Diez lecciones de un mes de guerra en Irán
El conflicto que amenaza la economía global se alarga sin rumbo marcado por las incongruencias de Trump
BarcelonaLa guerra de los Estados Unidos e Israel contra Irán cumple un mes. Trump se ha retractado dos veces de su ultimátum en el que amenazaba con bombardear las plantas energéticas iraníes, y ahora hay conversaciones entre Washington y Teherán. Pero en realidad esto no significa mucho, más allá de que la guerra no está funcionando según los planes de Trump y de Netanyahu. El régimen de los ayatolás resiste y no parece dispuesto a rendirse, porque sabe que tiene la clave de una crisis energética global. Nadie sabe si las negociaciones en curso suponen una reculada del estadounidense, otro momento TACO (Trump Always Chickens Out) para encontrar una vía de salida. O quizás tan solo está ganando tiempo para acumular más tropas en la región y volver a la escalada, con ataques contra las infraestructuras, con una operación terrestre para forzar la apertura del estrecho de Ormuz o con el control de la isla de Kharg, el principal centro de exportación de petróleo de Irán. Sería la tercera vez que los Estados Unidos atacan Irán en plena negociación. Pase lo que pase en las próximas semanas, esta guerra que ha trastocado la economía global, nos deja ya algunas lecciones.
1. La superioridad militar abrumadora no garantiza la victoria
La primera lección no es nueva: solo confirma lo que ya habíamos visto en Gaza o en Ucrania, por poner solo los últimos ejemplos. Estados Unidos tiene el ejército más poderoso del mundo, un poder naval sin rival y sistemas de bombardeo de precisión. Pero Irán, mucho más débil militarmente, ha jugado sus cartas en una guerra asimétrica, basada en armas de bajo coste (drones, misiles, minas navales), en la disrupción de la economía y en una estrategia de regionalización del caos que es difícil de contrarrestar con medios convencionales. De hecho, se podría decir que Estados Unidos e Israel se han encontrado con que una campaña de bombardeos espectacular militarmente (el primer día mataron al líder supremo y a la cúpula militar del régimen) ha dado lugar a una situación política, geoestratégica y económica embarrada.
2. El estrecho de Ormuz y la geografía como palanca estratégica
La clave de esta asimetría es el estrecho de Ormuz, un paso por donde circula una quinta parte del tráfico mundial de petróleo. Esta guerra ha demostrado que la geografía puede ser una palanca estratégica. A Teherán solo le han caído diecisiete ataques contra barcos en la zona, amenazas y el recurso de colocar minas navales, para bloquear el paso, donde ahora hay dos mil barcos encallados. El aumento del precio del petróleo ha repercutido en las bolsas y ha tenido un impacto económico global. El cierre de Ormuz no es ninguna sorpresa: desde la guerra Irán-Irak de los años 80, Teherán amenaza con este recurso. Lo que es sorprendente es que los Estados Unidos y el Irán no tuvieran una estrategia para evitarlo antes de iniciar el ataque.
Y Teherán todavía tiene otra carta para jugar: cerrar el acceso al mar Rojo a través del estrecho de Bab el-Mandeb, que controlan sus aliados hutíes en Yemen, en caso de una invasión terrestre. Del libre paso por el mar Rojo depende también el tránsito marítimo hacia el Mediterráneo a través del canal de Suez.
3. Drones letales y baratos y misiles que no se acaban
Irán también libra una guerra asimétrica con sus drones Shahed, que perfeccionó para venderlos a Rusia en la guerra de Ucrania. Son letales, efectivos y baratos (cuestan entre 17.000 y 45.000 euros por unidad), por eso algunos analistas los llaman “el misil de crucero del pobre”. En cambio, los misiles Patriot que utilizan Estados Unidos y los países del Golfo para interceptarlos cuestan unos 2,6 millones de euros cada uno. Básicamente, lo que están haciendo Estados Unidos desde sus bases en los países del Golfo es matar moscas a cañonazos. Los costes son menos desiguales en el caso de Israel, que utiliza interceptores Tamir, con un coste similar al de los drones iraníes. Pero la inexpugnable Cúpula de Hierro, el sistema de defensa antiaérea israelí, se está viendo cada vez más sobrepasado por la estrategia de Teherán de lanzar los drones en enjambre y bombas de dispersión para saturarlo.
Combinando el uso de los drones con sus misiles balísticos, Irán amenaza con agotar los sistemas de defensa de los países del Golfo y de Israel. Utiliza su arsenal de misiles con una economía de municiones: lanzando cada día un puñado de misiles, aunque casi todos sean interceptados, es suficiente para paralizar por completo la vida en un país. Según fuentes de inteligencia estadounidenses, en estos meses de guerra, los ataques contra las plataformas de lanzamiento de misiles iraníes solo han acabado con una tercera parte de sus arsenales.
