Tendemos a pensar que Europa es como es desde hace mucho tiempo. Pero no. La Europa que conocemos, con sus países y sus idiomas, nace vertiginosamente entre 1870 y 1871. Y ese “big bang” continental estalla por culpa de un catalán, el general Juan Prim.
Lo de Prim fue el inicio de una cadena de accidentes y casualidades de consecuencias imprevisibles. Una de ellas, en último término, fue la supervivencia de la lengua catalana en Catalunya mientras se extinguían decenas de idiomas europeos.
La Francia del Segundo Imperio (Napoleón III) y la Prusia de Guillermo I y su canciller Otto von Bismarck mantenían una relación cada vez más tensa. El “equilibrio de poderes” establecido en el Congreso de Viena (1815), tras la derrota de Napoleón, ya no funcionaba. Pero se mantenía la paz hasta que Juan Prim, presidente del Consejo de Ministros español, propuso que se restaurara la monarquía trayendo como rey a Leopoldo Hohenzollern.
Que España tuviera un rey alemán le pareció intolerable a Napoleón III, el pintoresco sobrino de Napoleón I, porque rompía definitivamente el equilibrio continental. Y decidió, astutamente azuzado por su enemigo Bismarck (con la estratagema del telegrama de Ems, demasiado larga para contarla aquí), declarar la guerra a Prusia.
Para enfrentarse a Prusia, Napoleón retiró sus tropas de Italia. Los Estados Pontificios quedaron sin la protección francesa. Eso permitió al rey Víctor Manuel de Savoya tomar Roma y la región del Lazio y completar la unificación italiana. Fue la primera consecuencia de aquella guerra.
Prusia derrotó espectacularmente a Francia. La victoria reforzó el prestigio de Guillermo I y su canciller Bismarck y estimuló a las demás monarquías alemanas a integrarse en la órbita prusiana. El 18 de enero de 1871, en territorio ocupado y en un lugar tan simbólico como la Galería de los Espejos del palacio de Versalles, los príncipes alemanes (Baviera, Wurtemberg, Hesse, etcétera) rindieron su soberanía y proclamaron a Guillermo I como emperador de Alemania. Fue la segunda consecuencia de aquella guerra.
La derrota acabó con el II Imperio francés e hizo nacer la Tercera República, surgida del desastre, de la represión brutal contra la Comuna revolucionaria de París y, paradójicamente, del auge del sentimiento monárquico. Los republicanos eran minoría, pero los monárquicos estaban divididos entre borbónicos y orleanistas. El resultado fue una república sin bandera (la blanca de los reyes y la tricolor revolucionaria se alternaban según el momento político), sin himno (“La Marsellesa” no fue restituida hasta 1878) y sin objetivos definidos.
No había objetivos, pero sí lecciones aprendidas. Para los franceses resultó evidente que los vencedores de la guerra fueron en realidad “los maestros alemanes”, que habían formado varias generaciones de ciudadanos instruidos y capaces de entenderse (más o menos) en un mismo idioma. Eso fue vital para la logística de las tropas prusianas.
¿Conclusión? La Tercera República decidió “construir” Francia a partir de la educación pública y laica. Una de las muchas variantes de la “langue d´oeil”, la que se hablaba en París y alrededores, fue elegida entre todas las demás (borgoñón, normando, poitevin, valón, etcétera) y sobre las otras (ligurio, catalán, gascón, limusín, etcétera). La extensión nacional de lo que hoy conocemos como “francés” fue la tercera consecuencia de aquella guerra.
En el mismo sentido, el gobierno de la Italia unificada eligió el dialecto toscano, el utilizado por Dante Aliguieri en la Divina Comedia, como idioma nacional. No fue fácil: sólo se hablaba en el 2% de los hogares, los más instruidos. Aún hoy, según la Accademia della Crusca (no muy distinta a la Real Academia Española), menos del 60% de los italianos utilizan el italiano en el ámbito familiar. El porcentaje sube año tras año.
¿Qué pasó en España? Tras el intento fallido de importar un rey alemán “moderno” y tras el breve experimento con Amadeo de Saboya (1871-1873) y la igualmente breve Primera República (1873-1874), España se apartó de las corrientes dominantes en Europa y volvió a los Borbones. Y, con ellos, a la primacía clerical en la educación.
De ahí salió un país atrasado y descompuesto. El caso es que los religiosos enseñaban en “lengua vernácula” y, por tanto, en catalán en Catalunya. El idioma sobrevivió. Ni siquiera los furiosos intentos del régimen franquista por exterminarlo, décadas más tarde, tuvieron éxito: estaba demasiado arraigado en los hogares.
Retorciendo un poco las cosas, la supervivencia (precaria pero indudable) del catalán fue la cuarta consecuencia de aquella guerra franco-prusiana.