Hoy hablamos de
Puigdemont y Junqueras en Waterloo.
29/01/2025
Periodista y productor de televisión
3 min
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A veces me entretengo mirando partidos de fútbol vintage. Especialmente del Barça. Me gusta verlos, no tanto por motivos estrictamente futbolísticos como por revivir la sensación de mis domingos de niño y adolescente, las narraciones impostadas de los comentaristas de TVE, los fotógrafos paseándose por el césped sin apenas restricciones, la gente fumando, los árbitros de negro riguroso, las mujeres ausentes, las melenas de estilo hippie que puso de moda Cruyff... Y, por encima de todo, la frescura y la espontaneidad en el comportamiento de los jugadores; chapuceros, a veces violentos, pero siempre pendientes del juego, ajenos al seguimiento de los fotógrafos y las cámaras.

Esa naturalidad se notaba mucho en la celebración de los goles. El que marcaba daba saltitos de alegría sincera, desgarbada, aislada del entorno; y los compañeros lo abrazaban haciendo una piña, como nosotros hacíamos en el patio de la escuela. No había celebraciones personalizadas, ni camisetas con mensaje, ni gestos cómplices con la cámara, ni bailes ridículos, ni nada parecido. En el fútbol de hoy en día, en cambio, el jugador que marca rehuye el abrazo colectivo para poder rubricar su gol con un gesto característico, busca las cámaras locamente, fabrica imágenes de póster. Y son los niños del patio de escuela quienes imitan estas absurdas coreografías.

Ocurre en el fútbol, pasa en la vida. Echo de menos la ingenua naturalidad que teníamos cuando no nos sentíamos rodeados de cámaras. Las de los demás y las propias. La sensación de vivir en directo momentos irrepetibles, imposibles de capturar. Da un poco de lástima ver a tanta gente en una fiesta o un concierto pendiente de hacerse selfies favorecedoras o que transmitan una falsa joie de vivre, en lugar de disfrutar con sus propios ojos de la diversión o el espectáculo. Parece que un buen rato no es tan bueno si no se comparte en las redes. Los comportamientos, las caras, las risas, comienzan a parecerse y a estereotiparse a través del objetivo del móvil. Gozar de la felicidad no es tan importante como proyectarla.

Y, claro, ocurre igual en la política. Pensé en ello después de ver las imágenes del reciente encuentro entre Carles Puigdemont y Oriol Junqueras en Waterloo. No sabemos si la reunión tuvo algún tipo de resultado, a no ser que consideremos que la foto conjunta tiene valor intrínseco. Eso sí: haciendo gala de su tradicional afición al simbolismo, los protagonistas abandonaron la residencia del ex president conduciendo un coche con un número de matrícula nada casual: 1-O-2017. Con Puigdemont al volante y Junqueras de copiloto. Otro gesto de cara a la galería. La imagen quizá hizo vibrar a los más militantes. Pero a ¡otros muchos nos llenó de melancolía y nos recordó hasta qué punto el soberanismo catalán sigue viviendo (o malviviendo) del recuerdo de su momento más rutilante, cada vez más lejano.

También esta semana, en Madrid, los ciudadanos hemos vivido la desagradable sensación de ser el público mudo que asiste a un concurso donde dos contendientes –PSOE y Junts– se disputan el balón del relato y buscan la victoria táctica en la liga de la opinión pública. Cuestiones tangibles y relevantes como las pensiones, el precio del transporte o el derecho a la vivienda se convierten en armas arrojadizas para dirimir lo que los partidos consideran un bien superior –que es hacer quedar mal al adversario–. ¿Cómo sería la política –y el fútbol, y la vida– si no hubiera cámaras, si solo importaran los hechos y no sus proyecciones mediáticas?

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