Ofreced flores a los rebeldes que fracasaron
Uno de los peores insultos que se puede recibir en este país es el de “processista”. Hasta tal punto quedamos empachados del episodio político que culminó en octubre de 2017. Para los españoles, el Procés fue un ejercicio sedicioso e irresponsable. Para los independentistas, fue una muestra de improvisación y cobardía. Unos y otros están unidos en el tozudo propósito de desacreditar a los protagonistas de aquella aventura. Esta coincidencia en la crítica descarnada contrasta con el precio, tan diferente, que han pagado los dos bandos En el bando independentista, ha habido una purga considerable, a causa de la represión y el desgaste personal. Los relevos en política son lógicos; no lo es tanto el linchamiento público posterior por parte del sector más irascible de las mismas bases soberanistas. Por todo ello, me parece evidente que el castigo (el real y el reputacional) que han sufrido los reprimidos ha sido mucho más severo que el de los represores. Se puede aducir que el independentismo de base se mostró extremadamente solidario al menos hasta el Tsunami Democrático (que también fracasó) y los incidentes de Urquinaona; después, la disputa entre el paripé simbólico del exilio y el giro pactista de ERC sembraron el desencanto. Finalmente se impuso la idea de que los líderes del Procés, poniendo el foco en la lucha antirepresiva (que dio como fruto los indultos y la amnistía), estaban ayudando a enterrar –de nuevo– el pleito soberanista. Los dos grandes protagonistas del Proceso –Carles Puigdemont y Oriol Junqueras– continúan en primera línea. El primero lleva nueve años en el exilio; el segundo, pasó cuatro en la cárcel y continúa inhabilitado. Ambos están a la espera de que la amnistía, arrancada con fórceps al gobierno del PSOE, pueda superar los obstáculos que plantea la vengativa judicatura española. Por grandes que fueran los errores que cometieron en 2017, los han pagado con creces. Ambos quieren un last dance, una oportunidad para redimirse.
He leído artículos de personas inteligentes y bien informadas que dicen que el independentismo catalán –y por extensión, la política catalana– no podrá entrar en una nueva etapa hasta que no “haga limpieza” con la generación del Procés. Que Junts y ERC se han anclado en dos líderes que representan el pasado, y que el pasado es un lastre. Quizás sea cierto. Pero también he leído y he oído a gente no tan inteligente, y en general muy joven, que habla de Junqueras y Puigdemont con un menosprecio y una crueldad que me enerva. La frustración que viene del 2017 es totalmente comprensible, pero quizás olvidamos que somos un país que se ha hecho a base de fracasos y resiliencia. Pensemos en Josep Tarradellas: una figura imponente, resurgiendo de las cenizas de la guerra y el exilio. En 1977, la generación de la Transición entendió que no podía emprender de nuevo el camino del autogobierno sin rehabilitar –con todos los honores– al político que representaba la derrota de cuarenta años antes. Aunque la mayor parte de la población lo había olvidado. O pensemos en los hechos de Prats de Molló, ahora que se cumple el centenario: en 1926, Francesc Macià y 200 voluntarios escasos de Estat Català urden un golpe revolucionario y separatista en plena dictadura de Primo de Rivera. Pretendían cruzar la frontera, proclamar la república en Olot y sublevar el país. La aventura fue abortada por la gendarmería francesa antes de empezar. Macià, ridiculizado en España como un viejo chocho e ingenuo, se convirtió, en cambio, en un mito en Cataluña. Sobre su fracaso se construyó el éxito republicano de 1931. No somos un país poderoso. Pero podríamos ser, al menos, un país generoso. Un país que no desprecie e insulte a los rebeldes que fracasaron.