Además, Irán juega con su constelación de milicias aliadas en la región: los hutíes en Yemen, diversos grupos armados en Irak y Hezbolá en Líbano, que le permiten abrir frentes secundarios y ampliar el teatro de operaciones, lo que eleva los costes globales.
4. El régimen de Irán no se derrumba decapitándolo
Parece que la estrategia del ataque conjunto de Estados Unidos e Israel se basaba en la idea del asesinato del líder supremo de Irán, Ali Jamenei, y de otros cargos del régimen, y en la instigación de una revuelta en el país. Tanto el presidente estadounidense, Donald Trump, como el primer ministro israelí instaron en los primeros días de la guerra a los iraníes a rebelarse. Lo que ha sucedido ha sido justamente lo contrario: en lugar de implosionar, el régimen iraní se ha atrincherado, el ala militar ha ganado centralidad, y el movimiento de protesta que había estallado en enero en el país y que fue brutalmente reprimido, ha continuado enmudecido bajo las bombas estadounidenses e israelíes. Ahora tanto los servicios de inteligencia estadounidenses como los israelíes admiten que la perspectiva de derrocar el régimen de los ayatolás no está sobre la mesa.
En realidad, el sistema iraní fue concebido desde el principio no simplemente como la sombra de un solo hombre, sino como un sistema ideológico complejo y militarizado liderado por una autoridad religiosa, detrás de la cual hay una red sólida de instituciones de seguridad, políticas, administrativas y económicas que trabajan para preservar el régimen, no para servir a un solo individuo. En este entramado, la Guardia Revolucionaria Islámica no es una institución más, sino la columna vertebral del sistema y la que ahora ha asumido el poder.
5. La vulnerabilidad de las petromonarquías del Golfo
La guerra ha puesto al descubierto la debilidad de las petromonarquías del golfo Pérsico, que siempre habían visto la presencia de bases estadounidenses en sus territorios como una garantía de seguridad. El modelo de oasis de paz y prosperidad en una región en llamas se ha hecho añicos y ha quedado al descubierto la fragilidad de sus infraestructuras energéticas y también la posibilidad de que sufran situaciones que amenazarían su supervivencia, como por ejemplo un ataque a las plantas desalinizadoras, que les dejaría sin suministro de agua potable.
6. Netanyahu y el proyecto del Gran Israel
Las decisiones de Donald Trump pueden parecer erráticas, pero las de Benjamin Netanyahu no lo son en absoluto. El primer ministro israelí ha basado toda su larga carrera política en la denuncia de Irán como una amenaza existencial. Y también en la construcción del Gran Israel, que se materializa con la expansión fronteriza al sur del Líbano, donde el ejército israelí utiliza los métodos que impuso en la Franja de Gaza. La materialización del Gran Israel consiste hoy, sobre todo, en convertirse en una potencia militar indiscutible en la región. Este otoño, Netanyahu debe convocar elecciones, la primera vez que los israelíes acudirán a las urnas desde los ataques palestinos del 7 de octubre de 2023. Y aunque la mayoría apoye la guerra de Irán, Netanyahu sigue sin tener garantizada la reelección de la coalición de gobierno.
La guerra, sin embargo, tiene un fuerte impacto en el día a día de los israelíes, y ha paralizado su economía. Después de más de dos años de guerra genocida en Gaza, con la intensificación de la violencia colon contra los palestinos de Cisjordania y con el frente abierto en el Líbano, también hay señales de debilitamiento militar. Porque Israel tiene una fuente casi ilimitada de armas de Estados Unidos, pero no suficientes soldados. El jefe del Estado Mayor Eyal Zamir, advirtió el miércoles en la reunión del consejo de seguridad que el ejército israelí podría “colapsar” si no consigue más reclutamiento. Ahora que el gobierno israelí ha aparcado la ley para obligar a los ultraortodoxos a unirse a filas y que tampoco está ampliando el tiempo de servicio militar obligatorio ni el funcionamiento de los reservistas, la cúpula militar dice que le faltan 15.000 soldados, la mitad de los cuales de combate, para poder atender todos los frentes.
7. Hezbolá no estaba muerto
La milicia chií libanesa aliada de Irán ha resurgido de lo que parecían sus cenizas. Hezbolá ha pasado de la contención aparente a una confrontación abierta con Israel, y ahora se ha visto que la retirada de 2024 que protagonizó tras el alto el fuego con Israel era en realidad una pausa táctica para reconstruirse. Tras la muerte de Hassan Nasrallah y bajo el liderazgo más pragmático de Naim Qassem, el movimiento reorganizó fuerzas, reforzó su arsenal con apoyo de Irán y preparó una estrategia de guerra de desgaste basada en la guerrilla, los drones y el lanzamiento de ataques para saturar las defensas antiaéreas israelíes. Hezbolá, aunque está debilitado y con menos legitimidad interna, no busca derrotar a Israel, sino resistir para evitar su desarme y mantenerse como actor clave en Líbano.
