Lunes, en la edición del vespertino Telediario de La 1, el corresponsal en Jerusalén, Marc Campdelacreu, explicaba cómo el conflicto bélico estaba afectando la manera de informar de los periodistas: “Israel y el Irán están vigilando desde el primer día lo que grabamos y lo que explicamos. Y no solo por el impacto sobre la opinión pública o sobre sus poblaciones, sino por no mostrar sus debilidades ante los rivales”. En una crónica posterior, explicaba cómo esta batalla por el relato afectaba a la prensa: reveló que el 28 de febrero los periodistas internacionales en la zona recibieron mensajes de móvil del departamento militar de censura de Israel, que detallaban los límites de lo que podían informar. Campdelacreu explicaba cómo aquellos condicionantes afectaban, por ejemplo, a lo que podía mostrar la cámara en ese mismo momento. A continuación concretó algunas de estas limitaciones, que tenían que ver con las afectaciones de los misiles, los edificios que se podían enseñar y la identificación de baterías antiaéreas. El corresponsal explicaba que, incluso, existe un departamento oficial que podía revisar sus imágenes, y señalaba las consecuencias de no respetar las normas: el ejército les podía retirar la acreditación para trabajar, cancelarles el visado e incluso expulsarles del país. Además, explicaba que en Irán tenían que trabajar siempre acompañados de un profesional, un fixer, autorizado por el régimen iraní. Y eso implicaba la pérdida de libertad a la hora de moverse, la imposibilidad de retransmitir en directo desde la calle y la exigencia de mostrar solo las manifestaciones afines al régimen.Este contexto periodístico es relevante para entender las condiciones de trabajo de los corresponsales y, sobre todo, para recordarnos que esta situación nos obliga, como espectadores, a hacer una lectura más atenta y entre líneas de las crónicas que nos llegan desde allí.La semana pasada, sin embargo, constatamos que a veces el control informativo puede ejercerse de otra manera. En el lamentable programa Horizonte, de Iker Jiménez, en Cuatro, conectaron con la corresponsal de Mediaset, Laura de Chiclana, que explicó cómo en algunos barrios de Haifa no toda la población disponía de sitio en los refugios, especialmente los ciudadanos árabes. No era la primera vez que un medio informaba de esta realidad, pero, aun así, pasó un hecho insólito. La copresentadora, Carmen Porter, desacreditó en directo a la corresponsal y la corrigió, diciendo que acababa de recibir una rectificación al móvil “de la comunidad judía” desmintiendo lo que había explicado la periodista y calificando su relato de rumor y desinformación. El programa incluso eliminó la crónica de Laura de Chiclana de la plataforma digital. Una cosa es querer garantizar la veracidad de la información o contrastarla, y otra es apelar sobre la marcha a fuentes anónimas y muy indefinidas para menospreciar la versión de una periodista que estaba trabajando sobre el terreno y que se basaba en testimonios.