El canciller alemán, Friedrich Merz, el 4 de mayo en Berlín.
hace 11 min
Historiador, catedrático de estudios europeos en la Universidad de Oxford
5 min

El viernes 8 de mayo, en plena conmemoración del 81º aniversario del final de la Segunda Guerra Mundial en Europa, saltaba a la vista que Alemania pronto volverá a ser la principal potencia militar europea. El año que viene su gasto en defensa equivaldrá al de Francia y Gran Bretaña juntas, y el proyecto es que en 2030 sea considerablemente más elevado. El objetivo declarado del gobierno alemán es tener “el ejército convencional más poderoso de Europa”. Es cierto que Francia y Gran Bretaña tienen armas nucleares, pero eso significa menos dinero para el resto de materiales de defensa. Por lo tanto, la pregunta no es “¿esto se hará realidad?”; si no hay imprevistos, se hará realidad. La pregunta, sobre todo en este solemne aniversario, es: “¿Cómo podemos garantizar que, esta vez, el crecimiento del poder militar alemán sea positivo para toda Europa?”

Hay dos razones que han llevado a Alemania a distanciarse de una manera tan radical de la posición (cada vez más equivocada) que adoptó desde los esperanzadores años noventa hasta la invasión a gran escala de Ucrania, desencadenada por Vladímir Putin el 24 de febrero de 2022. La primera razón es precisamente la agresión rusa. En Berlín cada vez hay más consenso en que Putin no se detendrá en Ucrania. La segunda es que el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, cuestiona ahora el compromiso americano con la defensa de Europa en los términos en que se ha desarrollado a través de la OTAN desde 1949. La retirada anunciada hace poco de 5.000 (y quizás más) soldados norteamericanos de Alemania es un indicio más en este sentido. El anuncio, más que la medida en sí, es consecuencia del resentimiento personal de Trump ante las críticas del canciller alemán, Friedrich Merz, por la catastrófica guerra de Irán.

Todo ello plantea a Europa un reto evidente: ¿seremos capaces de detener por nuestra cuenta a una Rusia agresiva y equipada con armas nucleares? (Aquí el “nuestro” debe incluir a Ucrania, que tiene el ejército más grande y curtido de Europa). Hay otro reto no tan evidente pero también bastante importante: ¿cómo impediremos la reaparición de aquellas graves tensiones sobre la distribución del poder militar entre los países europeos que constituyeron la normalidad y al mismo tiempo la maldición de Europa hasta 1945? Los EE. UU., a través de una hegemonía militar en gran parte benigna, nos han protegido tanto de un problema como del otro.

Alemania es fundamental para dar respuesta a las dos preguntas. Su nueva estrategia militar, la primera en la historia de la República Federal, lleva el nombre de “Responsabilidad con Europa”. Pero eso, “con Europa”, son solo palabras. Y todo el mundo en Europa (excepto los británicos) las dice refiriéndose a su política nacional. El verdadero problema es si esta estrategia será de verdad europea.

Las principales áreas en las que deben encontrarse respuestas europeas son la industria de defensa y nuestras capacidades reales de combate. La tecnología y la producción en materia de defensa son los nervios y los músculos del poder militar. Siempre se cita mal a Otto von Bismarck, canciller alemán del siglo XIX, cuando en 1862 pidió a la comisión prusiana de presupuestos que aumentara el gasto militar: se dice que recomendó “sangre y hierro”, pero el historiador Peter Wilson nos recuerda que en realidad dijo “hierro y sangre”. Primero era el hierro y después venía la sangre. Wilson también señala que, incluso antes de 2022, aunque Alemania había desmantelado su ejército y aún defendía aferradamente la política de apaciguamiento de Rusia, ya era uno de los principales exportadores de armamento del mundo.

Si Alemania continúa invirtiendo el gasto militar –que ya ha experimentado una subida enorme– en su propia industria nacional de defensa (mientras rebaja gradualmente las compras a EE. UU.), podría acabar superando a Francia, que es el segundo exportador mundial de armas después de Estados Unidos. Francia está muy preocupada por esto. Con una exquisita lógica cartesiana, París interpreta que “soberanía europea” quiere decir “¡no compréis a los norteamericanos, ni a los británicos ni a los alemanes; comprad a los franceses!”. O si no, a iniciativas francoalemanes; pero ahora el proyecto conjunto francoalemán más grande, el Futuro Sistema Aéreo de Combate, se está desmoronando.

