El artículo publicado en el ARA el pasado viernes sobre la circular de un decano de la UPF quejándose de la inasistencia de los estudiantes a la universidad consiguió una impactante cantidad de comentarios, que, en conjunto, probablemente ya dicen el grueso de lo que a continuación expondré. No puedo evitar reaccionar porque toda una vida laboral en la universidad me obliga, aún más conociendo y apreciando la Facultad del decano que se quejaba, y atendiendo la cantidad de veces que hablamos entre los profesores.
Como bastantes comentarios ya subrayan, poco se puede esperar de un sistema educativo que ha apostado sistemáticamente por rebajar niveles, facilitar más aprobados, abrir vías más fáciles para alcanzar las titulaciones más deseadas, etc. Todo, salvo empoderar al profesorado que hace su trabajo. Este es un contexto que se debe tener presente. Para rematar el clavo tenemos la catastrófica ley de convivencia universitaria, que ha desempoderado legalmente al profesorado en sus ámbitos más básicos: aprobar y suspender. La indefensión es particularmente radical en lo que respecta a la copia en los exámenes. Hemos devenido (hay que reconocer que ya lo éramos) el extremo más tolerante de Europa en lo que respecta a la erradicación de medidas punitivas a quien copia en los exámenes.
Dicho esto, seamos también autocríticos. La primera autocrítica es que la misma LOSU ha eliminado el estudio como objeto central de la Universidad. Debió parecer un concepto anticuado, cuando es absolutamente central. Si la Universidad ha de dar títulos y no se consagra el estudio como el fundamento del aprendizaje, se da carta blanca a conseguir los títulos de cualquier manera sin el freno necesario de suspender a quien no alcanza los contenidos y las destrezas que se enseñan. Muy probablemente todos –o casi todos– nos hemos acabado adaptando a esta reducción de exigencia y ambición y somos corresponsables de la pérdida de nivel comparado con tantos otros sistemas universitarios y educativos donde se aprende más y se forma mejor, siempre con más esfuerzo –o sea, estudio–. No hay alternativa al estudio.
La segunda autocrítica es que buena parte del profesorado se resiste al cambio, como pasa en cualquier otra profesión. Esto explica el éxito de las convocatorias de jubilación anticipada que se han producido de vez en cuando. Cambian las generaciones, cambian los métodos y cambian los soportes de transmisión del conocimiento, y no todo el mundo se adapta. La competencia obliga a ponerse las pilas y actualizarse, pero a menudo la única protección que les queda a los docentes ante la falta de protección legal es la protección laboral, en este caso jubilaciones anticipadas en las mejores condiciones posibles.
La tercera autocrítica es que el último gran cambio tecnológico –la inteligencia artificial (IA)– ha desconcertado completamente a muchos docentes. Realmente nos hace obsoletos si queremos seguir haciendo lo que hacíamos. En cambio, ofrece maravillosas oportunidades de mejorar la docencia y el aprendizaje. A menudo el profesorado solo ve que la copia se ha vuelto más fácil cuando debería ver que el nivel de profundización que se puede alcanzar es superior, y que se puede contrastar el texto que sale de la IA con su defensa argumentada, facilitando la decisión de dar la materia por aprendida o no. Ciertamente, transformar la IA de herramienta para copiar o de herramienta para hacer trabajos sin esfuerzo en una herramienta para hacer mejores trabajos, mejores presentaciones, mejores razonamientos –esencial, el aprender a razonar–, mejores soluciones de casos y, sobre todo, un mejor estudio, es exigente para profesorado y alumnado. Habrá que –es necesario– redefinir el cómputo del tiempo de estudio, del tiempo de docencia y del tiempo de evaluación. Los famosos ECTS (European Credit Transfer System), de 25 horas de esfuerzo por cada ECTS, deben ser rediseñados en sus contenidos para ajustarlos a los nuevos esfuerzos que hay que hacer para alcanzar el mismo aprendizaje.
¡Y oportunidades! También hay oportunidades, pero sin esfuerzo no existirán. La IA ofrece unas enormes oportunidades, pero como ya se va viendo y evaluando, el peligro más grande es de destrucción de puestos de trabajo cualificados. Hay que explotar más y mejor las posibilidades de la IA para permanecer en el segmento de los que sobrevivirán y prosperarán.
La asistencia a las aulas es fruto de un cálculo de coste/beneficio donde cada parte debe saber sacar el mejor partido de sus derechos y deberes. No hay ninguna duda de que, en igualdad de circunstancias, tiene éxito todo profesor/a que sepa captar la atención de los estudiantes. Esto aún es así incluso usando tecnologías docentes anticuadas: expresión verbal y diálogo socrático. Puede serlo aún más con la IA. Un/a docente capaz de ser más atractivo, estimulante y provocador en su discurso y en su interacción con los estudiantes que los contenidos de una red social tendrá éxito. Mucho éxito. La contrapartida es que quien no consiga captar la atención de los estudiantes debe reflexionar sobre cómo plantear su docencia.