Una bolsa de marca

La megafonía nos explica –a los nativos y a los turistas– que una vez lleguemos a Sant Vicenç de Calders, por causa de las obras, necesitaremos coger un autocar que nos llevará a El Prat de Llobregat, donde podremos coger otro tren o bien el metro. Por si acaso, una vez el tren llega al destino, bajo deprisa y –boomer como soy– pregunto a la chica del uniforme calabaza: “¿Y no hay ningún tren que vaya a Barcelona directamente?” “Uy, sí, pero tarda una hora y media”, dice. Entonces, corro hacia un descampado donde se forma la cola que subirá al vehículo. Veo que nos cuentan. Dicha, me pongo en el asiento de delante, porque me mareo.

El chófer se pone en marcha. Es un señor de mediana edad, pero sorprendentemente pone la música heavy a todo trapo. En el cristal del delante del autocar hay dos mamparas, por si toca demasiado el sol. La de mi delante está bajada del todo. “¡Perdone!”, le digo. Pero él no me oye, ocupado como está en tararear, del todo sinceramente, la letra, profética, deAutopista al infierno. Insisto: “¿Escuche?” Silencio. “¡Oiga!”, hago, al final. Y esta vez parece que la hevior no le impide oírme. Envalentonada, piulo: “¿Que podría subir la cortina esta?” Mueve la cabeza de izquierda a derecha, y no porque quiera dar un golpe de melena que no tiene. Es para negar. “No se puede”.

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Intento sentarme encima del abrigo y de la bolsa, como si fuera en una trona, para probar de mirar por encima de la pantalla que me tapa la autopista infernal. No me sirve de nada. Ver el cielo me marea igual. Yo debería estar viendo la raya pintada en el asfalto. Me llaman de casa. “¿Por dónde vas?” Quisiera saberlo. Empiezo a salivar, y no porque esté a punto de probar un picapoll del Bages. “Hombre, yo a usted la conozco”, me dice un viajero de mi lado. Me giro, amarilla como un trago de leche de soja. Pruebo de sonreír. Cojo la bolsa de mano, que me la compré en Andorra con unos derechos de autor y no imaginaba que serviría para esto.