Participantes de 'El camino de la verdad'.
Act. hace 25 min
Periodista y crítica de televisión
2 min

Telecinco ha estrenado un reality para sanar las relaciones familiares de los participantes de una manera bastante esperpéntica. En El camino de la verdad cinco parejas integradas por hijos y progenitores muy desavenidos deben recorrer el Camino de Santiago participando en actividades terapéuticas que se supone que ayudarán a mejorar el vínculo. Es muy posible que el planteamiento os recuerde uno de los sucesos más morbosos de los últimos meses. La presentadora es Luján Argüelles, curtida ya en este tipo de formatos. Disimula el cinismo con un entusiasmo teatral muy eficaz para la cadena. Tiene el tupé de utilizar las miserias de la gente para construir un espectáculo dramático y, encima, asegurar que les está arreglando la vida. Una coach hace de terapeuta y propone una serie de ejercicios de confrontación para que los concursantes se desahoguen y desbloqueen el dolor que llevan dentro. El resultado es un melodrama de reproches, ataques de angustia, lágrimas y gritos insoportable, donde el espectador se traga la acritud de los protagonistas. Un festival de abuelas muertas, hermanos atropellados, padres ausentes, madres irresponsables, hijos desconsolados y criaturas desatendidas. Hay unas historias terribles de abandonos, negligencias, narcisismos y desestructuración familiar. Lo que hace la televisión es convertir toda la basura emocional en una épica de la desgracia. Mientras hacen el recorrido del Camino de Santiago como alegoría de un proceso de transformación, la coach monta un ring de boxeo donde padres e hijos tendrán que vomitar todos los reproches mientras dan golpes a un sparring. También se anuncia la organización de un funeral en vida que ya se ve venir que será el show del obituario. Por el medio aparecen algunos famosos que han salido en la portada de las revistas del corazón por los graves conflictos con sus padres y que darán consejos sobre cómo gestionar las miserias familiares.

El resultado son personas lamentándose, lamiéndose las heridas y hablando todo el rato de ellas mismas, que es el sensacionalismo televisivo de toda la vida. Ahora, sin embargo, se gestiona desde la terapia, porque muchos programas utilizan la salud mental como nueva tapadera para la pornografía emocional. Al final del camino, los concursantes decidirán si perdonan o condenan a sus progenitores, y viceversa.

Estos realities de transformación ya hace años que duran. La televisión se presenta como un milagro que puede curar la vida de las personas, pero lo único que provoca es un espectáculo de excitación y catarsis de corta duración. Durante la grabación, los protagonistas creen que algo se arregla, hasta que después se dan cuenta de que continúan viviendo en la miseria de siempre.

El camino de la verdad es, paradójicamente, muy oportuno. Al lado de los fascículos coleccionables del culebrón Andic que día sí día también nos ofrecen los medios, el programa es un drama para aprendices. El método televisivo, sin embargo, sirve para ver los engaños psicológicos y las terapias de choque de poca monta que practican algunos charlatanes.

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