Reino Unido

Westminster y la comedia de enredos: ¿es el Reino Unido un país ingobernable?

La combinación de declive económico y polarización digital erosiona la tradicional imagen de estabilidad política británica

La famosa puerta del número 10 de Downing Street, en una imagen tomada este viernes, después de una semana de especulaciones sobre el futuro del primer ministro, Keir Starmer
15/05/2026
5 min

LondresLa política británica avanza desde hace décadas como una comedia de enredos de Shakespeare: los personajes cambian, pero el patrón se repite. Muy antes del Brexit, del que hará una década el mes próximo, Westminster ya encadenaba ciclos de confusión, maniobras mal calculadas y gobiernos atrapados en sus propios errores. De 1974 –con dos elecciones generales, la caída del gobierno conservador, el invierno de los descontentos y los sindicatos en pie de guerra–, a los parlamentos sin mayoría absoluta del siglo XXI, pasando por la ilegal suspensión del Parlamento en 2019, el sistema británico ha mostrado una fragilidad recurrente que contrasta con una imagen de solidez impecable.

Como recuerda a ARA el politólogo Nick Dickinson, de la Universidad de Exeter, "antes del referéndum del Brexit, seis de los catorce primeros ministros desde 1945 llegaron a Downing Street sustituyendo a su predecesor y no después de unas elecciones". Los últimos días esta infección se ha extendido otra vez por la llamada burbuja de Westminster. El enfermo es ahora el Partido Laborista, amenazado por la ultraderecha de Nigel Farage, que la semana pasada lo barrió en las elecciones locales inglesas y las nacionales de Escocia y Gales.

El partido se enfrenta a una crisis existencial, y más de noventa diputados laboristas han pedido la cabeza del premier, Keir Starmer. Todo ello ha recordado las interminables peleas de los conservadores entre 2016 y 2022, cuando la famosa puerta negra del número 10 de Downing Street se abría y se cerraba con una facilidad sorprendente.

La nueva revolta puede acabar con la caída a cámara lenta de Starmer, a manos de sus mismos correligionarios. Sería el séptimo primer ministro en una década. Theresa May, Boris Johnson y Liz Truss (conservadores) lo sufrieron en carne propia. David Cameron dimitió a raíz de la derrota en el referéndum del Brexit (2016) y Rishi Sunak perdió las elecciones de julio de 2024, cuando el laborismo ganó con una mayoría mucho más que holgada. De eso aún no hace ni dos años, pero Starmer ya está condenado.

Un 'premier' con respiración asistida

¿Es ingobernable, pues, el Reino Unido? En un discurso con el que pretendía relanzar su liderazgo, el aún premier dijo el lunes que no. Pero el hecho es que el hombre vive con respiración asistida, mientras espera que el alcalde del Gran Manchester, Andy Burnham, pueda volver al Parlamento en las próximas semanas. Si gana una muy difícil elección parcial en un territorio dentro del área metropolitana de su ciudad donde el Partido Reformista está sustituyendo al laborista, Burnham lanzará una opa hostil por las llaves de Downing Street. En el mejor de los casos, la sensación de inestabilidad seguirá los próximos dos o tres meses.

Esta es la situación coyuntural. Hay una estructural con diferentes factores. Tom Caygill, tambié politólogo y profesor de la Universidad de Nottingham Trent, en las East Midlands, la comenta en una conversación telefónica con este corresponsal: "La economía no ha crecido mucho desde el Brexit, y los salarios y el nivel de vida se han estancado durante más de una década. La población pierde la paciencia rápidamente y los gobiernos pierden apoyo muy deprisa. Los ciudadanos se irritan sobre todo por las cuestiones domésticas: el coste de la vida, los servicios públicos, la inmigración".

Nick Dickinson coincide en destacar que "el modelo económico británico está roto desde hace casi dos décadas". Y remacha: "Todos los gobiernos se han tenido que enfrentar al problema de un gasto público muy limitado, que restringe la capacidad de emprender grandes proyectos. Es el principal problema a largo plazo después de la inmigración". La inmigración, paradójicamente, se disparó a raíz del Brexit cuando Nigel Farage, y los conservadores que le apoyaban, aseguraron que bajaría. A los tories les acabó pasando factura; a Farage, no. Al contrario. Y explota el filón mientras señala cabezas de turco por todas partes.

