Cuando estoy en Barcelona siempre me olvido
“Un café con leche y dos bollerías, de esas, de jamón cocido y queso”, le digo. Abre los ojos no como platos, como platos, como bandejas, como platitos, como tapas industriales. No dice nada. Se me queda mirando sin mover ni un músculo. Ni una palabra. Yo, pues, también la miro. Ella y yo, mirándonos fijamente, como en un duelo. Al final, para desatascar, digo: “¿Sí?” Aquel sí un poco impertinente que usas cuando te parece que alguien no te ha entendido pero debería entenderte o cuando alguien está distraído y no te hace caso. Continúa estupefacta; pero ¿sabe que está estupefacta? No lo creo, porque seguro que desconoce el significado de la palabra, y si lo desconoce, tampoco puede, de ninguna manera, nombrar eso que le pasa. Si simplificas el lenguaje simplificas los sentimientos.
Continúa igual. ¿Qué hago? ¿Se lo digo en castellano? ¿En inglés? ¿En latín? Vaya, costaría, teniendo en cuenta el café. Le debería pedir un “poculum lactis et duo panes parvos cum perna et caseo”, pero no funcionaría. Entonces reacciona. “Un café con...”, balbucea. Con el dedo señalo los bollos (diría que en castellano se llaman “brioches”) que tiene en el escaparate. Con los dedos hago “dos”. Señalo la mesa. “Iba a ir allí”, digo. Y emprende el gesto.
Ahora, sentada en la tabula, observo cómo otros parroquianos le piden lo mismo que yo. Ya no pido que me entienda, amigos. Pido solo que no me mire con la misma cara que si le hubiera dicho: “Esto es un atraco, dame la pasta. Y los dos bollos, también”. Pido solo que me diga: “Perdone, no la entiendo ni la entenderé jamás; váyase a un casal catalán, si quiere hacer cosas raras”. Ahora saldré a pagar. El que cobra, lo tengo comprobado, te entiende. El precio de estas dos comidas exóticas, así como la bebida absurda, me costarán a precio de secuestro.