Putin y Trump ante las urnas
Vladímir Putin y Donald Trump tienen ante sí un otoño en el que deberán transitar entre urnas. Elecciones parlamentarias en Rusia, y en Estados Unidos, que no deciden quién continuará mandando en el Kremlin y la Casa Blanca, pero sí que pueden condicionar el futuro inmediato en cuestiones capitales como la guerra de Ucrania o la de Oriente Medio. Entre las elecciones de la Duma rusa, el 20 de septiembre, y las del Congreso norteamericano, el 3 de noviembre, pasarán seis semanas, un período bastante corto para detectar en qué intereses Putin y Trump coinciden, y dónde friccionan y chirrían.
Son dos autócrates encabezando dos potencias. Con diferencias notables de tiempo en el poder. Los dos mandatos de Trump suman seis años y Putin acumula veintiséis. Con todo, no hay que perder de vista que si Trump no esconde su buena relación con Putin es porque comparte con él maneras de entender la vida, el mundo y el poder: maneras de calcular y de funcionar. De engañar y de imponerse.
Quien analiza y define mejor las coincidencias entre los dos autócrates es la pensadora Anne Applebaum cuando asegura que Trump y Putin forman parte de una red global de intereses interconectados, donde los líderes aspirantes a dictadores, a pesar de las rivalidades, se dan apoyo mutuo para debilitar los valores democráticos y consolidar un sistema de poder sin controles. Se trata de capturar el aparato del estado y de quitarse de en medio la democracia, vaciándola, haciéndola iliberal, y atacando instituciones como la ONU o el Tribunal Penal Internacional. Esto no supone compartir ideología: basta con la complicidad para repartirse redes de negocio y cubrirse mutuamente.
Equidistancias
Es el caso de Ucrania. Hasta ahora, ambos autócratas han escenificado equidistancias, pero Trump acaba favoreciendo a Putin. Resulta que Ucrania depende del sistema Patriot de antimisiles de fabricación norteamericana, y que la guerra de Irán ha obligado a los EE. UU. a incorporarlos al arsenal del Golfo, haciendo así posibles los terribles bombardeos rusos sobre Kiev. Todo ello mientras en Washington nadie osa decir que no se han hecho bien los cálculos, que los almacenes del Pentágono se están vaciando, y que ahora hay que llenarlos a toda prisa.
Y, ¿cómo se presenta el panorama de urnas? Para el Congreso de los EE. UU., la izquierda del Partido Demócrata enseña cartas ocultas, la más efectista Abdul El-Sayed, de origen egipcio, ganador de las primarias como senador por Michigan. A Trump, El-Sayed le inquieta aún más que el musulmán Mamdani haciendo de alcalde de Nueva York. Las estimaciones dicen que de cara al 3 de noviembre Trump solo puede contar con el apoyo del 30% de los norteamericanos. Resultados, pues, imprevisibles y que hacen plantear una pregunta: ¿podría Trump en otoño de 2026 representar una escena similar a la de enero de 2021, cuando no aceptó la derrota?
En las urnas rusas, el cálculo putinista parece que se impone. Rusia Unida, el partido del Kremlin, podría alcanzar el 30% el 20 de septiembre, y con el apoyo de los comunistas y de la extrema derecha nacionalista conseguiría una holgada mayoría absoluta. La exclusión del histórico partido liberal Yábloko, contrario a la guerra, y la condena a once años de prisión de Lev Shlosberg, uno de sus líderes, reduce –una vez más– las elecciones rusas a un festival de marketing político sin ningún contenido democrático. Parece que Putin está esperando los espectaculares porcentajes electorales que él mismo promueve para anunciar un reclutamiento general obligatorio que sacudiría la sociedad. Una maniobra temeraria.