Rusia excluye una vez más a los liberales

En las elecciones parlamentarias de este domingo en Rusia no habrá candidaturas del partido liberal Yábloko, excluido por una inesperada sentencia del Tribunal Supremo en pleno mes de agosto. La historia se repite: Yábloko ha sido borrado de la escena política rusa como también fue borrado el partido de los Kadetes, los liberales históricos, que en 1917 intentaron cerrar el paso al golpe de estado bolchevique.

Parece que lo que más ha inquietado al Kremlin son las estimaciones que atribuían a Yábloko alrededor del 10% de los votos. Un salto cualitativo teniendo en cuenta que en las últimas elecciones apenas superaron el 1%. La mayoría de los potenciales nuevos votantes serían jóvenes que van contra la guerra, la consigna más popular de los liberales. La exclusión ha provocado a lo largo del verano protestas ante el Tribunal Supremo con gritos de “¡Por la paz y la libertad! ¡Por una vida sin miedo!”, como ha narrado el corresponsal del ARA, Albert Sort. Estos jóvenes protestando a las puertas del Supremo estarán más dispuestos que nunca a sumarse a los llamamientos antiputinistas avalados por toda disidencia. Sobre todo si Putin, una vez conseguidos los resultados electorales esperados la semana entrante, decreta el reclutamiento general obligatorio. La exclusión de Yábloko ha ido acompañada del acoso a la militancia, y de la condena a once años de prisión de Lev Shlosberg, uno de los líderes destacados.

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De momento, los agentes de Putin no han molestado a Grigori Yavlinski, el fundador y alma de Yábloko, aunque lo mantienen en el punto de mira. Con sus 74 años, Yavlinski y sus ideas liberales y europeístas representan una amenaza. Sobre todo porque, mirando atrás, mientras la Unión Soviética caía a pedazos entre 1990 y 1991, Grigori Yavlinski luchaba tozudamente por convencer tanto a Mijaíl Gorbachov como a Borís Yeltsin de que, ante todo, era necesario limpiar la economía reduciendo el déficit, diseñando la privatización de empresas y liberalizando los precios, sí, pero con controles estrictos. Todo esto debía hacerse en “500 días”, el título del programa. O eso o la quiebra total del estado. Que es lo que pasó: la URSS se disuelve y Grigori Yavlinski se encuentra haciendo de viceprimer ministro de un estado inexistente. Su sustituto, Yegor Gaidar, ya como primer ministro de Rusia, pacta con el FMI y el Banco Mundial el desmantelamiento de la economía soviética con un proceso de subastas delictivas, al final de las cuales la clase soviética administradora había mutado en clase capitalista propietaria.

Rusia siempre ha mostrado una gran afición por defenestrar a sus liberales. De hecho, Yavlinski comenzó a ser considerado un elemento peligroso –me lo explicó personalmente– cuando con 26 años expone su tesis doctoral y el tribunal universitario marxista-leninista queda espantado ante aquel chico que osa defender ideas de libre mercado. Menos suerte tendría el líder liberal Borís Nemtsov –exministro de Yeltsin–, abatido a tiros frente al Kremlin en febrero de 2015. Nemtsov preparaba precisamente su participación en la Internacional Liberal.

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Los Kadetes, potentes durante la revolución constitucionalista de 1905, fueron eliminados al ser disuelta por la fuerza la Asamblea Constituyente de 1917 que solo duró un día de sesiones: Lenin no había soportado que su partido comunista bolchevique llegara apenas al 25% de los votos. El liberalismo se diluiría en Rusia durante casi siete décadas hasta que Grigori Yavlinski asomó la cabeza con sus 500 días, que apenas llegarían a ser 400. Cifras rellenas de vacío y amargura.