Terneros en una granja en una imagen de archivo
10/05/2026
Periodista y escritor
3 min

¿Lo oís? Sí, en los próximos años uno de los cambios más ruidosos será fonético. Pasaremos de granjas de animales con los tradicionales: nyic, nyic; quiquiriquí; muuuuu; beeee… a granjas de personas y sus nuevos instalados bramidos, chillidos, gemidos: "Buenos días", "Buenas noches", "¿Quién coño tiene el mando?", "¡No sé por qué narices me casé contigo!", "¡Que se calle ya este crío!" Esto es lo que se puede conseguir con esta ley catalana que permitirá convertir granjas y almacenes en viviendas para otros animales.

Suena bien, dirán. No podemos confundir el chirrido con el asado humano. Vamos a la parrilla. El decreto es para pueblos de menos de dos mil habitantes. Las intenciones con dolby surround para el bien común sonoro: resolver los problemas de vivienda; combatir el despoblamiento; alcanzar la felicidad terrenal; premiar con portland juegos no florales… Pero la pregunta es: ¿realmente quieren transformar los pueblos de Cataluña en incineradoras humanas de la gran Barcelona? ¿El país será una inmensa, infinita, colosal Área Metropolitana de la Destrucción? ¿Cataluña será Barceluña?

Hacer pisos, viviendas, nidos, madrigueras, búnkeres en granjas y almacenes es sobre todo muy caro. Destruir mucho, construir mucho. Esto quiere decir que los nichos que se hagan tendrán que ser económica y socialmente muy mortales. Trasladar un modelo de hormigueros de ciudad es envenenar los pueblos. Rascacielos en horizontal tóxico: cementerios. Pero, si queréis, aspiramos a la eternidad en vida. ¿Habrá vida después de esto? Sí, mucha.

¿Cuál será la BSO existencial de un pueblo de quinientos habitantes si le meten cien personas en una granja humana? ¿Y un pueblo de mil quinientas almas si ve edificar veinte cuevas? ¿Está preparado el ayuntamiento, la escuela, las calles, la basura, el mantenimiento, el orden, los gatos asilvestrados, las campanas de la iglesia, el paisaje, el aire, las neuronas, la convivencia? No.

Ya hay guetos de hormigón en muchos pueblos. Viven aparte, al margen. Salen de la granja por la mañana y vuelven a entrar por la noche. En nombre de muchas cosas (los argumentos que ahora se repiten) se han construido miles de sarcófagos (muchos de ellos cadáveres de hormigón sin una pizca de tejido nervioso desde hace años). Personas que viven y no viven. Pero seres que ya provocan conflictos, problemas, pollos de nueva creación sin solución. Lo pequeño se ha hecho grande y la suma y la resta da negativo vida. Se oye. Se oirá decir.

Un pueblo es la BSO de una comunidad. El sonido de una central nuclear humana. La música de un alioli carnal, anímico. Sin el audio de la ensalada, el carajillo, la coca de recapte de un nosotros solo hay muerte y destrucción. Un pueblo es la contaminación de personas en la escuela, el bar, las fiestas, la asociación de amigos del tomillo salvaje; el club de observadores de los múrices… Una cosa es un pueblo; la otra, granjas y almacenes. Una cosa es que los pueblos deben estar vivos y que no se marche gente y venga otra. Pero un pueblo no puede pagar la destrucción y venta de la gran Barcelona. Porque la carnicería ya tenía los cimientos hechos. Las granjas y almacenes son de campesinos muertos, o moribundos. Las casas de pueblo caen asesinadas por la burocracia analfabeta letal. Más viviendas no traerán más vida. El agua es necesaria para vivir, pero también mata. Se puede morir de sed y de ahogamiento. Y vamos aquí: las arcas de Noé de cemento no serán la salvación de los pueblos. ¿Oís los gritos? Son los chillidos, los aullidos, los graznidos de las granjas humanas.

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