Beirut asume el cansancio de una guerra interminable

El 44º aniversario del asedio de la capital libanesa por parte de Israel llega en medio de un frágil alto el fuego que nunca llega a hacerse realidad

Vista aérea desde la ventana de un avión de la compañía Lebanese Middle East Airlines (MEA) del humo que se eleva después de los ataques israelíes en los suburbios del sur de Beirut.
07/06/2026
4 min

BeirutCuarenta y cuatro años después del inicio de la invasión israelí del Líbano, el 6 de junio de 1982, que desembocó en el asedio de la capital, Beirut se enfrenta a una sensación cada vez más extendida: el cansancio. No el de una guerra concreta, sino el de una ciudad que hace más de cuatro décadas que vive entre conflictos intermitentes, reconstrucciones incompletas y crisis que nunca terminan de cerrarse.

La ciudad se ha fragmentado una y otra vez, acumulando un agotamiento sostenido que ya forma parte de su vida cotidiana. Después de años de crisis financiera, inestabilidad política y una guerra reciente de alta intensidad, el sector turístico esperaba que la temporada de 2026 permitiera respirar, finalmente. Pero la incertidumbre vuelve a imponerse.

En Gemayzeh, uno de los barrios que mejor simboliza la capacidad de Beirut para reinventarse, el verano se esperaba como un punto de inflexión. Reconstruido después de la explosión del puerto en 2020, y recuperado como uno de los epicentros de la vida nocturna de la ciudad, el barrio ha vuelto a llenarse de bares, restaurantes y pequeños hoteles que viven al ritmo de la temporada estival. Entre estos se encuentra The Grand Meshmosh, un pequeño hotel en el corazón de Gemayzeh que encarna tanto las expectativas como las fragilidades del sector turístico libanés.

Una imagen casi idílica de la Cornisa de Beirut, este jueves, aunque la guerra sigue presente día tras día en el Líbano.

"La gente estaba preparada para pasar página", explica Michel Chebli, su propietario. "Después de todo lo que hemos vivido, parecía que este verano podía ser diferente. Pero volvemos a hablar de guerra", asiente. Como muchos en el sector hotelero, observa con preocupación unas reservas que no terminan de consolidarse y una diáspora libanesa que podría volver a ser decisiva, como cada verano, para salvar la temporada.

A pocos metros del hotel, otra conversación domina el paisaje cotidiano de Gemayzeh. Allí, entre comercios y cafeterías, se encuentra también una de las sedes de las Fuerzas Libanesas, el principal partido cristiano del país y el gran rival político de Hezbolá. Para William, propietario de un salón de belleza en la zona, esta proximidad no es anecdótica. Es parte del clima político que atraviesa la ciudad. En su entorno, las críticas hacia Hezbolá se han intensificado en los últimos meses. Entre numerosos sectores cristianos de Beirut se ha consolidado la percepción de que la estrategia de la milicia ha acabado arrastrando al país a un conflicto cuyos costes recaen sobre toda la población. El debate, sin embargo, no es unánime. Otros libaneses consideran que cualquier presión para debilitar o desarmar al movimiento chií solo aumentaría la vulnerabilidad del país mientras continúan los ataques israelíes y la presencia militar en el sur.

Vivir el desplazamiento

negociaciones políticas se perciben con un escepticismo crecienteoímos hablar de treguas, pero los drones continúan sobrevolando la zona. ¿De qué alto el fuego estamos hablando?", se lamenta desde el apartamento que ahora ocupa con su familia en Hamra.

Para Sarah, desplazada de Nabi Sheet, en el Valle de la Bekaa, la incertidumbre se ha convertido en una constante: "Solo habrá un alto el fuego cuando podamos volver a casa sin miedo de tener que marcharnos otro día", afirma.

Imagen de archivo de la celebración por parte de milicianos de Hezbollah conmemorando el Día de Al-Quds (Día de Jerusalén) en los suburbios del sur de Beirut.

En este contexto, las negociaciones políticas se perciben con un creciente escepticismo. Muchos libaneses recuerdan intentos anteriores de estabilización que no lograron sostenerse en el tiempo, mientras la situación sobre el terreno continuaba marcada por una violencia intermitente. Incluso entre aquellos que cuestionan el papel de Hezbolá, pocos consideran que la solución pueda llegar de la mano de Israel. La continuidad de los ataques, la destrucción en zonas fronterizas y el desplazamiento de población alimentan la sensación de que el conflicto continúa abierto, aunque adopte formas menos convencionales.

Mientras tanto, Beirut intenta mantener una apariencia de normalidad. Los hoteles preparan la temporada, los restaurantes esperan el regreso de la diáspora y los negocios calculan si el verano podrá salvar un año económico nuevamente frágil. Pero bajo esta rutina persiste una misma pregunta: ¿cuánto puede durar esta precaria estabilidad?

Cuarenta y cuatro años después, Israel vuelve a ocupar parte del sur del Líbano, los bombardeos no cesan y las amenazas de una nueva escalada sobre Beirut vuelven a formar parte del debate político. Muchas de las preguntas que quedaron abiertas en 1982 continúan sin respuesta. La relación con Israel, el papel de los actores armados no estatales, la debilidad del Estado libanés o la imposibilidad de aislar al país de las tensiones regionales continúan definiendo su presente. En las calles de la capital ya no hay tanques ni frentes de batalla, pero persiste otra forma de guerra, más difusa: la de una ciudad que vive en una espera permanente. El cansancio de una ciudad que ha aprendido a reconstruirse una y otra vez, pero que aún no encuentra una salida definitiva a su propia historia.

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