Israel, fuera de control al sur del Líbano
Tel Aviv avanza sin grandes obstáculos y ejerce un control no declarado pero que ya es efectivo
BeirutIsrael avanza Líbano adentro hacia la región del río Litani, situado a unos treinta kilómetros de la frontera, y sobre el terreno la sensación es clara: no hay nada que lo detenga. Las órdenes de evacuación, los bombardeos y el movimiento de tropas dibujan una realidad que ya no se esconde. El sur del Líbano se vacía mientras se instala, poco a poco, un control que nadie ha declarado, pero que ya se impone.
Frente a este avance, Hezbollah continúa combatiendo. Lanza cohetes, utiliza drones, mantiene el frente abierto. Pero no consigue frenar la progresión israelí. “Puede golpear, pero no bloquear”, resume Michel Khoury, militar retirado. Este desequilibrio marca el momento actual. Israel actúa con libertad operativa; Hezbollah responde dentro de límites. La disuasión mutua que durante años definió la frontera ha dejado de funcionar. “Si Israel decide avanzar, Hezbollah no tiene cómo impedirlo completamente”, sostiene.
El ejército libanés, que después de la guerra de noviembre de 2024 se había desplegado en el sur, se retira ahora de posiciones clave, incluidas zonas como Marjayoun. No hay enfrentamiento directo, lo que hay es abandono. Falta de medios, falta de margen, falta de opciones. El ejército no puede enfrentarse ni a Israel ni a Hezbollah sin ponerse en riesgo. “Es una institución diseñada para evitar el colapso interno, no para librar una guerra en dos frentes”, matiza Al Khoury.
Este límite ya existía después del alto el fuego de 2024. Entonces, el despliegue militar y el intento del gobierno de reafirmar su autoridad parecían abrir una posibilidad. Por primera vez en años, el Estado intentaba recuperar terreno y marcar distancia con Hezbollah. El gobierno de Nawaf Salam y el presidente Joseph Aoun apostaron por una estrategia progresiva sobre el monopolio de las armas sin provocar una confrontación directa. Pero aquello duró poco.
Hezbollah nunca se desarmó. Conservó su infraestructura militar, mantuvo financiación y adaptó su estructura hacia un modelo más flexible, basado en unidades dispersas y capacidad de guerra asimétrica. “La idea de que Hezbollah podía ser desmantelado en pocos meses era irreal”, afirma Mohamad Obaid, especialista en el movimiento proiraní. “No es solo una milicia. Es un sistema híbrido como organización armada, actor político y red social profundamente arraigada”.
El arraigo de Hezbollah
Este arraigo, sin duda, es clave. Hezbollah sigue contando con apoyo significativo en amplios sectores de la comunidad chií. En amplias zonas del país, especialmente al sur y en el valle de la Bekaa, sigue siendo más que una fuerza militar. Hezbollah está presente en la vida cotidiana, suple carencias del Estado y mantiene una relación directa con la población. Por ello, cualquier intento de desarme por la fuerza habría sido explosivo. “El estado libanés no tiene la capacidad coercitiva para imponer su autoridad en estas zonas sin desencadenar una crisis mayor”, añade Obaid.
El gobierno lo sabe, y el ejército también. “Si los militares intentaran enfrentarse a Hezbollah, no sería solo un choque militar, sería un problema interno mucho mayor”, señala Khoury. “Y esto es algo que nadie en Líbano quiere repetir”. Así, mientras el estado evita este escenario, Israel avanza. A medida que sus tropas se acercan al Litani, Hezbollah se ve obligado a replegarse y reorganizarse más al norte. “No desaparece, pero cede espacio. Gana tiempo, pero pierde terreno. Y en este movimiento, la guerra cambia de forma”, explica Obaid.
Y en este contexto, el otro elemento de fuerza, la Fuerza Interina de Naciones Unidas (FINUL) tampoco actúa ya como freno. Ha recibido el impacto de disparos, con bajas entre sus filas, y se limita a observar. Su presencia, que durante años sirvió de colchón, ya no tiene peso sobre el terreno. La misión de los cascos azules, atrapados entre dos fuegos, parece haber llegado a un final prematuro.
La ocupación israelí ya es un hecho
Sin ejército nacional desplegado, sin fuerza internacional efectiva y con Hezbolá activo, pero limitado para detener el avance israelí, el sur queda abierto. Y aquí entra el elemento clave: nadie está estableciendo límites. “Israel está redibujando la situación sobre el terreno”, apunta Obaid. “Y lo hace sabiendo que no hay una presión que lo obligue a parar”.
Israel ha dejado claro que quiere controlar el territorio hasta el Litani. Y, por ahora, no encuentra obstáculos reales. Estados Unidos le da apoyo. Europa reacciona, pero sin consecuencias, y la ONU observa. “Con cada crisis, se recurre al argumento del capítulo VII [de la Carta de las Naciones Unidas, que prevé el uso de la fuerza y la acción coercitiva internacional para restablecer la paz] con fines políticos. Así ocurrió en 2006 y de nuevo en 2023-2024”, observa una fuente diplomática occidental, que considera que tal escenario no se ha contemplado.
Las consecuencias son visibles. Más de un millón de desplazados, pueblos vacíos, infraestructuras destruidas. Comunidades que habían vuelto después de la guerra de 2024 vuelven a marcharse. Cada avance amplía la zona inhabitable. El estado libanés, debilitado por años de crisis, apenas puede responder. Depende de ayuda externa, intenta gestionar la emergencia, pero no controla la situación.
En este contexto, la ocupación deja de ser una hipótesis. No se anuncia ni tiene una línea clara o una fecha oficial, pero se consolida como una realidad con cada evacuación, cada posición tomada y cada zona a la que ya no se puede volver. Y el Líbano, atrapado entre la imposibilidad de enfrentarse a Hezbolá y la incapacidad de frenar a Israel, vuelve a quedar en medio.