En Piti Español, uno de los mejores guionistas que tenemos en el país, tiene una teoría que solía explicar en sus clases en la universidad. Decía que si al día siguiente de la emisión de un programa la gente comentaba tres buenos momentos, es que había sido un éxito. La tesis encaja con la gala del Polònia que TV3 emitió el jueves por la noche para conmemorar sus veinte años. Más allá de unas cifras de audiencia récord que confirman el vínculo afectivo entre el programa y los espectadores, la gala tuvo momentos magistrales. Por ejemplo, la conversación de Queco Novell con cuatro de sus alter ego políticos: Maragall, Illa, Puigdemont y Rajoy. La combinación entre realidad y ficción, actor y personajes, era una filigrana que conectaba con el juego simbólico de la teatralidad y la sátira. Representaba muy bien el juego de espejos entre la televisión y la política, y era una manera de reconocer el trabajo de Novell, convertido en el hombre de las mil caras.El vídeo de los malos momentos del Polònia acompañado de la delicada travesura de Els Amics de les Arts era magistral y hilarante. Nada mejor que reírse de los resbalones y defectos de uno mismo. Eludía la autocomplacencia constante, admitía la barrabasada como inevitable en el humor y nos recordaba la evolución de lo políticamente correcto. El blackface, el body-shaming, el travestismo ridiculizador de las mujeres, los estereotipos de raza y otras insensateces que la letra de la canción reforzaba fueron la mejor manera de hacer autocrítica. Una parodia en sí misma, utilizando el lenguaje del in memoriam para hacerse un harakiri divertidísimo. La caricaturización de la espectadora voluntaria en Pedro Sánchez demostró la dimensión que, en estos veinte años, el Polònia ha adquirido.Los enormes huevos peludos que el público se pasó por la platea son una alegoría inevitable del contexto político de las últimas dos décadas. El guion sacó partido al espectáculo coral, a la nostalgia, a la memoria colectiva, al universo simbólico del programa con croissants de chocolate, gangnam styles y Franco-Mercury pasando la aspiradora. El realizador fue rápido conectando el espectáculo con el entretenimiento del público en las butacas, captando incluso la lengua que el Artur Mas real dedicó al clon de Duran i Lleida. El guion se centró más en el hecho que en la palabra, sin aspavientos ni demagogias afectadas.Es difícil que una gala de espíritu teatral funcione televisivamente, pero se consiguió un híbrido muy equilibrado de los dos lenguajes que combinaba la épica de los musicales y la eficacia de los sketches. Un espectáculo total donde se bailaba, se cantaba, se proyectaba y se interactuaba con el público, y que movía una gran cantidad de profesionales que se desplazaban más allá del escenario. La dirección de Enric Cambray lo erige en un hábil domador de shows complejos. Y todo ello para representarse solo una vez. Que la inyección de talento, energía y estima que se demostró en esta gala sirva para alimentar el Polònia veinte años más.