8. La soledad de Trump y la división europea
Estados Unidos llamó a sus aliados a montar una coalición militar para reabrir el estrecho de Ormuz y ni los socios europeos ni los asiáticos quisieron apoyarle. Trump ha llegado a tildar a los socios de la OTAN de “cobardes”. El cambio no es menor. Durante décadas, Estados Unidos ha proyectado su poder a través de las coaliciones militares, y ahora se cuestionan su capacidad de planificación estratégica, los objetivos a largo plazo, la capacidad de contener los impactos económicos de sus acciones militares, que se perciben como imprevisibles y sin una salida clara. A menudo las guerras ponen en evidencia dinámicas de fondo, y esta está demostrando que Estados Unidos continúa siendo la potencia hegemónica, pero que cada vez tiene más dificultades para materializarla.
Europa continúa reaccionando dividida y de manera tibia al nuevo orden mundial que Trump quiere imponer. Las divisiones que ya habíamos visto entre los estados miembros en el genocidio en Gaza ahora se han reproducido: con Alemania y Francia posicionándose a favor del ataque a Irán, el gobierno de Pedro Sánchez se ha quedado solo entonando el "No a la guerra". Pero a medida que las cosas se han ido complicando para Trump y Netanyahu, y sobre todo después de las amenazas de Estados Unidos a España por negarse a ceder las bases de su territorio, Madrid ha ido reuniendo más apoyos. La grieta esta vez ha llegado también a las instituciones europeas con un choque abierto entre el presidente del Consejo, António Costa, y la presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, que también tuvo que recular después de haber apoyado el ataque contra Irán y de haber dicho que Europa debía adaptarse al fin del orden mundial basado en el derecho internacional.
9. Putin gana sin buscarlo y China vende estabilidad
Sin haberlo buscado, el presidente ruso, Vladímir Putin, es, indirectamente, uno de los ganadores de esta guerra. Los ataques contra Irán han hecho disparar los precios del petróleo, la principal fuente de ingresos del Kremlin, lo que le facilita sostener el esfuerzo de guerra, en un momento crítico para su economía. Estados Unidos incluso ha levantado temporalmente las sanciones al petróleo ruso. Moscú es también el segundo exportador mundial de fertilizantes, otro producto estratégico que está bloqueado en el estrecho de Ormuz y ya está incrementando sus ventas.
Ahora el foco de Estados Unidos se ha trasladado de la guerra de Ucrania a Oriente Medio y aunque Kiev ha podido firmar acuerdos con países del Golfo para compartir su experiencia en el combate con drones, queda claro que Washington priorizará ahora la guerra en Irán. Cuanto más se alargue la guerra, más fuerte se hará la posición de Rusia. Las negociaciones sobre Ucrania están ahora paradas. Putin también sale beneficiado de la fractura transatlántica, de las tensiones dentro de la OTAN y la UE y ve legitimado su menosprecio al derecho internacional en la acción de Estados Unidos e Israel contra Irán.
En cuanto a China, que ha tenido que rebajar sus expectativas de crecimiento y hace un año que libra una guerra comercial con Estados Unidos, ahora ve que la crisis en Oriente Medio afecta tanto a sus principales rutas marítimas como a su suministro energético. El 12% del petróleo importado por China procedía de Irán, pero igual que hizo con la captura de Maduro, Pekín se ha limitado a condenar discretamente el ataque a Irán. La realidad es que China no tiene capacidad militar para hacer de contrapeso a Estados Unidos ni para defender a sus aliados, a pesar de su poder económico. Y Xi Jinping no puede hacer otra cosa que posicionarse como un líder estable y previsible, en contraste con Trump, y denunciar la hipocresía de Occidente.
10. Descarbonizar la economía para un mundo más seguro
Esta guerra pone en evidencia que el modelo energético vigente no solo contribuye al cambio climático, sino que también genera inseguridad sistémica. Poner fin a la dependencia de las energías fósiles no solo es una urgencia medioambiental, sino también de seguridad. Los combustibles fósiles concentran poder en determinados actores y territorios, lo que facilita la coerción geopolítica y aumenta el riesgo de conflicto. Las economías que dependen del petróleo son especialmente sensibles a interrupciones del suministro y a fluctuaciones de precios, lo que limita su capacidad de respuesta. Aunque a corto plazo los altos precios pueden incentivar aún más la explotación de petróleo y gas, esta misma volatilidad hace más urgente que nunca una transición hacia energías limpias, más estables y resilientes ante conflictos.