Los derechos humanos no existen en la naturaleza. No se encuentran escritos en ninguna roca fosilizada, ni en ningún gen. Son o bien una exigencia moral, o bien una convención (como el dinero, el bitcoin o las fronteras estatales): “ficciones” sólidamente compartidas, forjadas a base de mucho sufrimiento, pero que funcionan mientras suficiente gente crea en ellas. La Revolución Francesa sucedió en un momento de estallido politicosocial muy determinado, y la Declaración Universal de 1948 es hija del trauma de la Segunda Guerra Mundial. Y aún hoy, aunque no lo parezca, está lejos de ser universalmente reconocida.Esta fragilidad se hace evidente también en nuestra casa. El consenso liberal sobre la preeminencia del individuo ya no es indiscutido: cada vez más voces, de izquierda y de derecha, reclaman su relativización en nombre de algo "superior" (la nación, la comunidad, la seguridad, el progreso...). Esto no es nuevo. El fascismo ya subordinó los derechos del individuo a la pujanza del Estado y la nación, y el comunismo (la China actual es el ejemplo más claro, la URSS descansaba sobre un imaginario demasiado occidental para aguantar) relativiza los derechos individuales en nombre del "bien común" o los derechos de la clase obrera o de la clase única. Ideologías antagónicas en el origen, pero coincidentes en la “necesidad” de que los derechos individuales sean, como mínimo, relativizados.Una figura jurídica (o filosófica) como los derechos humanos no puede existir sin una base social suficiente. Dicho en plata, para tener derechos liberales hacen falta liberales. Como proyecto político viable (no como idea abstracta, sino como sistema que alguien defiende y hace cumplir con leyes y tribunales) necesitan una clase media, un determinado grueso de burguesía liberal. No hay principios que lo aguanten todo, por mucho que figuren en un texto sagrado o constitucional: alguien debe encarnarlos, alguien debe votarlos y defenderlos con constancia. Históricamente, este papel lo ha hecho la clase media urbana: gente con suficiente patrimonio y educación para querer reglas estables, propiedad protegida e instituciones jurídicas básicas que resistan las turbulencias (por otra parte, imprescindibles) de la historia.Sin partidos con base social real, los principios liberales quedan difuminados como gotas en la lluvia o como una promesa de los socialistas. El problema, ahora ya bien visible, es que la clase media no es un hecho eterno: la vemos estrujarse y polarizarse hacia los extremos ahora que el ascensor social, clamorosamente, se detiene. Pasa aquí y pasa en buena parte de Occidente.
Cataluña es un caso de estudio especialmente claro: desde finales del siglo XIX tuvo una burguesía pujante que, con todos sus defectos (y su innegable tendencia a proteger sus intereses), como mínimo configuraba un nuevo consenso catalanista que abominaba de los totalitarismos y del caudillismo peninsular. La cosa aguantó bastante bien, incluso creó un comienzo de arcadia boyante, profundamente competitiva y creativa, con una nada despreciable línea de conciencia social y con la osadía incorporada de pretender modernizar (o liberalizar) España. Pero el pistolero sindicalista (y patronal) de los años 1910 y 1920, la radicalización revolucionaria de los años 30 y el golpismo militar paralelo, desembocaron en una Guerra Civil que demostró la fragilidad del liberalismo patrio. El enfrentamiento entre los dos bandos comportó la desaparición en combate de una clase media catalanista que pudiera superar estos extremos o, incluso, materializar un sistema estatal alternativo e independiente.Hoy la clase media occidental lleva décadas erosionándose: salarios estancados, vivienda inaccesible, sensación generalizada de que las reglas del juego ya no protegen a nadie. Cuando esto sucede, los partidos que defienden el marco liberal pierden base social y votos, y ganan espacio las ofertas que prometen “salvar” la nación a cualquier precio. También por encima de los derechos del individuo, o los de las minorías.Cataluña, como ya sucedió en los años 30, debe representar precisamente la alternativa liberal y humanística. Por eso era tan importante el referéndum de 2017, y por eso era tan básico defender su resultado hasta el final: cuesta imaginar algo más liberal, más inclusivo y más armónico con los derechos humanos que permitir que un pueblo vote. El mundo será catalán o talibán, como dijo Bill Clinton, y en esto, si no lo estropeamos como imbéciles, puede consistir precisamente nuestra aportación. Quién sabe si nuestro reconocimiento.