Ahora bien, los franceses no son los únicos que están preocupados ante la perspectiva de que los alemanes dominen la industria de defensa. La derecha polaca está histérica. Otros europeos también empiezan a sentirse incómodos. Su malestar se acentúa ante la posibilidad de que el partido populista nacionalista Alternativa para Alemania (AfD), que actualmente lidera las encuestas de opinión, pueda controlar un ejército bastante poderoso. En realidad, sin embargo, es muy probable que el AfD vuelva a la estrategia de apaciguar a Moscú. Además, ¿quién sabe cómo será la política alemana en 2035, al final del período de planificación a medio plazo de la estrategia militar? Al fin y al cabo, nadie se habría imaginado hace una década que en 2026 Alternativa para Alemania sería el partido más popular del país.

Hay poderosas fuerzas que presionan al gobierno alemán para que gaste en casa los miles de millones que tiene. Todo el modelo de negocio del país basado en la exportación está en crisis, y esta es una de las pocas soluciones disponibles. Algunas de sus famosas fábricas de coches ya se están reconvirtiendo para dedicarse a la producción de armamento. Además, cualquier compra de material de defensa superior a 25 millones de euros la tiene que autorizar la comisión de presupuestos del Bundestag. Es la fórmula perfecta para el clientelismo político, porque diputados y partidos insisten en invertir los gastos en regiones que para ellos tienen gran peso electoral.

En cuanto a las capacidades de combate, la realidad pura y dura es que la defensa de la actual Europa depende de una OTAN liderada por los Estados Unidos. Sus planes de acción militar estipulan que, si Rusia ataca cualquier punto del flanco oriental de la OTAN, una enorme maquinaria tiene que entrar en acción: los otros miembros de la alianza deben reforzar inmediatamente las brigadas multinacionales apostadas en los estados situados en primera línea. Pero esta respuesta depende a todos los niveles de los Estados Unidos, desde la inteligencia por satélite y los aviones de transporte pesado hasta la disuasión nuclear, pasando por una defensa aérea integrada y el mando y control. Conseguir una europeización medianamente creíble de esta formidable maquinaria es una tarea fundamental y al mismo tiempo abrumadora.

¿Por dónde debemos empezar, pues? Este verano, el canciller Merz debería compartir una cena informal de trabajo con el presidente francés, Emmanuel Macron; el primer ministro británico, Keir Starmer (o su sucesor), y el primer ministro polaco, Donald Tusk. Deberían debatir, con franqueza y desde un punto de vista práctico, los temas fundamentales: cómo se debe europeizar la industria de defensa y cómo se pueden mejorar las capacidades de combate de Europa. En cuanto al primer punto, es del todo ridículo que, mientras que los EE. UU. tienen 33 sistemas de armas, Europa tenga unos 174, con 12 tipos diferentes de tanques y 14 de aviones de combate. En cuanto a mejorar las capacidades de combate, el primer paso consistiría solo en decidir dónde y cómo se debe mantener esta conversación, que debe incluir la cuestión de la ampliación hacia el este de la disuasión nuclear británica y francesa.

En los años 90, el gran predecesor de Merz, Helmut Kohl, integró una Alemania recién unificada en un mercado único europeo y en una unión monetaria. El país que más se benefició fue la propia Alemania. Merz debería procurar hacer lo mismo con la seguridad europea. Las soluciones no serán ni de lejos tan pulcras como el mercado único y la moneda única, y ni siquiera se encontrarán principalmente dentro de la UE. Al final, habrá dos interrogantes definitivos: ¿los vecinos de Alemania tienen en mente una industria de defensa europea genuinamente integrada o solo, como hasta ahora, unas industrias nacionales rivales? Y nuestros dispositivos militares en Europa, por muy desordenados e imperfectos que sean, ¿serán un elemento suficientemente disuasorio a los ojos de Vladímir Putin?

Si Merz, en colaboración con otros líderes europeos, sabe encontrar unas respuestas convincentes a estas dos preguntas, se ganará seguro un lugar en los libros de historia.

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