Barcos descontrolados
25/02/2026
2 min

Vivo en la costa y salgo a andar a menudo por las afueras. Gracias a estos paseos, con el tiempo he ido descubriendo aquí y allá una flota dispersa de barcas de secano fondeadas en el suelo, como si esto fuera el Atlántico y hubiera bajado la marea.

Ahora mismo, el cielo está limpio y luminoso por el viento. De alguna batalla naval en el cielo debieron irse hundiendo estas barcas hace años, como hojas que caen de un árbol. Barcas abandonadas en descampados, viñedos o almacenes al aire libre, pecioles al fondo de un mar evaporado, sobre olas de polvo, con las banderolas esteladas hechas un harapo y con los nombres decolorados a popa, nombres como Ítaca. A veces no me encuentro la barca entera sino los pequeños, la cabina con la rueda del timón, el casco de fibra de vidrio amarillento y manchado de moho negro, con el timón hundido en el suelo como una reja de otros tiempos, o el esqueleto, entre oleadas de zarzas, inundo las raíces la quilla y las costillas y agarran la barca al suelo. En vez de peces van pájaros y gatos.

No habrá un peor naufragio que el aterrizaje. Ahora con la primavera empezarán a navegar entre una espuma de flores. Antes despellejaban el mar, que sacaba grasa blanca. Empezaron una odisea y perdieron una guerra. Los capitanes y los patrones huyeron, agujerearon el casco, se vendieron las barcas. Las barcas fueron arrancadas del agua con grúas y llevadas tierra adentro con remolques. Las abandonaron en un país hostil, entre vallas de somieres y perros guardianes que ladran. ¿Qué les explicas a los terrazas del mar? Los niños jugaron una temporada, pero al raso las barcas se fueron pudriendo y volviéndose un peligro, y ahora son trastos que duelen en los ojos. En una barca, un inmigrante ha traído un colchón. En otra, unos adolescentes se sientan a mirar el móvil y fumar. La otra, un borracho la ha llenado de botellas vacías. Son un idioma embarrado en el lodo. Las anclas han estirado hasta el fondo las barcas encadenadas. Se han vuelto submarinos, pero no irán más abajo. Pienso en las familias que salían a mar en verano, en las fiestas a bordo, la música, los libros, torta y vino en bodega, la promesa de una pesca abundante, la ilusión y libertad.

Cuando oscurece, las barcas se disuelven en la noche, sin ninguna luz en cubierta. Sólo en caso de tormenta, con los rayos, se reconocen un momento entre ellas. Al día siguiente vuelven a emerger como pesadillas. Si les salieran piernas, no sabrían adónde ir, porque en el suelo no hay faros, ni puertos. Sólo esperan.

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