Este no es un artículo más de un barcelonés enfadado, sino una reflexión calmada a ver qué podemos hacer entre todos, especialmente el Ayuntamiento, para mejorar nuestra (im)movilidad viaria de cada día, que ahora ha llegado a cotas exasperantes.
La ciudad está llena de obras, muchas de las cuales durarán años, que causan enormes pérdidas de tiempo en puntos neurálgicos de la circulación, como la plaza de España, convertida en una pesadilla horrible, la Gran Vía de entrada a la ciudad o la calle Urgel, que hay horas que convierte la plaza Francesc Macià en unos caballitos parados. Hay obras que se están acabando en las Ramblas o en la Meridiana, pero hoy más que nunca Barcelona es una carrera de obstáculos, donde muchos catalanes ya han renunciado a entrar y donde solo vienen cuando no hay más remedio.
La gente busca alternativas y hace lo que puede, pero lo hace siempre sola, porque la Guardia Urbana no está nunca. Hace mucho tiempo que la policía de Barcelona no regula el tráfico. ¿Por qué? ¿Es una decisión política? ¿Es técnica? La echamos de menos. Las obras provocan atascos y los atascos provocan tapones en los cruces, ante los cuales la autorregulación de los conductores no es suficiente. Cualquier conductor que me esté leyendo podría hacer ahora mismo una lista de cruces donde la Guardia Urbana debería estar siempre y no está nunca.
Con los trenes para entrar y salir de la ciudad no se puede contar, gracias a la dejadez de Renfe y Adif, es decir, del Estado. Y ahora, además, nos visitan millones de turistas y organizamos eventos que hacen un uso exclusivo de nuestras calles. En estas circunstancias excepcionales hacen falta soluciones excepcionales: la cantidad de obras que la gente puede soportar ha llegado al límite. La vida de la gente no es de goma. Y hace falta que notemos en la presencia de los instrumentos municipales, como la Guardia Urbana, que los barceloneses no estamos abandonados a nuestra desgracia.