No soy de los que sacarían la estatua de Colón del final de La Rambla, porque me encanta el folclorismo. Colón y la cementera Asland son mis dos monumentos preferidos de la provincia de Barcelona. Las torres negras de La Caixa también me gustan, mucho, pero por otros motivos más románticos. Me gustaría perderme ahí...
Ahora bien, que me guste la estatua de Colón no quiere decir que me guste lo que hizo, pobre. Y que me guste la estatua de bronce de Hernán Cortés en Medellín no quiere decir que me guste la escabechina que provocó. A Isabel Díaz Ayuso, en cambio, sí.
La tienen con Nacho Cano en México, donde ha participado en un homenaje a Hernán Cortés y a Isabel la Católica (échale un trozo a la olla). "Ojalá algún día se puedan celebrar eventos como este en España, México e Hispanoamérica", ha dicho. Porque ella encuentra "incomprensible" que “haya quien quiera vivir del odio”, en referencia a los que consideran (ahora pienso en Neil Young) que Cortés es The Killer.
Lo que pasa, en realidad, es que de todo esto solo hace 500 años. Es muy poco, 500 años. Mi casa tiene 200, y es de las jóvenes de la comarca. 200 años son dos generaciones y media. Me han dicho los nombres de los que vivían ahí, y de sus padres y abuelos, y son nombres bien vivos. 500 años es un poco más atrás, solo un poco. Quiero decir con esto que, si los descendientes de esclavos todavía se estremecen, los descendientes de aquellos conquistados (que ya sabemos, sí, que por suerte no eran unos corderitos) también deben estremecerse.
Las atrocidades de las de Hernán Cortés están documentadas. Leerlas es no poder dormir durante unos cuantos días. El drama de todo esto es que la peor tortura del conquistador ha perdurado hasta nuestros días: se trata de este musical de Nacho Cano.