Hace apenas unas semanas, muchos análisis daban por hecho que Irán estaba al borde del colapso. Israel y Estados Unidos parecían convencidos de que una combinación de bombardeos, presión económica y aislamiento regional bastaría para quebrar a la República Islámica y consolidar definitivamente un nuevo equilibrio de poder en Oriente Próximo.
Esta semana, sin embargo, Washington ha estado negociando contrarreloj un memorando de entendimiento mediado por Qatar y Pakistán mientras Donald Trump alternaba amenazas militares con llamadas para evitar una escalada todavía mayor.
Eso ya dice mucho sobre cómo ha cambiado la situación.
Irán ha sufrido daños importantes. Parte de sus capacidades militares convencionales han quedado debilitadas y el país sigue sometido a una enorme presión económica y militar. Pero, desde el punto de vista regional, la guerra también ha reforzado algo fundamental: su capacidad de disuasión y su centralidad (geo)política.
El estrecho de Ormuz se ha convertido en la prueba más evidente. Incluso después de meses de ataques y amenazas, la posibilidad de reabrir completamente la ruta marítima sigue dependiendo de negociaciones con Teherán. Washington insiste en que el paso debe abrirse ‘de una manera u otra,’ mientras Israel observa con incomodidad cómo el control iraní sobre el estrecho continúa siendo una de las principales cartas de presión de la región.
Ahí aparece el principal problema para Estados Unidos e Israel. La superioridad militar sigue siendo inmensa. Pero la fuerza ya no garantiza automáticamente la capacidad de imponer resultados políticos claros.
Irán conserva herramientas de disuasión nada menores. Los drones, los misiles, las minas navales, las pequeñas embarcaciones capaces de alterar rutas comerciales o la propia geografía de Ormuz siguen otorgándole capacidad para condicionar el conflicto incluso después de los ataques sufridos. Y, sobre todo, el régimen ha demostrado capacidad para absorber niveles extremos de violencia sin derrumbarse políticamente.
La reacción regional también resulta significativa. Qatar y Pakistán han asumido papeles centrales en las negociaciones. Arabia Saudí intenta evitar una confrontación total. Incluso aliados tradicionales de Washington parecen más interesados en contener el conflicto que en acompañar una escalada indefinida.
Después de Afganistán, Irak, Gaza y ahora Irán, empieza a consolidarse una realidad incómoda para países acostumbrados a dominar: destruir sigue siendo relativamente sencillo. Mucho más difícil es transformar esa destrucción en autoridad política duradera.
Quizá esa sea la principal lección de estas semanas. Israel y Estados Unidos continúan teniendo una capacidad militar abrumadora. Pero Oriente Próximo ya no responde de manera automática a esa superioridad. Y eso modifica profundamente cómo se percibe el poder en la región y, en última instancia, a nivel mundial.