Los israelíes legitiman la guerra, pero se sienten cansados

A pesar de protestas minoritarias, la mayoría de los israelíes continúan avalando la ofensiva contra Irán

Una manifestación de israelíes contrarios a la guerra en Irán, en Tel Aviv.
Catherine Carey
29/03/2026
4 min

JerusalénEn el corazón de la ciudad de Jerusalén, en la plaza París, muy cerca de la residencia oficial del primer ministro, Benjamin Netanyahu, se ha repetido una escena que empieza a ser habitual: una concentración pequeña contra la guerra con Irán y el gobierno de Netanyahu. Menos de setenta personas, dos tambores marcando el ritmo y una pancarta gigante intentando, sin mucho éxito, llamar la atención de los viandantes.“No queremos más guerra, estamos hartos”, dice Caroline, una profesora jubilada de 65 años, mientras sostiene un cartel lila. “Esta guerra solo la quería Netanyahu”. No termina la frase cuando cuatro jóvenes con kipá –el pequeño casquete que llevamos los judíos en la cabeza como símbolo religioso– interrumpen la conversación y se le encaran. “¡Sois unos traidores, debería caeros la cara de vergüenza!”, le espeta uno de ellos antes de escupir al suelo.A su lado, Joseph, antiguo profesor de piano, sostiene un cartel con las caras de Benjamin Netanyahu, del ministro de Seguridad, Itamar Ben-Gvir, y del ministro de finanzas, Bezalel Smotrich, y la frase: “Es su guerra, son ellos los incitadores”. “No hay estrategia, no hay un objetivo claro de por qué estamos en esta guerra otra vez –explica–. Nos dicen que estamos ganando, pero para nosotros estar en guerra ya es perder. No deberíamos estar”. Otro cartel, en inglés, pone: “End Israel’s thuggery, hypocrisy and brutality” (Poned fin al abuso, a la hipocresía y a la brutalidad de Israel).”Casi desde el inicio de la guerra con Irán se han repetido concentraciones similares en todo el país. Ahora parecen ser más frecuentes, pero continúan siendo minoritarias. Contrastan con la indiferencia –o incluso hostilidad– de gran parte de la sociedad. Durante la manifestación, algunos conductores bajan la ventana y comienzan a insultarlos. Una pickup blanca con dos banderas de Israel enganchadas en el maletero hace sonar el claxon con insistencia mientras pasa. El conductor, un hombre de unos cuarenta años, levanta el puño por la ventana. “¡Ganaremos!”, grita. Todo ello bajo un despliegue policial que casi iguala en número a los manifestantes.Mientras estas voces disidentes intentan hacerse oír, el paisaje urbano explica otra historia. En los balcones ondean banderas azules y blancas, y en algunos escaparates de tiendas aparecen carteles con el mensaje “Thank you, Mr. President”, dirigidos tanto a Benjamin Netanyahu como a Donald Trump. En una tienda de souvenirs, Elías, un joven dependiente, coloca kipás con el lema: “Make Israel great again”. “Se venden mucho”, dice sin levantar mucho la mirada. “La gente quiere sentir que alguien tiene el control”.

A pocos metros, en el Parque de la Independencia, hay una escena completamente diferente. Grupos de jóvenes tumbados en la hierba, parejas compartiendo cafés en el bar Deja Bu, risas y música baja. “Son tiempos extraños”, dice Matam, estudiante de ingeniería, apoyado sobre un codo mientras observa la concentración de lejos. “Después del 7 de octubre, muchos hemos dejado de creer en la diplomacia. No nos gusta la guerra, pero la vemos necesaria. Es como si no tuviéramos alternativa”. A su lado, Noa, periodista, asiente. “El mundo nos puede criticar, pero nosotros vivimos aquí –dice–. Cuando tienes esta sensación constante de amenaza, acabas aceptando cosas que antes no habrías aceptado. Vivimos en un déjà-vu constante”, dice sonriendo mientras señala el nombre del bar detrás de él. La guerra sigue siendo legítima para la mayoría de la población. Una opinión marcada por la percepción de que Irán es una amenaza existencial para el Estado de Israel.

Aflora el cansancio

A pesar de los ataques diarios con misiles iraníes, que han causado al menos dieciocho muertos y han obligado a la población a refugiarse regularmente en búnkeres, la vida cotidiana se mantiene relativamente estable. La economía funciona, los servicios esenciales no se han interrumpido y los comercios permanecen abiertos. “Sí, tenemos miedo, pero también estamos acostumbrados”, dice Julia, propietaria de una tienda de ropa cerca de la ciudad antigua. “Los niños faltan a la escuela, dormimos mal… pero el país sale adelante. Solo quiero ver cómo nos libramos de los ayatolás y poder vivir en paz”.Este sentimiento tiene una base sólida. Según la última encuesta del Instituto de Estudios de Seguridad Nacional, del 19 de marzo, el 78,5% de la población continúa apoyando los ataques contra Irán. Aun así, el apoyo a alargar la guerra hasta la caída del régimen ha bajado del 63% al 54%. Del mismo modo, según datos preliminares del Instituto para la Democracia de Israel, solo un 50% de la población expresa un apoyo firme a la guerra, una caída significativa respecto al 74% inicial. Los analistas lo interpretan como una evolución natural: el apoyo se mantiene alto, pero el cansancio empieza a aflorar.Sin embargo, incluso entre quienes nunca han apoyado al primer ministro, Benjamin Netanyahu, la confianza se mantiene, por el momento, sorprendentemente sólida. “No es el momento de hablar de su presunta corrupción”, dice Rivka, funcionaria, mientras pasea con una bolsa de la compra. “Nunca he sido fan suya, pero creo que ahora lo está haciendo bien. Ya juzgaremos después… pero si esto acaba bien, tendremos que reconocerle”.

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