"El comercio es malo"

Esta vulgaridad personificada que es Donald Trump se levanta de la mañana y, probablemente sentado en la taza del inodoro y sin lavarse las manos, coge el móvil y escribe un mensaje en el mundo. Lo hace a menudo, casi todos los días. Hoy acaba de ver en la tele que los europeos han puesto un 50% de aranceles en el bourbon y en las Harley Davidson como respuesta al aumento estadounidense de los aranceles del acero y el aluminio europeos, y anunciaun arancel del 200% en los vinos y champagnes de la UE. Un 200% es una cifra gruesa, escandalosa, una represalia tan larga como sus corbatas. Se trata, claro, de un 200% fundamentado en el rigor científico de su genial instinto y su megalomanía cesarista, neroniana, por ser exactos.

Trump está haciendo realidad la vieja manía proteccionista, aislacionista y nacionalista de su visión económica, que ya hace más de treinta años contaba a Oprah Winfrey cuando iba de invitado a sus programas de sobremesa. La misma manía que, preparando un discurso para la cumbre del G-20 en Hamburgo del 2017, le llevó a escribir en mayúsculas sobre el texto del borrador que le habían pasado sus asesores una simple frase de tres palabras: "El comercio es malo". La frase no fue incluida en la versión final del discurso, pero alguien cogió la hoja y el periodista Bob Woodward la publicó en su libro Fear.

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Trump estaba convencido de que la única manera de acabar con el déficit comercial estadounidense era hacer explotar la economía, que es, exactamente, lo que está haciendo ahora. No hace falta ser economista para entender el mal mutuo que la guerra de aranceles puede provocar en muchos negocios y en muchas familias trabajadoras de todo el mundo. Pero a Trump no le da miedo. Al contrario, es él quien da miedo.