La Tierra, vista por la misión Artemis II.
10/04/2026
Periodista y activista social
5 min

«Si el capitalismo funciona bien en la Tierra,
no hay razón para pensar que fracasará en el espacio»
Bigelow Aerospace

Mientras el Artemis II circunnavegaba la Luna en riguroso directo, las bombas caían y caían miserablemente sobre Beirut, el presidente de los EUA anunciaba la liquidación de toda una civilización de un plumazo y el FMI alertaba que nos preparáramos para lo peor. Mientras mirábamos la Luna teledirigidamente, la guerra global permanente aceleraba sus pulsiones homicidas y lunáticas en la tierra. Y eso que mirar la Luna libremente es un derecho universal en todo el mundo que, por ahora, nadie ha conseguido prohibir ni mercantilizar. Todavía. No será por contradicciones ni antagonismos, ni que una cosa no niegue la otra –o sí– ni que nos roben la atención cada día, el negocio contemporáneo más rentable, mientras nos hurtan la cartera cada noche. Equilibrio improbable, si el imprescindible conocimiento científico me emociona a cada avance, la carrera imperial geopolítica lunar me espanta a cada paso. Palabras de Montaigne: "Anaxímenes escribió a Pitágoras: ¿cómo puedo ocupar mi tiempo resolviendo el secreto de las estrellas, si delante siempre tengo la esclavitud y la muerte?".A aquella pel·lícula titulada Don’t look up –no mires arriba y no tomes conciencia ecologista, en la era del antropoceno, de cómo estamos destrozando el planeta– podríamos añadirle el Don’t look down –evita mirar siempre las devastadoras consecuencias sociales del capitalismo en fase canalla, bélica, autoritaria y sociópata–. Incluso, también nos ordenan sutilmente no mirar nunca ni al lado –ni preocuparnos si el vecino está a punto de ser desahuciado, si la salud mental le tambalea o si la soledad se lo está tragando–. Es decir, casi con carácter general, la órden sistémica sistemática es que, entre el ombligo y la nave espacial, no miremos a ningún sitio. Y que solo miremos la pantalla, donde el algoritmo –que ya te conoce mejor que tú– te hará feliz con dopamina adictiva. Sin renunciar a ningún campo de batalla, los que elegimos y los que no, tampoco puedo abstenerme de decirlo esta semana que ya concluye: ojalá se llenen más las bibliotecas que no TikTok. Ojalá. Y si dicen, como metáfora, que Yuri Gagarin espetó "No veo a ningún Dios por aquí arriba", uno se pregunta, aquí abajo, dónde demonios está Dios en Gaza. ¿En ningún sitio?Viaje al centro de la Tierra, resulta que el afán de fuga para conquistar la Luna conecta torpemente, en una revivida carrera espacial geopolítica, con los multireincidentes de verdad. Los lobos esteparios del mercado libre y los proxenetas del poder –tan a menudo marcianos, tan a menudo extraterrestres–. La cara oculta de la Tierra no tiene nada de oculta: vendría a ser no aquello que no se ve, sino aquello que no queremos mirar. Aquello que vemos cada día y nos negamos a asumir. Ensayo sobre la ceguera, diría Saramago. Artemis II costará 93.000 millones de dólares. El 3,8% de un presupuesto militar global desbocado. Es la misma cantidad con la que la ONU ha cifrado el coste de erradicar la hambruna completamente de la faz de la Tierra –no de la Luna–. Mientras tanto, en el espacio, vamos haciendo lo mismo que en la Tierra: ensuciarlo en un vertedero infinito. Oficialmente se calcula que ya orbitan la Tierra más de 10.000 toneladas de desechos y cacharros. Un poema –Un adiós a los astronautas– de Hans Magnus Enzensberger hurga en la herida: "Solo que a los planetas / donde no crecen naranjos / ni nogales ni viñedos / les doy poco valor. [...] Pobre en fantasía y más bien conservador /\u00a me atengo a promesas / más antiguas: /\u00a la tierra a la tierra /\u00a y el polvo al polvo".Ni tecnofílico ni tecnofóbico ni tecnoneutro ni tecnofascista, hace muchos años leí una pequeña joya de ética terrestre sub lunar llamada Gente que