¿Se puede innovar sin inversores y crecer sin perder el control? ¿Es posible crear una start-up sin depender del capital riesgo? La respuesta parece evidente: no. Pero, ¿qué pasa cuando el ecosistema tecnológico se rebela y aspira a revertir el orden económico?
En una economía marcada por la inmediatez, las rondes de financiación y la presión por escalar rápidamente, parece difícil imaginar proyectos digitales que avancen al margen de los grandes fondos de inversión y de la norma casi incuestionable del crecimiento acelerado. ¿Hay, sin embargo, quien se arriesga?
Entre la competencia feroz de un ecosistema donde cientos de empresas aspiran a convertirse en el próximo unicorn emergen también otros modelos alternativos como el cooperativismo de plataforma. El concepto, surgido tras la crisis financiera de 2008, defiende las plataformas cooperativas frente a la llamada “economía colaborativa”, representada por empresas como Uber o Airbnb. La sostenibilidad, el arraigo al territorio, la gobernanza compartida y, sobre todo, la ética tienen más peso que el crecimiento acelerado y la rentabilidad inmediata ante la deriva de internet en manos, cada vez más, de unos pocos actores globales.
Del poder económico al ético
“Aquí hay dos aspectos: por un lado, la tecnología como una infraestructura de poder, y, por otro, el origen de las primeras herramientas tecnológicas con las cuales nos decían que ganaríamos en eficiencia y en conectividad, además de democratizar el acceso al conocimiento y a la participación ciudadana, pero que con el paso del tiempo se han convertido en infraestructuras alrededor de las cuales nos organizamos y de las cuales depende nuestra vida social y económica”. Este panorama descrito por Albert Muntanyola, técnico de proyectos de la Confederación de Cooperativas de Catalunya (CoopCat), pone de manifiesto el modelo centralizado y extractivo de unas plataformas a priori colaborativas, pero que en la práctica ejemplifican la concentración del poder económico.
“No solo se trata de un problema económico sino también político, porque muchas de estas empresas controlan los flujos de información, los algoritmos y determinan qué debemos ver, buscar o comprar”, subraya Muntanyola. El oligopolio que forman Google (Alphabet), Apple, Facebook (Meta), Amazon y Microsoft –GAFAM, en su acrónimo– es, según este experto, la máxima expresión de esta concentración de poder, capaz de influir no solo en los mercados, sino también en los hábitos, las decisiones y el acceso a la información de millones de personas en todo el mundo.
Las GAFAM: el mundo a sus pies
Google, Amazon, Facebook/Meta, Apple y Microsoft
Las GAFAM (Google, Amazon, Facebook/Meta, Apple y Microsoft) representan el mayor oligopolio corporativo del mundo. Su poder no tiene precedentes y controlan la economía global, dictan las reglas del mercado digital y monopolizan los datos y la inteligencia artificial. Las cinco empresas superan los 17 billones de dólares y su control sobre la infraestructura digital diaria es casi absoluto. Google posee más del 90% de la cuota del mercado global. Android (Google) y iOS (Apple) controlan prácticamente el 100% del mercado mundial de smartphones. Meta y Google acaparan más del 50% de toda la inversión en publicidad online y Amazon procesa casi el 40% de las ventas online en Estados Unidos y domina la cuota de mercado en gran parte de Europa. Además, Amazon, Microsoft y Google controlan los servicios de almacenamiento en la nube y su dominio se sigue expandiendo gracias a la IA generativa.El monopolio de datos que han tejido los convierte, además, en los 'gatekeepers' de empresas más pequeñas, marcando las pautas regulatorias en la Unión Europea, a pesar de los esfuerzos legislativos y las multas sancionadoras. Son los principales inversores mundiales y esto hace que su hardware se implante y integre de manera sistemática en el tejido tecnológico mundial.
