El atasco de los servicios públicos: ¿soluciones?

Dos alumnas haciendo trabajo.
25/04/2026
Catedrático de ciencias políticas de la UAB y exministro de Universidades
3 min

Los sistemas públicos que tenemos en funcionamiento fueron pensados para sociedades razonablemente previsibles. La escuela, la sanidad, los servicios de empleo, las políticas sociales: todo ello se construyó sobre la premisa de que había una mayoría que tenía espacios de vínculos estables en la familia, en el barrio, en el trabajo, y que seguía itinerarios más o menos estándar. Y que, por otra parte, también había una minoría que se desviaba y que era necesario atender de manera excepcional. Esta premisa hace tiempo que saltó por los aires. Lo que antes era episódico, como la precariedad, la diversidad de orígenes, las trayectorias vitales no lineales, la desvinculación de los jóvenes respecto de las instituciones, se ha vuelto cada vez más estructural. Y los sistemas públicos, diseñados para gestionar la homogeneidad, están cada vez más desbordados por una realidad que no encaja en las casillas previstas.

Esto no pasa solo aquí. En toda Europa, los sistemas educativos y laborales se enfrentan a una misma evidencia: las biografías formativas y profesionales de las personas ya no siguen el guion que las instituciones habían escrito para ellas. Hay jóvenes que abandonan los estudios y vuelven años después, personas que llegan de otros países con competencias reales pero sin ninguna titulación reconocida, trabajadores que tienen que reinventarse profesionalmente varias veces a lo largo de la vida. La linealidad con que se acostumbraba a pensar en lo que era estudiar, titularse o trabajar, es hoy una ficción para muchos, y los dispositivos pensados para acompañarla resultan cada vez más insuficientes.

afecta a un 13,5% de los jóvenes, por encima de la media europea y muy lejos del objetivo del 9% fijado para 2030. Son unos En Cataluña, el abandono escolar prematuro afecta a un 13,5% de los jóvenes, por encima de la media europea y muy lejos del objetivo del 9% fijado para 2030. Son unos 70.000 chicos y chicas que salen del sistema sin ninguna titulación postobligatoria. Detrás de la cifra hay vidas concretas, y detrás de estas vidas ha habido, durante años, entidades del tercer sector que han hecho lo que el sistema no hacía: ir a buscar a estos jóvenes, escucharlos, proponerles un itinerario que tuviera sentido para ellos y acompañarlos con equipos que combinan docentes, educadores, psicólogos, formadores profesionales, expertos de cada oficio y prospectores laborales. Entidades como las que integran la Associació Catalana d’Escoles i Centres de Noves Oportunitats han demostrado que el trato personalizado, la flexibilidad y la capacidad de adaptarse a cada persona no son un ideal pedagógico abstracto: son la condición para que las cosas les funcionen a quienes el sistema estándar ha dejado atrás.

Ahora la Generalitat tiene la voluntad de ver la manera de incorporar estos centros dentro del Sistema de Formación Profesional, dotándolos de reconocimiento y estableciendo mecanismos de financiación. Es una buena noticia que lo que se ha construido desde abajo reciba validación institucional. Pero aquí, como en otros casos cada vez más frecuentes, hay que ir más allá de la lógica “un problema-un departamento”. Educación y Empresa y Trabajo deberán estar ahí, construyendo el entramado de respuesta necesario con las entidades que desde hace tiempo se esfuerzan por ayudar a estos chicos y chicas.

No se trata de sustituir el sistema público, sino de reconocer que por sí solo no puede llegar a todo y que necesita aliarse con quien ya está sobre el terreno. Pero el riesgo de la asunción por parte de la administración de temas que habían ido funcionando al margen de las estructuras institucionales es bastante conocido: que la regulación imponga instrumentos pensados para la escuela ordinaria –conciertos educativos rígidos, ratios estándar, perfiles profesionales cerrados– a una realidad que funciona justamente porque se escapa de esta lógica y se adapta a lo que tiene delante. Regular es necesario; uniformizar puede ser letal.

La lección de fondo va más allá del caso de las escuelas de nuevas oportunidades. Me refiero a la tendencia de la administración a confundir igualdad con homogeneidad. Tratar a todo el mundo igual puede ser, paradójicamente, la manera más eficaz de perpetuar la desigualdad. Los sistemas públicos del siglo XXI deben aprender a convivir con la diversidad sin intentar reducirla. Esto quiere decir aceptar que la igualdad no se garantiza tratando a todo el mundo de la misma manera, sino dando a cada uno lo que necesita. Y que a menudo, quien mejor sabe qué necesita la gente es quien lleva años trabajando a su lado.

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