¿Te acuerdas?
Una de las sorpresas más agradables que puedes tener cuando te haces mayor es que la vida te regale todavía la capacidad de hacer nuevos amigos. Las amistades que nacen en la edad madura son –diría– menos tiernas, menos sentimentales, más serenamente escogidas y, quizás por eso, más libres.
A los nuevos amigos que, como nosotros, ya encaran el tercer tramo de la vida no nos unen los recuerdos en común ni nos ata el peso de tantos años de relación: se trata de amistad que elegimos y renovamos cada día.
Del mismo modo, una de las sorpresas más profundamente dolorosas que puedes experimentar al superar los sesenta es perder una amistad que dabas por descontada, teniendo en cuenta que te acompañaba desde "toda la vida". Tiento a creer, con esa ingenuidad que los años no me han hecho perder, que cuando un cariño ha pervivido a lo largo del tiempo es que su base es tan sólida que haría falta un auténtico terremoto para hacerla tambalear.
Pero las placas tectónicas, ya se sabe, mantienen siempre una cierta actividad, hay tensiones y movilidades, y, a veces, acaba llegando el seísmo.
Perder a un viejo amigo debería ser muy doloroso. Y en realidad lo es –el sentimiento de fracaso y de pérdida es inevitable– pero quizás no tanto como en otras etapas de la vida. Precisamente porque, como decíamos, somos conscientes de que han sido necesarios años de erosión para acabar dañando lo que parecía inquebrantable. Las rocas más descomunales y las montañas más graníticas terminan acusando el desgaste de dos elementos aparentemente menos fuertes: el agua y el viento.
Cuando te das cuenta un día que con un amigo de toda la vida se ha creado una distancia insalvable, también te das cuenta –prácticamente a la vez– de que en realidad la corrosión llevaba mucho tiempo haciendo su trabajo en forma de malentendido o de decepción o de engaño.
Y es entonces cuando los años que tienes –muchos– te sirven. Porque ya has asimilado esa frase de Mercè Rodoreda: "He cultivado el olvido de todo lo que me ha parecido nocivo para mi alma y he cultivado la admiración por las cosas que me hacen un bien".
Reflexionando, he recordado estos días algunas de las grandes novelas que he leído sobre la amistad. Desde la saga Dos amigas de Ferrante hasta Las inseparables, la novela que a Simone de Beauvoir le hacía pesar publicar porque la consideraba demasiado íntima –sobre su amistad con Zaza Lacoin– y que finalmente su hija decidió ofrecernos. Desde los pequeños Tom Sawyer y Huckleberry hasta los viejos amigos de El último encuentro de Sándor Márai.
Y entonces recuerdo Nubosidad variable, de Carmen Martín Gaite, y la historia de la amistad entre Sofía y Mariana y esa frase que anoté en alguna libreta en ese ejercicio inútil que he ido haciendo toda mi vida: guardar frases de los libros que me han gustado. (Inútil porque –aunque no tengo la memoria demasiado en forma– suelo recordar las frases que me han impactado sin necesidad de consultar las anotaciones.) Decía la protagonista de Nubosidad variable: "No nos damos cuenta de lo maravilloso que es poderle preguntar a alguien: ¿Te acuerdas?, y notar que sí, que se acuerda".
De repente me doy cuenta de que todo lo que he dicho hasta ahora no vale y que perder un amigo de toda la vida todavía duele.