Un '30 minuts' impactante que podría ser una serie

Un instante de 'Poder y gloria'.
Periodista y crítica de televisión
2 min

El 30 minuts de este domingo, Poder i glòria, te dejaba clavado al sofá. La investigación sobre el auge de las Iglesias evangélicas en Cataluña podía parecer, inicialmente, una cuestión más bien tangencial a la realidad del país, especialmente en entornos poco religiosos. Quizás por este motivo comenzaban con tres testimonios de catalanes que se han vinculado. Un carpintero de Bellcaire d'Empordà y un matrimonio de Girona servían de anzuelo para introducimos en una historia que, poco a poco, cogía una dimensión inesperada. El 30 minuts buscaba la perplejidad del espectador ante las escenas de furor religioso y éxtasis espiritual, en medio de cánticos y gritos del pastor. Se subrayaba la diferencia entre el talante catalán, más contenido, y el latinoamericano, más apasionado, con un uso poco cuidadoso del nosotros y elellos.Los ejemplos posteriores de Iglesias neopentecostales en Cataluña hacían esperar con más impaciencia algún giro que fuera más allá de aquel escaparate incomprensible. Los empujones sobreactuados en la cabeza de los fieles para hacerles caer de espaldas como si se desmayasen, las promesas para “secar el cáncer” y los clamores al cielo para pedir “un útero nuevo” a una mujer provocaban consternación. Tenía valor grabarlo sin cámaras ocultas y con el testimonio de los mismos pastores que lideran estos espectáculos. Por suerte, llegó el punto de inflexión: la manipulación de las personas y los intereses económicos. Con todo, era decepcionante la indulgencia y el miedo con que los expertos en temática religiosa valoraban aquel panorama. Después de estas imágenes de rituales de sanación con gritos, bramidos y ataques de histeria, Guillem Correa, secretario general del Consell Evangèlic de Catalunya –y director del programa Nacer de nuevo al 3Cat–, se quedaba mudo e inmóvil. No quería manifestarse sobre lo que acabábamos de ver. Oíamos cómo la periodista le preguntaba si aquello era una manipulación, pero ni siquiera parpadeaba y se mantenía en silencio. Quien calla, otorga. Es obvio que hablar de religión y de sus tentáculos, no siempre honestos, todavía genera miedo, sobre todo cuando la línea entre una Iglesia y una secta se hace más borrosa.

El encuentro multitudinario en un pabellón deportivo de Valencia para asistir a la reunión con el apóstol internacional Guillermo Maldonado era el detonante para entender cómo conecta todo ello con nuestra cotidianidad. Mònica Clua, politóloga especialista en trumpismo, era el desatascador necesario de la relevancia de todo ello: la religión como jarabe para difundir ideología ultraconservadora. El sesgo de género subyacente hasta entonces también se hacía más explícito. La locución del 30 minuts lanzaba una profecía: “Hoy las Iglesias evangélicas han cambiado la fisonomía de los barrios obreros y de las periferias de las grandes ciudades. En los próximos años su impacto puede transformar la sociedad desde la base”. El reportaje Poder i glòria más que para un 30 minuts daba para una serie documental, porque se intuyen todavía muchos más hilos por estirar.

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