¿Qué y quién alimenta la xenofobia?
Que la xenofobia está aumentando en Cataluña es un hecho, y es un hecho repugnante para quienes veneramos el concepto de los derechos humanos universales.El desencadenante de este fenómeno es el flujo migratorio que hemos estado recibiendo desde principios de siglo, y si queremos combatirlo, lo primero que debemos hacer es afrontar de cara una verdad incómoda: que la inmigración perjudica inevitablemente a algunos, y muy concretamente a los miembros de las clases populares. ¿Por qué? Porque la inmigración presiona a la baja los salarios (cuando los empresarios tienen dificultades para cubrir vacantes, la alternativa a subir el salario es contratar a un inmigrante), porque presiona al alza el precio de la vivienda (¿es que no tiene nada que ver el hecho de que hayamos pasado de 6 a 8 millones de habitantes de manera rapidísima y sin preverlo?) y porque dificulta el acceso a los servicios públicos (“si yo soy pobre pero el inmigrante lo es más, me quita la beca-comedor”). Ante estos hechos, la gente de bien —a la izquierda y a la derecha– tiende a responder con dos argumentos. El primero, que el fenómeno es inevitable (por nuestro envejecimiento, por su falta de alternativas...); el segundo, que la inmigración es buena para la economía porque hace aumentar el PIB, y, por tanto, nos permite dedicar más recursos a la financiación de los servicios públicos y compensar, por tanto, a los que en puedan resultar perjudicados. Desafortunadamente, ambos argumentos son falsos.
El fenómeno no es inevitable. Japón tiene una economía que funciona razonablemente bien (el PIB per cápita ha subido en los últimos 24 años casi el doble que el nuestro) y no solo no ha experimentado prácticamente nada de inmigración, sino que ha perdido cerca de tres millones de habitantes. Más cerca en todos los sentidos, el País Vasco ha estado recibiendo la mitad de inmigrantes que nosotros en relación con la población, y eso no ha impedido que su PIB per cápita haya crecido más del doble que el nuestro. Nada tiene que ver que Cataluña esté en el Mediterráneo, porque los inmigrantes no llegan por mar (cuantitativamente, las pasteras no dejan de constituir una anécdota, que, por otra parte, afecta a Canarias).En cuanto al argumento de que los aumentos del PIB permitirían compensar a los damnificados, es una burla. En primer lugar, porque los damnificados nunca son compensados, sino que la mejora del PIB se utiliza para tapar agujeros y para posponer la subida de impuestos que exigirían los compromisos adquiridos (la deuda pública, un sistema de pensiones insostenible...). En segundo lugar, porque el impacto es positivo a corto plazo pero negativo a largo plazo: los inmigrantes —igual que los autóctonos— poco cualificados obtienen más servicios del sector público que lo que aportan. La solidaridad es la base del estado del bienestar, y solo es sostenible si el número de los que aportan poco no crece mucho.Que el FMI y The Economist nos felicitan? Claro, porque para los que piensan como ellos el sistema público de bienestar debería ser sustituido por un sistema de seguro privado que sería inmune a los movimientos migratorios. Hemos dicho que la inmigración perjudica a algunos, pero no hemos dicho que beneficia a algunos otros: los empresarios de sectores basados en mano de obra barata y los propietarios inmobiliarios, en particular.
Si de verdad queremos combatir la xenofobia, lo primero que debemos hacer es dejar de engañarnos a nosotros mismos. Cuando lo hacemos llegamos rápidamente a tres conclusiones:La primera, que la inmigración debe frenarse lo antes posible, aunque solo sea porque tenemos un problema de vivienda de caballo, y si seguimos recibiendo inmigrantes al mismo ritmo que en las últimas décadas el problema será imposible. La segunda, que la manera de frenarla no es militarizando el mar, sino siendo más exigentes con los sectores económicos que se basan en la mano de obra abundante y barata (por favor, dejemos de aplaudir la creación de puestos de trabajo aunque sean baratos, ¡porque nos está haciendo mucho daño!)
La tercera, debemos dedicar unos esfuerzos mucho mayores a la formación de los hijos de la inmigración, porque lo que sabemos nos dice que tienen todas las papeletas de heredar la pobreza de los padres, y no queremos una sociedad de castas. Los que nacen ahora deberían ser escolarizados obligatoriamente desde el año en una guardería, y los mayores deberían recibir un trato más personalizado que la simple matriculación inclusiva a mitad de curso con aprobado garantizado al final. Porque nos interesa, y mucho, que muchos de ellos sean médicos o ingenieros, y tal como entendemos la inclusivitat, la probabilidad de que lo sean es bajísima.¿Qué está alimentando la xenofobia? Si fueran las redes y las mentiras simples, ya hace tiempo que estaríamos gobernados por los bolcheviques. Me temo que quien alimenta de verdad la xenofobia es la buena fe de los pusilánimes.