La elección de las palabras es importante, como lo es la no elección. Con los niveles de lenguaje, la oralidad, la falsa retórica, la impostura, el cuidado, las palabrotas, los barbarismos, el argot, construimos una manera de entender el mundo. En el viaje a Sicilia que hicimos con lectores del ARA e Il Viagetto, una siciliana nos explicaba que ella y su hija se entendían con un lenguaje de signos y expresiones faciales que, en cambio, su hijo, que vivía en Inglaterra, no comprendía. La señal de cortar el cuello, fruncir las cejas y juntar los dedos –“Como una magnòlia”, que diría Víctor Català–, tocarse el corazón, tocarse la nariz... Imitamos la forma cotidiana de hablar de las madres, las abuelas y los políticos.
La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, ha respondido a la pregunta de un periodista sobre el ático lujoso que le compró el gobierno autonómico y que “no se podía usar de oficina”. Ha dicho: "Está en venta; chao, pescao". Estamos hablando de dinero de los contribuyentes. No es adecuado el modismo. “Chao pescao”? Quizás es muy cheli usar la expresión en otros momentos, pero en este es de un infantilismo superlativo. ¡Que te has comprado un ático de lujo, cariño! Y cuando has visto que la gente, que no es idiota del todo, no se lo tomaba bien, has dado marcha atrás y lo has puesto a la venta. No hay que hablar ahora de si las ganancias irán a pagar residencias de ancianos madrileños o pijamas de cemento para la inmigración que corre por Ceuta. Los gobiernos no deben hacer obras con los áticos de lujo que se compran como quien se compra un coche. “Chao pescao” es una expresión que la debilita profundamente. Y me diréis, lectores, que el “Me gusta la fruta” ya fue de un mal gusto espantoso. Lo fue. La diferencia es que entonces estaba en ascenso y ahora en descenso. En descenso, “chao, pescao” la condena justamente a eso.