En mi anterior artículo quedaron ideas en el cajón porque no había suficiente espacio para abordarlas. Mi voluntad era proponer soluciones practicables porque tener planes es esencial para avanzar. Continuamos.El incremento del coste anual de la sanidad pública es del 5-6%, cuando el gasto global de la Generalitat crece un 3%. La población envejece y requiere más atención. Los sanitarios han aumentado su nivel profesional. Las nuevas tecnologías derivadas de las ciencias bio –más específicas– son más eficaces, pero también más caras. La eficiencia del sistema de salud catalán se debe, en parte, a los bajos salarios del personal médico, que, sin embargo, tratan a los enfermos con una profesionalidad y atención que no se encuentra en ningún otro estado miembro de la Unión Europea.La sanidad pública universal es un activo que genera bienestar y cohesión social, y que conserva la esencia del servicio que sus creadores querían y consiguieron. El primer sistema de salud universal fue creado en Prusia en 1880 por Bismarck, un conservador visionario que temía la descomposición del Reich por el socialismo y las masas proletarias, en aquel momento fuertes y organizadas debido a la revolución industrial. Para evitarlo, Bismarck adoptó, para la salud, los principios socialistas. El sistema estaba basado en una financiación de cuotas pagadas por empresarios y trabajadores como parte de los jornales.En 1941, Churchill pidió a William Beveridge que planificara un sistema universal de salud para después de la guerra, que se financiaría vía impuestos. Cuando los laboristas ganaron las elecciones en 1945, el primer ministro Clement Attlee implementó el sistema que Churchill había imaginado. Fue un éxito, pionero en Europa. El sistema español está basado en esta estructura.La sanidad catalana fue un invento de Convergencia. El partido pretendía fortalecer y consolidar una sociedad que había salido de la dictadura con “arañazos”, pero también con la voluntad de crear una sociedad para el nuevo entorno político donde era “catalán quien vive y trabaja en Cataluña”. La salud pasó a ser una competencia autonómica. Trias lo planificó, la izquierda de Ribó le dio apoyo y la obra de gobierno se completó... Hoy tenemos el resultado.El tiempo pasa, y el activo precioso que tenemos hoy —pocós podrán argumentar que el sistema de salud catalán no es excelente— requiere fondos crecientes para mantener el nivel de calidad actual. Necesita también una reforma del sistema para hacerlo más eficiente y reducir el gasto sin afectar los servicios. El problema de nuestro sistema de salud es su coste, y las reformas han de estar orientadas a contenerlo. El sistema tiene un atributo que lo hace único: la combinación de la profesionalidad del personal con un mix publicoprivado –de entidades privadas, como La Caixa, y públicas, como las universidades, hospitales y centros de investigación, que mantienen la calidad y la innovación como marcas de la casa–. Todo el mundo quiere ser tratado por el sistema público de salud, en caso de enfermedad grave.
El sistema requiere un aggiornamento –una puesta al día– después de decenas de años sin cambios. Deberíamos plantearnos algunas preguntas. El paradigma de una red de grandes hospitales a no más de 30 km de cualquier ciudadano en Cataluña, ¿es sostenible? ¿No es más eficiente ampliar los existentes que hacer nuevos? La robotización de la cirugía, ¿cómo se puede mantener de manera eficiente mientras llega a todos? ¿No se pueden optimizar los servicios de salud con las nuevas tecnologías, segmentando los tratamientos? Como he dicho, el coste es el problema principal de nuestro sistema de salud. Listemos reformas que se pueden llevar a cabo para contenerlo:—Reducir el coste de la atención primaria para poder mantener la secundaria. Es una cuestión a debatir: todo lo que no cubra la atención primaria pasará a la secundaria. Así pues, el camino es reducir el coste de la primaria seleccionando lo que es necesario de lo que no lo es. Reducir el coste del servicio sin afectar la calidad obliga a ser más preciso y determinado.—Disminuir el gasto farmacéutico entregando solo los medicamentos estrictamente necesarios para el tratamiento, reduciendo el desperdicio.—Establecer un copago para la atención primaria para reducir su abuso. Y lo mismo para los tratamientos no esenciales que no aumentan el riesgo de salud del paciente.—Vender a un precio elevado los servicios a terceros que vengan a tratarse, para generar un ingreso extra.—Concentrar el servicio en lo que es esencial para la salud, y no en lo que es cómodo para el paciente.Hay muchas más. ¿Por qué no se crea una comisión de expertos para definir las medidas que permitirían abaratar el servicio y, al mismo tiempo, incrementar los salarios de los profesionales? Primero, hay que definir posibles medidas y cuantificar el impacto; después, clasificarlas según este, e implementarlas de manera progresiva.Por ejemplo, hay que reducir el gasto farmacéutico. Un camino imprescindible es que las patentes tengan una duración inferior a la actual y puedan ser de uso universal después de 5 años de su publicación, y no de 20 años, como ahora. Se puede argumentar que, entonces, las farmacéuticas reducirán los gastos en investigación. Pero no lo harán: la investigación es precisamente la razón de su rentabilidad. La decisión de reducir la duración de las patentes no corresponde a Cataluña ni a España, sino a Europa. Será difícil, pero se ha de llevar al Parlamento Europeo y desafiar públicamente a quien quiera votar en contra.La sanidad es de una importancia radical para nuestro bienestar social y no llega al 8% del PIB. Todo lo que se haga para mantener el nivel de servicio y reducir el coste es importante. Hace falta una reforma, pero para pasar de las ideas a los planes hay que trabajar. Y escuchar a los expertos.