Rafah: una economía de mínimos
La reapertura parcial del paso fronterizo es tan mínima que no alivia la crisis humanitaria
BeirutEn Gaza, la reapertura parcial del paso de Rafah, el único punto que conecta la Franja con el resto del mundo fuera de Israel, no ha reactivado su vida cotidiana. Ha reorganizado la espera. En el sur, donde la frontera se ha convertido en una referencia constante –aunque casi sigue desierta–, la economía funciona bajo mínimos, con listas que cambian y decisiones que se aplazan día tras día. Lo disponible está prácticamente lo mismo desde hace semanas, sin entradas regulares ni un calendario previsible. En este contexto, las decisiones diarias ya no dependen tanto de lo que realmente llega como de los rumores y avisos sobre el paso: permisos puntuales, cierres de última hora, anuncios que no se concretan.
La pequeña reapertura autorizada por las autoridades de Israel en la segunda fase del plan de Trump, no ha supuesto el regreso del comercio. No entran camiones comerciales ni materias primas de forma sostenida. La ayuda humanitaria llega de forma irregular e insuficiente. Según la Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios de la ONU (OCHA), la fragmentación de las cadenas de suministro y las restricciones prolongadas han empujado a la población hacia una economía de subsistencia marcada por el racionamiento extremo y la imprevisibilidad.
Según las imágenes que nos llegan de dentro de la Franja –Israel sigue vetando el acceso a la prensa internacional–, en muchas tiendas ya no se venden paquetes completos, sino pastillas sueltas, bolsas pequeñas de harina, cantidades mínimas de combustible. UNRWA, la agencia de la ONU para los refugiados palestinos, ha advertido, en sus últimos informes, de un aumento generalizado de la compra por unidades y del endeudamiento informal de las familias para cubrir las necesidades básicas. El efectivo circula poco y el crédito se concede con estrictos límites, en un sistema más basado en la necesidad compartida que en la confianza a largo plazo.
La vida cotidiana se organiza en función de esta precariedad. Las familias hacen la compra no por rutina, sino por temor a que el comercio cierre sin avisar. Los horarios son imprevisibles, y la electricidad intermitente y la escasez de combustible refuerzan esta lógica de permanente adaptación.
Pendientes del teléfono
En los barrios residenciales del sur, la reapertura parcial tampoco ha traído alivio, sino que ha introducido una especie de espera activa. Muchas familias están todo el día pendientes del teléfono, a la espera de un mensaje que confirme una evacuación médica, una autorización excepcional o que les han incluido en alguna lista. O que el traslado prometido se ha cancelado. La vida se suspende, y no se toman decisiones a medio plazo, como reparar una vivienda dañada o reanudar la escolarización.
Este aplazamiento constante tiene efectos económicos visibles. Muchas familias reducen el consumo no sólo por la escasez, sino por conservar lo poco que tienen ante un futuro incierto. La organización Médicos Sin Fronteras (MSF), que se enfrenta a un proceso de expulsión por parte de las autoridades israelíes, advierte que el hecho de que no exista una entrada regular de suministros obliga a racionar medicamentos y material sanitario también fuera del sistema hospitalario, lo que afecta directamente a pacientes crónicos en su vida diaria.
En paralelo, y ante la ausencia de una economía funcional, han reaparecido los intercambios informales: harina por aceite, medicamentos por combustible, servicios para comer. No responden a una lógica solidaria, sino a una necesidad de supervivencia. El Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) señala que las prolongadas restricciones y la falta de movilidad erosionan la economía doméstica y alteran las relaciones sociales, lo que hace que se recurra a este tipo de mecanismos de emergencia.
La reapertura parcial del paso ha añadido, además, un elemento de comparación constante. Las pocas personas que han logrado salir se convierten, involuntariamente, en referentes para los que se quedan. En los mercados, en las colas, en las viviendas, la pregunta recurrente no es cuándo se abrirá del todo, sino por qué para unos sí y otros no. Fuentes humanitarias alertan de que esta selección, percibida como arbitraria, está generando tensiones adicionales en una sociedad ya exhausta.
Incluso la ayuda humanitaria produce efectos contradictorios. Su llegada irregular altera los precios y expectativas. Cuando se anuncia una distribución, algunos productos desaparecen del mercado privado. Cuando se retrasa, los precios suben. Según OCHA y UNRWA, el funcionamiento actual del paso sigue actuando más como un factor de inestabilidad estructural que como una vía de alivio sostenible.
Cuando cae la tarde, el ritmo se ralentiza y los espacios se vacían antes de tiempo. No porque se haya vendido todo, sino porque nadie quiere quedarse más tiempo del necesario. La incertidumbre marca los horarios y limita los movimientos.
En este contexto, la economía ya no se piensa en términos de recuperación, sino de resistencia. Se mide en fines cuando se puede estirar un kilo de arroz, o cuántos días más se puede aplazar una decisión. En cómo sobrevivir cuánto incluso la esperanza se administra con cuentagotas.