El amo de Thor
El paso de las estaciones, en el campo, nos lo marca la llegada de las golondrinas, las hojas de las cepas y los campos verdes o marrones, pero en las ciudades hay otros marcadores. En la ciudad se sabe que llega la Navidad porque en un taxi, un día, suena Last Christmas de Wham! Y se sabe que ha llegado, definitiva y estallante, la primavera porque se produce el fenómeno que se intenta describir a continuación, después del punto y aparte.
El perro que sacan a pasear, cada día, para que haga el pis o lo que haga falta en una baldosa (el amo lo recogerá o regará, diligente) también se ve afectado por el calor. El amo se ha quitado la chaqueta, claro, porque cuando ha salido encontraba que “no le molestaría”, pero ahora, una vez fuera, ve que sí. El perro, peludo, no se puede quitar nada y está cansado, por culpa de una refrigeración corporal mucho más ineficiente. Y, entonces, se para en la primera sombra que encuentra, se sienta o se tumba y declara, con una actitud corporal inequívoca, que no se quiere mover. El amo primero intenta convencerlo con buenas palabras. “Vamos, Thor...”, dice. Sobre todo lo hace así, porque los otros que van y vienen se lo miran y lo podrían juzgar. Se llama Thor, el perro, que es un nombre ficticio para demostrar que estamos hablando de un perro grande. Los pequeños, si hacen la rabieta, no vencen. El amo los estira de la correa y, si no de grado por fuerza, son arrastrados. Los grandes, como el genérico Thor, pesan demasiado.
El amo, impaciente, estira. En vano. Estira más fuerte. En vano. Y he aquí que te encuentras, pues, amos enfadados que tienen que esperar a que el perro decida levantarse y seguir el paseo. En invierno no suele pasar, o quizás es que no lo he visto. Hoy ha sido el primer día. Para mí, el Thor en el suelo tumbado es el equivalente a la llegada de las golondrinas.