Tienen razón: no es el cambio climático
Este verano no huele a mar. Huele a ceniza, a pérdida, a destrucción. Pregúntenselo a los miles de personas desalojadas de sus casas o a aquellas que lo han perdido todo, incluso un familiar. Y es que tienen razón: no es el cambio climático. Las temperaturas insoportables, las muertes por la ola de calor y las miles de hectáreas calcinadas no son fruto del cambio climático. Somos nosotros. El clima ya lo hemos cambiado y ahora ya vivimos en plena emergencia.
Reconocerlo no quiere decir obviar que la deficiente gestión forestal crónica es un factor determinante en los incendios. El abandono rural y la falta de gestión han convertido nuestros bosques en polvorines. Ahora bien, combinado con las temperaturas extremas y otros fenómenos extremos acumulados durante el resto del año ha creado un caldo de cultivo sin precedentes. El número récord de hectáreas calcinadas y la virulencia de los fuegos es la prueba.
La lista de alertas científicas que hace décadas que nos avisaban de que todo esto pasaría es interminable y, por desgracia, inútil. Inútil porque no hemos hecho caso y porque las voces negacionistas están haciendo tanto ruido que han acabado enterrando el sentido común. Lo hemos enterrado tan profundamente que no solo se cuestiona la evidencia, sino que estamos actuando en la dirección completamente opuesta. Mientras el planeta pide auxilio y nos castiga con máxima dureza, nosotros le respondemos con dos tazas.
Hace solo dos semanas, la Comisión Europea presentaba una propuesta para dar más tiempo a las grandes empresas para continuar contaminando. Un ejemplo más de retroceso en políticas sostenibles de una Europa cada vez más escorada a la derecha y vulnerable a las presiones extranjeras. Después de permitir que se continúen comercializando motores de combustión más allá de 2035, ahora se pretende hacer lo mismo con las grandes emisiones industriales.
Se trata de una reforma del Sistema de Comercio de Emisiones (ETS), el pilar de la política ambiental europea que obliga a las empresas más contaminantes a pagar por cada tonelada de CO₂ emitida. A petición de países como Polonia, Italia, Alemania o la República Checa (y en contra de las demandas de otros como España, Portugal o los nórdicos), Bruselas ha propuesto dar más margen a quienes más contaminan bajo el argumento económico y la falta de competitividad industrial. Ahora, los Veintisiete deben negociar la propuesta.
Que todo ello suceda precisamente ahora, cuando el sur de Europa arde y el resto del continente hierve, es irónico y prueba las consecuencias que tienen las políticas cortoplacistas.
Si de lo que queremos hablar es de economía, hablemos. Mientras sigamos actuando contra las indicaciones científicas, la factura no para de subir. No solo hay que pensar en el dinero que cuesta y costará apagar los fuegos de este verano. Un informe reciente del think tank Bruegel alerta de un "círculo vicioso" en el que la crisis climática erosiona directamente la salud financiera de los estados, reduciendo los ingresos fiscales y complicando la deuda pública. De hecho, la Agencia Europea del Medio Ambiente calcula que una cuarta parte de los 822.000 millones de euros perdidos por fenómenos extremos en las últimas décadas se ha concentrado en los últimos cuatro años.
Siempre se ha dicho que más vale prevenir que curar, un refrán que la sabiduría popular ha ido pasando de generación en generación. El problema es que se lo estamos dejando imposible a los que vendrán detrás nuestro para aplicar el dicho.