Mar Mediterráneo

Navegando a contracorriente: Open Arms se reivindica en el Palau Robert

miércoles El fundador de Open Arms, Òscar Camps, y la coordinadora del departamento de Educación, Ángeles Schjaer, antes de una visita a una exposición.
04/02/2026
Subjefe de Internacional
2 min

BarcelonaCon la ultraderecha, las fake news y los discursos de odio esparciéndose por Europa, la oenegé de rescate humanitario Open Arms se cuenta con una exposición en el Palau Robert de Barcelona. Diez años en los que han salvado 73.000 vidas a la deriva, poniendo sus recursos al servicio de unas instituciones europeas que han dimitido de su obligación, legal y moral, de hacer todo lo posible para evitar que nadie, venga de donde venga, se ahogue en el mar. Y no sólo dejan morir a gente por omisión, sino que se han dedicado a perseguir y criminalizar a las organizaciones que realizan este trabajo. Las persiguen con un mensaje tan falso como absurdo: que la gente se juega la vida en una patera sólo porque "sabe" que alguien al otro lado está listo para rescatarla. No importa que datos, periodistas, expertos y testigos constaten que, en realidad, el efecto llamada no existe, que lo que hace que la gente se mueva por el mundo es la esperanza de llegar a un lugar donde vivirá mejor. Y la idea de que para ello vale la pena arriesgar la vida.

La exposición arranca donde empieza la historia de Open Arms, en el 2015: desde un sofá se puede contemplar la foto de Alan Kurdi, un niño refugiado sirio de 3 años, muerto, boca abajo, escupido por las olas en una playa de Turquía. Oscar Camps, director y fundador de la oenegé, dice que el paso más difícil y del que está más orgulloso fue justamente haberse "levantado del sofá" cuando la vio, espoleado por las palabras de su hija que le preguntó por qué, si él era socorrista, no había ido a ayudar a esa criatura. Del sofá de su casa se plantó en la isla griega de Lesbos, donde Open Arms empezó a hacer rescates, con socorristas con las manos desnudas.

En la exposición encontrará objetos únicos, como la cuerda con la que el barco Open Arms remolcó toneladas de comida hasta la costa de Gaza, la única vez que pudieron llegar para paliar el sufrimiento de una población sometida a un genocidio. O los chalecos con los que aseguran la gente metida en precarias embarcaciones, o las imágenes de estos rescates, dificilísimos y peligrosísimos, que algunas veces salen bien, pero otras acaban en tragedia. También una muestra del trabajo que Open Arms ha hecho en tierra, en nuestro país con la pandemia o la dana, en Ucrania, en Siria o en Senegal, explicando a los jóvenes a los que se exponen en la mortal travesía.

Y explicando también en las escuelas e institutos catalanes que la alternativa no es el odio ni la ultraderecha. El recorrido termina con una alfombra de tuits, con las redes sociales convertidas en caja de resonancia del odio, como el de Santiago Abascal: "Ese barco de negreros hay que confiscarlo y HUNDIRLO". ElOpen Arms seguirá navegando, a contracorriente, con la esperanza de que un día cambiarán los vientos.

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