La estación de Sarrià de FGC
28/01/2026
Escritora
2 min

"Perdonen, ¿el próximo en dirección Manresa?", les pregunto. Son cuatro hombres y una mujer, todos ellos vestidos de trabajo, con el uniforme pardo de los Ferrocarrils de la Generalitat. Me dicen que hay uno a los diez minutos por la vía 4 y, claro, comentamos las "incidencias" de Renfe. Me los miro bien. Mientras me cuentan cosas –que les pido por el exceso de venturosa curiosidad– de esta estación, de plaza de Espanya, los ojos me parpadean. Me los remiro. Son como esos pareno los sexis, sin camiseta, hechos con inteligencia artificial, que te envían las amigas en Navidad. Los cinco, ellos y ella, parece, de repente, que actúen a cámara lenta. Cuando deben desplazarse a enseñar a un par de guiris cuántas zonas son hasta Montserrat me recuerdan modelos de pasarela. En mi cabeza, mientras se mueven, suena Hot love, de T. Rex.

Me froto los ojos. ¿Por qué me ocurre esto? ¿Por qué estos cinco humanos me parecen tan atractivas personas? Les dejo hacer la suya y me siento en las escaleras con la excusa de contestar una llamada. ¿Qué tienen? No será sólo cuestión de genética, ni de las cualidades estimulantes del café que me he tomado, porque no veo a todo el mundo así, sólo a ellos. Entonces lo entiendo. Claro. Es que ellos sonríen. ¡Es esto! No paran de sonreír, mientras que los yendo y venideros de la estación, ajetreados como yo misma, no sonríen excepto si uno reel del móvil les parece gracioso. Son sus caras risueñas –una rareza, hoy en día– lo que les hace tan bellos. No estoy acostumbrada a esta naturalidad en los adultos del rictus hacia arriba. Dejaría escapar el tren y me los quedaría mirando un rato más, pero es que los de esta línea sólo pasan una vez cada hora.

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