Tradiciones

La llama mallorquina: el alma ancestral de las hogueras de Sant Antoni

La capacidad de hacer pueblo explica que la tradición haya sabido viajar y hacerse un sitio en Cataluña

La llama de los Foguerons de Sant Antoni: el fuego como centro y el encuentro como valor esencial.
Joan Baixeras
20/03/2026
4 min

GeronaLa ciudad de Girona se reencuentra, cada invierno, con el latido arraigado del fuego. Los Foguerons de Sant Antoni aterrizan en la capital gerundense como un ritual que convoca memoria, encuentro y comunidad. Una festividad que tiene en Sant Antoni Abat –patrón de los animales, el campesinado y el mundo rural– un referente simbólico. Una presencia que va más allá de la estricta devoción y conjura la unión entre las personas y su tierra.

Desde Mallorca, atravesando el mar Mediterráneo hasta el Principado, la llama de las hogueras ha viajado para conservar y reivindicar un gesto sustancial. Reuniendo a la gente a su alrededor, recuerda que incluso el frío más áspero de enero puede convertirse en cálido cuando se viven momentos compartidos.

El santo, la tierra y los animales

San Antonio Abad, personalidad ascética y humilde, encarna una relación primigenia con la tierra y con los animales que la trabajan y la habitan. La tradición le describe como un hombre que, tras renunciar a los bienes materiales, vivió retirado con una profunda devoción por los seres vivos. Se dice que san animales heridos y que los protegía como iguales.

No es casual, pues, que el pueblo le atribuyera el patronaje del mundo animal. Tampoco su fiesta se haya conservado como un espacio entre la devoción cristiana y rituales antiguos vinculados al ciclo solar, a la fertilidad de los cultivos ya la vida del hogar en pleno invierno. San Antonio se convierte, así, en un puente entre dos mundos, a menudo enfrentados: el sagrado y el terrenal, la fe y la necesidad de celebrar que la vida persiste.

La calidez del fuego

En Mallorca, y con una intensidad particular en sa Pobla, esta fusión toma cuerpo en las hogueras, verdadera alma de la fiesta. Las primeras referencias documentadas, que se remontan al siglo XIV –concretamente al año 1365–, dan fe de una celebración que ha atravesado los siglos sin desligarse de su sentido comunitario.

En la víspera de San Antonio, las calles se llenan de hogueras que queman lentas, acogedoras. A su alrededor, vecinas y vecinos hacen sonar las zambombas y entonan glosas hasta bien entrada la noche, rodeados de un aroma de brasa que evoca las veladas en familia, aquellas en las que el tiempo parece detenerse. Es un gesto colectivo y casi insumiso, que desafía al frío y convierte la oscuridad invernal en un espacio de calidez y convivencia.

La presencia de los demonios, figuras irreverentes y llenas de color, acaba de dar forma al ritual. Su danza, más allá del impacto visual y del espectáculo, encarna el pulso antiguo y persistente entre la luz y la sombra, el orden y el caos. El fuego, en el centro de todo, actúa como fuerza purificadora y regeneradora: una energía capaz de renovar, año tras año, el pacto con la comunidad.

Celebración de las hogueras de Sant Antoni en la Rambla y Argenteria de Girona.

La palabra improvisada y el baile que reúne a la comunidad

En torno al fuego, la fiesta se hace voz y movimiento. El canto y la danza, por Sant Antoni, toman forma de glosa y de baile de bote. Dos elementos auténticos, dos lenguajes vivos que convergen para conectar a generaciones y los territorios de habla catalana.

La glosa, con tonadas que cada glosador hace suyas, es el arte de la improvisación y del combate dialéctico. Históricamente vinculado a las fiestas cívicas y religiosas, al teatro y sobre todo a la taberna –su entorno natural–, el glosado consistía en el enfrentamiento verbal de dos o más cantadores que defendían posiciones opuestas. Con ingenio, ironía y una ferocidad verbal, la glosa fue germinando en el pueblo. En el siglo XIX, se convertiría en un canto admirado por los intelectuales isleños.

El baile de bote –que se ramifica en un conjunto de danzas tradicionales mallorquinas como la jota, el bolero, el fandango o la misma–, por su parte, irrumpe en la plaza con un ritmo ternario que invita a participar sin jerarquías.

Flexibles en forma e incisivas en contenido, las glosas convierten la palabra en juego, crítica y celebración. A su lado, el baile recuerda que la cultura popular se baila, se vive y se construye, paso a paso, al ritmo del compás.

Cuando la tradición atraviesa el mar

Esta capacidad de hacer pueblo explica que la fiesta haya sabido viajar. En Barcelona, ​​los Foguerons de Sa Pobla en Gràcia, celebrados desde 1992, nacieron del deseo de vecinos mallorquines de mantener viva la memoria de su tierra. Con los años, no sólo lo han conseguido, sino que la celebración se ha arraigado en el barrio hasta convertirse en una cita imprescindible de su calendario festivo, fiel al espíritu original y abierta a nuevas complicidades.

Este año, la llama vuelve a desembarcar, con fuerza, en Gerona. Desde El Foment, impulsamos una propuesta que quiere potenciar el sentido profundo de las hogueras: el fuego como centro y el encuentro como valor esencial. Porque más allá de la celebración, Sant Antoni y las hogueras de Mallorca nos recuerdan que la chispa de la fiesta perdura, siempre que haya gente dispuesta a reunirse en la plaza, incluso en el corazón del frío invierno.

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