En Barcelona, empresas como Glovo o Typeform han consolidado este modelo, especialmente en entornos como el 22@ Barcelona, convertido en epicentro de la innovación del sur de Europa. Empresas como Peck —la antigua TravelPerk—, instalada en un imponente edificio de oficinas de seis plantas en el distrito tecnológico de la ciudad, simbolizan el éxito de este modelo basado en la innovación, la escalabilidad y la captación de inversión, pero también en la concentración de poder y del control de los datos, los algoritmos y los beneficios, mientras que los trabajadores o usuarios tienen poco o ningún poder de decisión, sometidos a menudo a trabajos precarizados.
Peck, cofundada por Avi Meir hace 10 años en Barcelona, es considerada como el unicornio más valioso en Cataluña. En su última ronda de financiación fue valorada en 2.500 millones de euros y desde entonces no ha dejado de crecer, a pesar de que ahora tiene su sede central en Boston y en Londres. Otras historias de éxito como la de Glovo, en el sector del reparto a domicilio, han estado en el foco por sus problemas con la justicia por contratar falsos autónomos –ahora regularizados– o por la sanción recibida el año pasado de la Comisión Europea por competencia desleal e intercambio de información crítica, junto con Delivery Hero.
“Las tecnológicas buscan siempre un rédito económico. A menudo los inversores son extranjeros, así que en este tipo de empresas acabamos teniendo solo gente sentada delante del ordenador. Las ganancias son para los de fuera y nosotros solo estamos haciendo de inquilinos de oficinas y asientos que ocupan trabajadores sin voz ni voto, muchos de los cuales son también extranjeros”, alerta Lorena Torró, directora de la CoopCat, desde donde se impulsan acciones para incentivar la creación de cooperativas en el sector capaces de innovar, crecer y generar impacto siguiendo reglas diferentes.
Más allá de las compañías de capital riesgo, las cooperativas de base tecnológica nacen sin el ánimo de lucro de las primeras porque, “primero, no deben responder ante un inversor y, después, porque ni las necesidades económicas ni las éticas son las mismas: no especulan con los datos ni con los algoritmos y el poder recae en sus trabajadores —subraya Torró—. Por eso, desde la Confederación cuidamos muchísimo a los que quieren crear desde esta base”.
La incubadora de la CoopCat
Las tecnologías de código abierto, como el sistema operativo Linux, creado en la década de los 90, siguen abriéndose camino y las cooperativas tecnológicas lideran este cambio. Basadas en la gobernanza comunitaria y en estructuras muy potentes con reglas claras, necesidades, resoluciones de conflictos, sanciones y guías para que se cumplan, se basan sobre todo en la transparencia. “Son estructuras federativas no centralizadas que tienen miles de colaboradores, incluso en otros países. Esto ocurre con Wikipedia o, en nuestro caso, con la plataforma de participación ciudadana del Ayuntamiento de Barcelona, Decidim.barcelona. En todos los casos, tú puedes ajustar su software a tus necesidades porque es abierto”, explica Albert Muntanyola.
Desde la Confederación de Cooperativas de Catalunya se impulsa ahora el programa TechBloc4, junto con la consultora Tandem Social, para ayudar en esta transformación. “Somos una especie de centro de innovación que impulsamos tecnologías con un compromiso ambiental y social —señala Muntanyola—. Llevamos dos años de actividad y hemos conseguido resultados interesantes. Lo que promovemos son tecnologías al servicio de la comunidad y de las personas con una vertiente ética contra las desigualdades, fuera de la lógica del mercado y que no son utilitaristas”, añade. TechBloc4 actúa como incubadora de proyectos y plataforma de conexión, ofreciendo formación sobre tecnologías disruptivas, programas de aceleración, mentoría y espacios de intercooperación entre organizaciones, empresas y administración pública.
Precisamente, la cooperación entre cooperativas permite superar muchas de las limitaciones de un modelo que plantea un cambio de paradigma y una manera diferente de escalar: no de forma vertical, sino en red. El objetivo no es crecer rápidamente ni concentrar poder, sino construir una economía digital en la que la propiedad, la gobernanza y los beneficios se distribuyan de manera más equitativa y fuera del control de las grandes tecnológicas.