La bandera palestina de Lamine Yamal
Quien coge una bandera coge un peso. De todos los símbolos, los trapos de colores que representan países son los más épicos. Y aunque apenas tiene 18 años, estaremos de acuerdo en que Lamine Yamal es plenamente consciente de ello.
Cuando a los 15 años le preguntaron si no tenía miedo de jugar con los mayores, solía contestar que el miedo lo había dejado en las calles de Rocafonda. Aquel que en un córner del Bernabéu se sintió decir que fuera a vender pañuelos a los semáforos, sabe que la vida está llena de racistas. Aquel que después del “¡musulmán quien no bote!” se encaró vía redes con los mismos racistas sabe que, con pretexto o sin él, siempre hay alguien dispuesto a meterte caña. Por todo ello, incluidos sus orígenes culturales, cuando Lamine Yamal blande la bandera de Palestina no es postureo sino convicción: ya se imagina las consecuencias de todo ello, pero le importa un bledo.
Era una celebración del equipo, lamentan unos. ¡Anda que no cogen banderas los jugadores cuando están de fiesta por un título! Prefiero que Lamine Yamal se comprometa y tenga un gesto que demuestre que sabe en qué mundo vive a que celebre la mayoría de edad con una fiesta de temática gánster. A Flick no le ha gustado. Pienso que el sentimiento de culpabilidad por el Holocausto con el que ha sido educado un alemán de 61 años explica su reacción, aparte de la protección casi paternal que proyecta sobre esta plantilla del Barça llena de cachorros.
El ministro de Defensa de Israel ha acusado a Lamine Yamal de esparcir el odio. Es lo de siempre: acusar a los demás de lo que haces tú. La destrucción de Gaza y las muertes de decenas de miles de palestinos perpetradas por el gobierno de Netanyahu son un crimen contra la humanidad. ¿De verdad que el gobierno de Israel se sorprende del rechazo que ha causado? Lamine Yamal es un icono, y el fútbol es un gran altavoz. Pues esperaos, porque, si todo va bien, este chaval puede hacer historia.