Aquí entra otro elemento de la política del siglo XXI: la influencia de las redes sociales, que ha desembocado en lo que Rory Stewart, exministro de Theresa May –muy popular por su podcast The rest is politics, y autor, entre otros, del libro Politics on the edge–, define como los "liderazgos construidos sobre viralidad más que sobre competencia". Las redes, argumenta, han destruido el sistema de incentivos tradicionales de la política parlamentaria a cambio del "premio inmediato por la indignación, la desaparición del matiz y la presión constante por reaccionar". El impacto es todavía mayor en el Reino Unido, dice Dickinson, que afirma que el país es a menudo "objetivo" de Elon Musk y de su plataforma X. "El hecho de compartir idioma con los Estados Unidos facilita mucho que los relatos de la extrema derecha atraviesen de un país a otro".

Algunos actores políticos utilizan la movilización digital mejor que otros. "Lo mejor que podrían hacer muchos políticos es alejarse un poco de ellas, porque las redes no representan a toda la sociedad. A menudo acaban reaccionando exageradamente a campañas o críticas muy ruidosas que no reflejan la opinión general", dice a su vez Tom Caygill, que recuerda también la idea de que "las redes sociales han cambiado completamente el ritmo de la política y de la información, pero muchos gobiernos continúan actuando con una mentalidad analógica en un entorno que es plenamente digital".

Un palacio que se derrumba

Uno de los intelectuales de cabecera del Partido Reformista, el sociólogo y exprofesor de la Universidad de Manchester Matt Goodwin, las utiliza de manera incendiaria. Pero para este excandidato del partido de Farage a los Comunes por uno de los distritos de la gran ciudad del norte, "las redes no atizan el problema, sino que lo revelan". La afirmación puede ser discutible. Su libro más reciente es Suicide of a nation. Immigration, islam, identity.

La tesis, muy resumida, es la del Gran Reemplazo. Según él, el Reino Unido vive una crisis provocada por la inmigración masiva, el multiculturalismo y la pérdida de una identidad nacional compartida. Goodwin defiende que el aumento demográfico de comunidades de origen inmigrante —especialmente musulmanas— altera el equilibrio cultural y político británico. Sobre redistribución de la riqueza y una reforma impositiva progresiva no dice nunca nada. Más bien al contrario: hay que bajar impuestos.

El palacio de Westminster desde el puente del mismo nombre.

Las fake news, el populismo y las supuestas soluciones fáciles, que no llegan, contribuyen igualmente al desprestigio de la política y al alejamiento de los ciudadanos de sus representantes. En particular en Westminster, existe otro problema también estructural en torno a la figura del primer ministro. "Los grandes ministerios tienen cientos o miles de funcionarios, mientras que Downing Street funciona con un equipo muy reducido, de entre 50 y 80 personas", explica Tom Caygill. Desde el número 10 de Downing Street no se llega muy lejos. Por el contrario, la opinión pública tiene mucha prisa. Y como en la Messina de Mucho ruido y pocas nueces, los rumores y las maniobras corren aún mucho más deprisa. El resultado es que una arquitectura institucional del XX o incluso del XIX no encaja en el mundo del siglo XXI.

Quizás la metáfora más visual de la situación es la degradación del palacio de Westminster. Visto desde el exterior, impresiona. Cuando paseas por sus corredores, las grietas que delatan la ruina se ven con ojos de incrédulo. Y, aun así, los 650 diputados de la Cámara de los Comunes continúan aplazando la decisión presupuestaria sobre su urgente reforma porque tendrá un coste astronómico y nadie se atreve a dar el paso: se haría mucha demagogia.

Pero cualquier día el palacio caerá sobre la cabeza de conservadores y laboristas. Ahora, el arquitecto de emergencia se llama Andy Burnham. Falta conocer el detalle de sus planos. A pesar de todo, muchos ya han asumido que podrá compaginar los intereses de aquellos que apoyaron el Brexit y que se oponen a la inmigración con los de los que votaron a favor de la UE y que viven en ciudades donde no solo se habla inglés. Si no lo consigue, en 2029 o antes Nigel Farage terminará de derruir Westminster. Y la comedia se convertirá en una gran tragedia.

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