no quiere viajar a Marte (Catarata, 2004). Lo escribió el bueno de Jorge Riechmann, filósofo, profesor y ciudadano comprometido. Hoy a Jorge le piden penas de prisión, en dos juicios previstos para mayo en Madrid, por protestar, pacífica y científicamente, ante la inacción frente a la emergencia climática. Cosas que pasan en la Tierra y no en la Luna, porque bien seguro que hay otros mundos, pero diría que todos están en este. En aquel libro, que revisito a menudo, leí una frase de Stanisław Jerzy Lec:  "No intentes alcanzar la Luna. Aún nos tiene que durar mil millones de años". Es muy probable que la tecnofantasia nihilista nos haga creer en otros planetas porque ya no creemos en este, y que nos haga creer en el transhumanismo tecnológico porque ya no damos un duro por la ambigua y ambivalente condición humana. Desistiendo por completo de la exploración terrestre –pongamos por caso– de la justicia social, la transición ecosocial, la democracia política o la libertad entre iguales. A ras de suelo, entre el derecho a mirar la Luna y el deber de conservar la Tierra, habrá que dirimir radicalmente que una cosa es la colonización imperial del espacio bajo la sucia ley del far west y otra, muy diferente y antagónica, la sabiduría humilde de Carl Sagan. Hace mucho, sobre este pálido punto azul donde aún vivimos, escribió esto, a propósito de la cara –ni oculta ni oscura– de la Tierra:« Mira otra vez este punto. Esto es aquí, esto es nuestro hogar, esto somos nosotros. En él todos los que amas, todos los que conoces, todos aquellos de quienes has oído hablar, cada ser humano que existió alguna vez, ha vivido su vida. La suma de nuestra alegría y de nuestro sufrimiento, miles de confiadas religiones, ideologías y doctrinas económicas, cada cazador y recolector, cada héroe y cobarde, cada creador y destructor de civilización, cada rey y campesino, cada joven pareja enamorada, cada madre y padre, niño con esperanza, inventor o explorador, cada maestro de moral, cada político corrupto, cada “superestrella”, cada “líder supremo”, cada santo y pecador en la historia de nuestra especie han vivido allí –en una partícula de polvo suspendida en un rayo de sol.La Tierra es un escenario muy pequeño en una vasta arena cósmica. Pensad en los ríos de sangre derramada por todos aquellos generales y emperadores de manera que, en la gloria y en el triunfo, pudieran convertirse en los amos momentáneos de una fracción de un punto. Pensad en las crueldades inacabables cometidas por los habitantes de una esquina de este píxel sobre los habitantes difícilmente distinguibles de alguna otra esquina, cuán frecuentes son sus malentendidos, cuán se desvían para matarse los unos a los otros, cuán encendidos son sus odios. Nuestro posicionamiento, nuestra autoimportancia imaginada, la ilusión de tener alguna posición privilegiada en el Universo, son desafiados por este punto de luz pálido.Nuestro planeta es un punto solitario en el gran envoltorio de oscuridad cósmica. En nuestra oscuridad, en toda esta vastitud, no hay ninguna pista que indique que la ayuda llegará de cualquier otro lugar para salvarnos de nosotros mismos. La Tierra es el único mundo conocido por ahora que albergue vida. No hay ningún otro lugar más, como mínimo en el próximo futuro, al cual nuestra especie podría emigrar. Visitar, sí. Instalarse, no todavía. De una manera u otra, de momento la Tierra es el lugar donde tenemos que hacer nuestra parada. Se ha dicho que la astronomía es una experiencia de humildad y construcción de carácter. Quizás no hay mejor demostración de la locura de los prejuicios humanos que esta imagen distante de nuestro mundo minúsculo. Para mí, subraya nuestra responsabilidad a la hora de tratarnos los unos a los otros más amablemente, y de preservar este punto azul pálido, la única casa que siempre hemos conocido». Amén.

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