en peligro de extinción. En Pekín, en Moscú y en otras capitales como Delhi, se deben frotar las manos.
¿Las amenazas sobre Groenlandia son un farol de Trump? Difícil saber. La versión más radicalizada con la que ha vuelto a la Casa Blanca ha demostrado que debemos tomarnos sus bramidos en serio. El presidente de Estados Unidos justifica sus intenciones en la isla congelada para evitar que caiga en manos de Rusia o China. Asegura que Washington es el único capaz de defenderla: "Incluso la Unión Europea necesita que la tengamos". Más desprecio hacia Europa: "¿Qué harían? Como mucho, añadirían algún trineo de perros más". La primera ministra danesa, Mette Frederiksen, ha exigido a Trump que cese sus amenazas. El mandatario ni le escucha. El primer ministro de Groenlandia, Jens-Frederik Nielsen, también exige en un comunicado: "Basta de presiones. Basta de insinuaciones. Basta de fantasías sobre la anexión". En Washington, como si lloviera.
Y el resto de líderes europeos siguen sin atreverse a alzar con contundencia la voz. Quien más cerca está de hacerlo es el español Pedro Sánchez, que, desde su posición de líder progresista en el club –todos han ido cayendo en Europa–, busca erigirse en contrapeso. Trump tampoco le escucha mucho.
Llevamos seis días intensísimos del 2026 y ya tenemos una pregunta del año: ¿Y si el 2026 es también el año de la ruptura de Europa con Estados Unidos?
Sabemos que, estratégicamente, es todavía insostenible: la famosa autonomía estratégica está lejos de llegar y Europa sigue instalada en la vulnerabilidad estratégica. Sabemos que, socialmente, también puede ser insostenible: la furia de Trump puede caer de diversas formas nocivas contra los intereses de la política y la ciudadanía europeas. Pero también sabemos que, políticamente, las consecuencias de seguir arrodillándose ante los delirios de Trump son peligrosas: el culto a la actual Casa Blanca debilita democracias y propulsa a las fuerzas de extrema derecha, para quien Trump pide –quizás como deseo de año nuevo– que se pongan al frente de los gobiernos.